El escritor chileno, cercano a Agustín Laje y director de la Fundación Faro, ha estrechado vínculos con el equipo económico de Luis Caputo. En medio de una denuncia por plagio y con respaldo empresarial, su desembarco apunta a reforzar la batalla cultural que Milei considera clave para sostener el ajuste.
El nombre de Axel Kaiser Barents-Von Hohenhagen comienza a resonar con fuerza en los pasillos del poder argentino. El abogado y escritor chileno, de 44 años, director de la Fundación Faro —el centro de pensamiento ultraliberal que lidera junto a Agustín Laje— se ha convertido en una figura de consulta para el gobierno de Javier Milei, especialmente en materia de estrategia discursiva. Autor de nueve libros centrados en su cruzada contra lo que considera expresiones del comunismo, su última obra, Parásitos Mentales, publicada en 2024, se encuentra en el centro de la polémica tras ser denunciada por el académico libanés Gad Saad por presunto plagio. Según el demandante, la propuesta de Kaiser es demasiado similar a La Mente Parasitaria, libro que él mismo editó en 2020, e incluso comparte una estética de portada semejante.
Pese a la controversia, Kaiser no ha perdido protagonismo. La semana pasada compartió un almuerzo en las oficinas del Ministerio de Hacienda con el ministro Luis Caputo, su equipo económico más cercano y figuras clave del Banco Central. Allí expuso los ejes de su obra más reciente y remarcó la importancia de librar lo que denomina “guerra discursiva”. La reunión, según trascendió, no fue casual: desde que Karina Milei decidió tomar distancia de algunos militantes jóvenes de Las Fuerzas del Cielo, la Fundación Faro ha asumido un papel central en la articulación del relato oficial. El objetivo, de acuerdo con fuentes cercanas, es pulir y bajar al terreno cotidiano un mensaje capaz de convencer a la sociedad de que el ajuste económico es un sacrificio necesario para un futuro mejor.
El encuentro con Caputo contó también con la presencia de Pablo Quirno, secretario de Finanzas; Santiago Bausili, titular del Banco Central; y José Luis Daza, viceministro de Economía, quien al igual que Kaiser trabajó para la campaña presidencial del ultraderechista chileno Antonio Kast. A ellos se sumaron dos asesores de confianza de Caputo, Martín Vauthier y Federico Furiase, en lo que fue descrito como una presentación formal ante la “comunidad” libertaria que orbita alrededor de Laje y Milei.
Este acercamiento se enmarca en la intención del Presidente de potenciar la retórica de Caputo, a quien aspira a proyectar como futuro diputado nacional. Aunque el ministro rechaza la idea, el plan forma parte de una estrategia más amplia que podría implicar su salida elegante de Hacienda tras las elecciones de octubre, con el propósito de oxigenar el gabinete. En paralelo, el contacto con la Fundación Faro permite al equipo económico adquirir un libreto más agresivo y alineado con los principios libertarios, algo que Milei considera indispensable para sostener la narrativa del ajuste.
Fuera de los despachos oficiales, la relación entre Hacienda y la Fundación Faro se profundiza en encuentros realizados en la sede de la organización, ubicada en un antiguo edificio del Banco Francés frente a Plaza de Mayo. El lugar, gestionado por Francisco “Pancho” Caputo —hermano de Santiago—, cuenta con oficinas y estudios de transmisión, y se ha convertido en un punto neurálgico para las actividades de propaganda política y económica. Allí, banqueros y exfuncionarios que en la era Macri actuaban con cautela hoy se muestran más desinhibidos, convencidos de que “la Argentina cambió culturalmente” y que la sociedad está dispuesta a tolerar medidas antes impensadas.
El financiamiento de la Fundación proviene de influyentes empresarios. Entre los aportantes sobresale la familia Neuss, con intereses en el sector energético y en la Verificación Técnica Vehicular porteña, además de estrechos lazos con funcionarios nacionales. Las reuniones de recaudación suelen realizarse en el Yacht Club de Puerto Madero, propiedad de la familia, donde recientemente se presentaron nuevos colaboradores para reforzar la ofensiva cultural. A ello se suma el respaldo de Endeavor, la cámara empresaria que agrupa a figuras como Marcos Galperín, fundador de Mercado Libre, y Martín Migoya, de Globant, que incluso lanzó junto a Faro un programa de apoyo a start ups libertarias.
La Fundación Faro también impulsa capacitaciones bajo el formato de “masterclass”, con títulos como La macro en la era Milei: el retorno a la libertad, a cargo del economista Ramiro Castiñeira, o charlas sobre filosofía política dictadas por Martín Krause, miembro de la influyente sociedad Mont Pelerín y del Cato Institute. El objetivo declarado es “cuestionar lo establecido” y promover una visión de sociedad con mínima o nula intervención estatal.
En Chile, Kaiser dirige desde 2012 la Fundación para el Progreso, una entidad similar a Faro financiada por empresarios conservadores, entre ellos Nicolás Cirilo Ibáñez Scott, exdueño de la cadena de supermercados Líder y ferviente admirador de Augusto Pinochet. El propio Kaiser ha defendido públicamente el legado del dictador, asegurando que preservar su Constitución debe ser prioridad para cualquier líder chileno que busque estabilidad y crecimiento.
Su entorno familiar refuerza ese perfil ideológico: Johannes Kaiser, su hermano, fue proclamado hace pocos días candidato presidencial del Partido Nacional Libertario chileno. En el acto de lanzamiento se entonó una versión del himno nacional que incluye la estrofa dedicada al ejército, eliminada tras el retorno a la democracia. Entre anécdotas que rozan lo provocador, se recuerda que en su juventud Johannes repartía calcomanías con simbología nazi en el colegio alemán, convencido —según sus propias palabras— de que “si en las películas los alemanes eran nazis y yo soy alemán, entonces debería ser nazi”.
Así, entre polémicas literarias, vínculos con el empresariado y una estrategia cuidadosamente diseñada para moldear el discurso oficial, Axel Kaiser ha logrado insertarse en el núcleo de decisiones económicas del gobierno argentino. Su influencia, sumada a la de Laje, busca asegurar que el relato libertario se convierta en un blindaje político para las medidas de ajuste, en un contexto donde la batalla cultural parece tan importante como la económica.
