La formación progresista se impone en feudos republicanos históricos, conquista ambas cámaras y arrebata gobernaciones clave, en un voto de castigo sin precedentes contra la gestión económica presidencial y la guerra contra Irán
En una jornada electoral que pasará a los anales de la política estadounidense, el Partido Demócrata consumó este martes una victoria de proporciones sísmicas al asegurar la mayoría en ambas cámaras del Congreso, doblegando bastiones republicanos que durante décadas parecían inexpugnables y canalizando el descontento masivo de decenas de millones de ciudadanos hacia la figura del presidente Donald Trump. La magnitud de la ola progresista aún se estaba decantando con el recuento de votos, pero lo que resultaba indiscutible era su alcance: estados otrora considerados territorios vedados para la formación azul, como Carolina del Sur, Texas e Iowa, terminaron rindiéndose ante un electorado que expresó con contundencia su hartazgo.
El detonante de este terremoto político se gestó en la intersección de dos factores que dominaron la conversación pública durante toda la campaña. Por un lado, la creciente frustración ciudadana con el manejo de la economía por parte de la administración Trump, que se tradujo en una preocupación omnipresente por el costo de vida y en una indignación palpable hacia la manera en que el mandatario ha enfrentado el problema. Por otro, la controvertida decisión de iniciar una guerra contra Irán el pasado febrero, un movimiento que disparó los precios de la gasolina y encendió las alarmas de un electorado que, encuesta tras encuesta, manifestó su rechazo a una aventura bélica que golpeaba directamente sus bolsillos.
Las victorias demócratas no se limitaron a los estados bisagra tradicionales; se extendieron con una ferocidad inesperada hacia territorios de profunda raigambre conservadora. En Kansas, el pastor de una megaiglesia, Adam Hamilton, inscribió su nombre en los libros de historia al convertirse en el primer demócrata en ganar un escaño senatorial desde la Gran Depresión, hazaña que no se veía en casi un siglo. En Ohio, Sherrod Brown recuperó una curul que hace apenas dos años ocupaba el vicepresidente JD Vance, mientras que en Texas el legislador estatal demócrata James Talarico resistió una avalancha de gasto electoral proveniente de grupos externos y derrotó al fiscal general republicano Ken Paxton, un político acosado por múltiples escándalos. El dato revelador es que tanto en Ohio como en Texas, Trump había triunfado por márgenes de dos dígitos en los comicios de 2024, lo que evidencia un vuelco electoral de proporciones mayúsculas.
Carolina del Sur, un estado donde el magnate neoyorquino se impuso por casi dieciocho puntos porcentuales hace dos años, también sucumbió ante la marea azul: la pediatra Annie Andrews derrotó a la senadora republicana Darline Graham, quien había sido designada para ocupar el escaño tras el fallecimiento de su hermano, el senador Lindsey Graham. La ironía política no pasó desapercibida: Trump había impulsado con fervor las candidaturas de Paxton y Graham por encima de aspirantes más consolidados, pese a sus evidentes flaquezas. El fiscal general tejano arrastraba una larga lista de controversias, incluyendo el proceso de destitución al que fue sometido en 2023 y cargos por fraude con valores, mientras que la notoria falta de experiencia de Graham generó titulares negativos que resonaron en la opinión pública.
Consciente de la debacle que se avecinaba, el presidente desplegó una ofensiva electoral de última hora que incluyó más de una veintena de mítines, en los que arengó repetidamente a sus seguidores a votar «como si yo estuviera en la papeleta», en un intento desesperado por movilizar a sus bases. Sin embargo, los resultados evidenciaron que su carisma no logró transferirse a los candidatos de su partido. Cuando la noche del martes hizo patente que los republicanos corrían el riesgo cierto de perder sus mayorías legislativas, Trump recurrió a las redes sociales para deslindarse de la hecatombe con un mensaje que rezumaba frustración: «Yo no estaba en la papeleta y, si hubiera estado, ¡habríamos ganado POR UNA MAYORÍA APLASTANTE! Gracias por su atención a este asunto».
El saldo electoral para los demócratas fue contundente: arrebataron a los republicanos un total de seis escaños en el Senado, lo que les aseguraba la mayoría incluso en el escenario de no conservar sus propias curules en las reñidas contiendas de Míchigan y Minnesota. En la Cámara de Representantes, la formación progresista se encaminaba a tomar el control tras despojar a los conservadores de al menos ocho escaños en estados como Kentucky, Nueva Jersey y Carolina del Norte, demostrando además una fortaleza inusitada en distritos de marcado perfil conservador. El dominio demócrata se extendió también a las contiendas por las gobernaciones: Greg Abbott, quien llevaba tres mandatos al frente del ejecutivo tejano, perdió frente a la demócrata Gina Hinojosa, mientras que los azules conquistaron también los gobiernos de los conservadores estados de Iowa y Ohio.
El martes quedará grabado como la jornada en que el electorado estadounidense, hastiado de la gestión económica presidencial y de una guerra que disparó los precios de la gasolina, propinó un duro voto de castigo a Trump y a su partido, reconfigurando el mapa político del país y devolviendo a los demócratas el control del Congreso en un giro que pocos analistas habían anticipado con tal magnitud.
