El capitán xeneize, protagonista excluyente del título de la Liga Profesional, cerró un año de superación personal y colectiva que transformó su regreso en una historia de consagración.
Leandro Paredes lo había anticipado con una sinceridad que pocos se animan a confesar: se sentía en deuda con Boca. Aquella declaración, formulada a comienzos de año cuando el equipo daba sus primeros pasos en el torneo, anticipaba un desenlace que este sábado encontró su punto más alto con la consagración en la tabla anual y el primer trofeo desde su retorno al club de sus amores. Diez meses y más de treinta presentaciones después, el volante central capitaneó al Xeneize hacia un título que cortó una sequía de casi cuatro años sin vueltas olímpicas y que, además, lo posiciona definitivamente en la consideración de los hinchas como un referente de la institución.
La relación entre Paredes y la azul y oro nació hace tres décadas, cuando un niño de San Justo que soñaba con llegar a Primera lloraba por una prueba que no prosperó en River y que, medio año más tarde, lo depositó en las divisiones formativas boquenses. Ese chico que hoy porta la cinta de capitán recorrió un camino largo y sinuosos hasta convertirse en el líder futbolístico y anímico de un plantel que encontró en él a su guía. Las consagraciones anteriores del mediocampista en el club, el Apertura 2011 y la Copa Argentina 2012, lo habían tenido como testigo de lujo más que como artífice: apenas cuarenta y seis minutos en una y un puñado de segundos en la otra. Por eso, la conquista actual adquiere un valor distinto, porque llegó con Paredes en el centro de la escena y no desde el banco.
El éxodo hacia Europa a los diecinueve años no hizo más que confirmar una convicción que el propio jugador tenía desde el primer día: en algún momento iba a volver. En el Viejo Continente mutó de enganche a volante central, pulió facetas de su juego que hasta entonces permanecían ocultas y se consolidó como una pieza inamovible en el esquema de Lionel Scaloni, acumulando cuatro títulos con la Selección Argentina. Aun así, la nostalgia por La Bombonera lo acompañó siempre, al punto de tatuarse el estadio en el pecho y de repetir en cada entrevista su anhelo de regresar. El primer intento de retorno estuvo a punto de concretarse a comienzos del año pasado, aunque debió esperar medio año más para vestirse nuevamente de azul y oro.
Ese primer semestre del 2025 resultó demoledor para un Boca que venía de una eliminación vergonzosa en el Mundial de Clubes, sin victorias y con un empate ante el Auckland City, un conjunto amateur neozelandés. Paredes sufrió en carne propia los embates de aquella crisis: la racha más prolongada sin triunfos en la historia del club, caídas dolorosas en el plano doméstico y una inesperada despedida en la fase de grupos de la Copa Libertadores frente a Universidad Católica en La Bombonera, quizás el golpe más duro de todos.
Sin embargo, la segunda mitad del año trajo un cambio de rumbo. El mediocampista se erigió, casi por aclamación popular, como el mejor futbolista del fútbol argentino y como el líder de un equipo que mostró pasajes de buen juego durante el segundo semestre del 2025 y el primero del 2026. Ya había saboreado los dos Superclásicos, con gol incluido en el Monumental, pero faltaba ese episodio que separa a los buenos jugadores de los ídolos. Y llegó el 20 de octubre, cuando sorprendió a todos al recuperarse en apenas once días de un desgarro de grado dos y, con un remate potente desde treinta metros, selló una clasificación épica a la final de la Copa Sudamericana en el mismísimo Maracaná.
El desenlace de esta historia tuvo un aliado impensado en Rodolfo Arruabarrena, quien arribó al club y modificó la mentalidad del plantel, según confesó el propio Paredes en entrevistas recientes. Los elogios son recíprocos, ya que el entrenador encontró en su capitán a un ejemplo de líder positivo, y esa retroalimentación entre los referentes del vestuario, sumada a un grupo cohesionado y con objetivos nítidos, derivó en la consagración del sábado. El Xeneize obtuvo así el primero de los cinco títulos que podría conquistar de aquí a fin de año, un logro que no solo le permitió dejar atrás una racha de tres años y ocho meses sin salir campeón, sino que también empezó a esculpir a Leandro Paredes como un ídolo de la institución que lo vio nacer futbolísticamente.
