Una lectura sobre abuso, ausencia y repetición

Una lectura sobre abuso, ausencia y repetición

¿Qué nos quiere decir en realidad el cuento de Caperucita Roja?

Por Catalina Iglesias – Psicóloga Social

Más allá del bosque y del lobo, este relato clásico nos habla —con dolorosa claridad— de lo que sucede cuando los adultos están ausentes y los niños quedan expuestos a peligros disfrazados de afecto.

Como psicóloga social, propongo una lectura profunda sobre el abuso sexual infantil, el silencio que lo rodea y las heridas que deja cuando no es abordado.

Porque el trauma no tratado se repite. Y el cuento, si no se resignifica, también.

Caperucita Roja

Parece un simple cuento infantil. Pero cuando lo miramos desde una perspectiva psicosocial y simbólica, revela una profunda advertencia sobre los peligros del abuso sexual infantil, la manipulación emocional y la vulnerabilidad que surge cuando los adultos están ausentes.

La ausencia: el primer permiso del abuso

En el cuento, Caperucita es enviada sola al bosque. Su madre apenas aparece, solo le da indicaciones, y la abuela está enferma, incapaz de cuidarla. Esta falta de protección es clave. No hay adultos físicamente ni emocionalmente disponibles que puedan anticipar el peligro o acompañarla en su camino. Hay adultos que están, pero no están: que no pueden ver ni escuchar emocionalmente lo que sucede. Esa ausencia simbólica —aunque físicamente estén presentes— deja al niño en un estado de total indefensión emocional y física.

Tal como plantea Alice Miller, psicóloga y psicoanalista suiza, “el sufrimiento infantil que no es visto ni escuchado, se convierte en la herida secreta del adulto”. La falta de una mirada contenedora, de escucha oportuna y de orientación no solo expone a los niños al abuso, sino que también impide que, una vez ocurrido, el hecho pueda ser nombrado y elaborado.

El lobo: manipulación, disfraz y seducción

El lobo no representa únicamente el peligro externo. Es el depredador que se camufla. Que finge afecto. Que sabe cómo acercarse sin levantar sospechas. En muchas versiones del cuento, incluso se disfraza de la abuela: el símbolo de la ternura y la protección. Así opera muchas veces el abusador: no desde la fuerza, sino desde la confianza traicionada.

Lo más complejo —y muchas veces silenciado— es que muchos abusadores también fueron víctimas en su infancia. Es decir, alguien los llevó antes a ellos al bosque. Y si esa experiencia no fue reconocida ni trabajada, el trauma se transforma en repetición. No como excusa, sino como patrón psíquico. En ese mecanismo, el daño que no se elabora termina buscándose desde otro lugar: como quien ya no soporta ser solo víctima, y pasa a ocupar el lugar del agresor.

Boris Cyrulnik, neuropsiquiatra francés y referente en trauma, explica que “el abuso se produce muchas veces en la zona gris entre el afecto y el sometimiento, y es allí donde el niño queda más atrapado, sin palabras y sin salida”. Esta ambigüedad es lo que más confunde y paraliza a las víctimas.

Desde el psicoanálisis, Jacques Lacan habló del concepto de “goce” para explicar ese tipo de satisfacción que va más allá del placer, y que incluso puede tener algo de destructivo o excesivo. El goce aparece cuando alguien repite un acto que daña —a sí mismo o a otros—, pero que está cargado de una fuerza pulsional difícil de frenar. El abusador, entonces, muchas veces no busca placer sexual en sentido estricto, sino revivir algo traumático desde otro lugar de poder, dominación o control. Es un intento inconsciente de reescribir la historia, que en realidad solo la perpetúa.

Las secuelas del silencio

Cuando el abuso no se nombra, no se cree, no se acompaña, el trauma se enquista en la psiquis. El cuerpo guarda lo que la mente no puede procesar. En la adultez, esas heridas se manifiestan como ansiedad, disociación, autoboicot, trastornos del vínculo, dificultad para confiar o poner límites.

Janina Fisher, psicóloga experta en trauma complejo, afirma: “Lo que no se resuelve, se repite: en síntomas, en vínculos, en elecciones dolorosas”. Esto significa que si la herida del abuso no es trabajada en un espacio terapéutico, puede repetirse en forma de relaciones abusivas, dinámicas de sumisión, o incluso en la reproducción del daño hacia otros.

No es raro encontrar adultos que fueron abusados en su infancia repitiendo —sin quererlo— la misma indefensión: eligen parejas que los maltratan, se culpan por todo lo que sienten, sienten que no tienen derecho a decir no. Pero también pueden repetir el abuso desde otros lugares: en vínculos en los que ejercen control, manipulación emocional o crueldad, muchas veces sin registrar la raíz traumática de ese accionar.

El cuento como espejo y advertencia

Caperucita Roja no debería ser leído como un cuento sobre la obediencia, sino como un llamado de atención a los adultos. ¿Dónde estamos cuando los niños más nos necesitan? ¿Qué señales no estamos viendo? ¿Qué silencios estamos reforzando?

Porque cuando los adultos estamos ausentes —sea por exigencias laborales, personales o por cualquier motivo que nos aleje física o emocionalmente de nuestros niños— esa ausencia se vive simbólicamente como un abandono. Y ese vacío, real y también simbólico, se convierte en el mejor terreno para que el lobo se acerque. Sin la mirada atenta, sin la palabra que advierte, sin la contención emocional u orientación, el niño queda solo en el bosque. Confundido. Desprotegido.

Pero cuando un niño crece siendo mirado, escuchado, contenido, amado… ese niño desarrolla herramientas internas. Ese niño sabe que tiene a quién acudir. Que su cuerpo le pertenece. Que lo que siente importa. Que no está obligado a complacer. Y entonces, nadie puede llevarlo al bosque ni hacer con él lo que no quiere. Porque no está solo. Porque está emocionalmente fortalecido.

Y si sentís que esta historia te toca, si alguna vez estuviste solo en el bosque, si conocés a alguien que lo estuvo, si sos un adulto que cargó con el silencio de un abuso en la infancia, o un adolescente que no supo cómo poner en palabras lo que vivió, sabé que todavía estás a tiempo. Pedir ayuda no es un signo de debilidad, sino un acto profundo de reparación y valentía. Buscar una escucha profesional, un espacio de contención emocional u orientación, puede ser el primer paso para sanar, resignificar y volver a elegir un camino propio, lejos del daño y más cerca de vos mismo.

Porque el abuso deja marcas, pero no tiene por qué definir un destino.

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