Un análisis revela cómo la retórica del odio y la simplificación extrema pueden infiltrarse en la sociedad, siguiendo los pasos del nazismo.
La obra de Víctor Klemperer, La lengua del Tercer Reich, ocupa un lugar fundamental en la tradición intelectual de pensadores como Morelli, Freud y Carlo Ginzburg. Su meticuloso estudio no se centra únicamente en los grandes acontecimientos históricos, sino en aquellos fragmentos aparentemente insignificantes: las palabras, las estructuras sintácticas y los recursos retóricos que, como pequeñas dosis de veneno, terminan moldeando la conciencia colectiva.
Klemperer sostenía que el lenguaje no solo refleja el estado psíquico de un pueblo, sino que también lo transforma. Palabras como heroico, eterno o organismo, repetidas hasta el cansancio en la propaganda nazi, no eran meros significantes, sino herramientas de intoxicación ideológica. Así, el cinismo y la violencia se instalaron en la mente de millones de europeos, no solo a través de discursos explícitos de odio, sino mediante una lenta y persistente erosión del pensamiento crítico.
De Erasmo a Milei: La Perversión del Lenguaje Político
Desde el Renacimiento, pensadores como Erasmo de Rotterdam, Maquiavelo y La Boétie se preguntaron cómo la subjetividad de un gobernante puede convertirse en la psicología de una nación. Hoy, esa misma pregunta resuena con inquietante vigencia. En Argentina, figuras públicas como Agustín Laje y Javier Milei emplean una retórica que, al ser despojada de su contexto, resulta indistinguible de la usada por el régimen nazi.
Laje, por ejemplo, describió a los kirchneristas como “lo peor de la sociedad argentina”, acumulando adjetivos denigrantes en una generalización que recuerda a la demonización del pueblo judío en la Alemania de los años 30. Por su parte, Milei y sus seguidores han adoptado un discurso basado en la simplificación extrema, la hipérbole y la cuantificación obsesiva, rasgos que Klemperer identificó como pilares de la lengua totalitaria.
El Peligro de la Adicción al Odio
Klemperer advirtió que los discursos cargados de irracionalidad y falsedad no solo corrompen el debate público, sino que generan una peligrosa adicción. Hoy, en Argentina, esa adicción se manifiesta en la glorificación de la destrucción, la estigmatización de grupos enteros (“la casta”, “los zurdos”) y la exaltación de figuras empresariales como “héroes”, mientras se amenaza a los opositores con un lenguaje propio de una guerra civil.
El paralelismo no es casual. Como señaló el autor alemán, antes del Tercer Reich nadie habría considerado el término fanático como un elogio. Sin embargo, hoy asistimos a una normalización de la adhesión incondicional a líderes que se presentan como mesías de una “misión sagrada”, tal como lo hizo un seguidor de Milei al jurarle lealtad absoluta.
La Urgencia de No Hablar el Idioma del Vencedor
El verdadero peligro no reside únicamente en la figura del líder, sino en cómo su lenguaje se expande, contaminando las relaciones sociales y convirtiendo la humillación en autodenigración. Klemperer documentó este proceso para que el mundo no olvidara. Su advertencia sigue vigente: cuando el discurso público se reduce a consignas simplistas, cuando la mentira se repite hasta volverse verdad y cuando el odio se disfraza de patriotismo, la democracia ya está en riesgo.
La tarea, entonces, no es solo desenmascarar al déspota, sino resistir la tentación de adoptar su lenguaje. Porque, como bien sabía Klemperer, en el momento en que todos empezamos a hablar como el vencedor, ya hemos perdido.
Sebastián Plut es doctor en Psicología y psicoanalista.
