El índice de incobrabilidad en los préstamos a familias escaló al 5,7%, la cifra más elevada desde 2010. El enfriamiento de la economía y el drástico encarecimiento del financiamiento profundizan la crisis de los deudores, con las tarjetas de crédito y los préstamos personales como los segmentos más castigados.
La cartera crediticia del sistema financiero evidencia un deterioro sostenido, marcando un preocupante récord en el nivel de morosidad. De acuerdo con el último reporte del Banco Central, el porcentaje de préstamos vencidos dirigidos a hogares ascendió al 5,7% durante julio, consolidando nueve meses consecutivos de incremento y posicionándose como el valor más alto de la serie histórica, cuya medición se inició en 2010. Este indicador funciona como un claro termómetro de un escenario económico complejo, caracterizado por una actividad que se contrae, un poder adquisitivo en retroceso y un mercado financiero sumido en la volatilidad.
Los créditos de consumo son los que exhiben las señales más alarmantes. Los préstamos personales experimentaron un salto significativo, pasando de una tasa de mora del 6,5% al 7,3%. Paralelamente, la incobrabilidad en los saldos de las tarjetas de crédito escaló al 5,3%, estableciendo así un máximo sin precedentes. Los créditos prendarios, destinados a la adquisición de vehículos, también mostraron un desmejoramiento, aunque más moderado. En contraste, los préstamos hipotecarios demostraron una solidez notable, con una leve mejora que los sitúa por debajo del 1%, lo que sugiere que los deudores priorizan el pago de la vivienda ante cualquier otra obligación.
Para los analistas, las causas de este fenómeno son multifacéticas pero se encuentran profundamente arraigadas en la realidad macroeconómica. “El elemento central que impulsa este aumento es la paralización que la actividad económica y los ingresos reales vienen padeciendo desde hace varios meses”, explicó el economista Federico González Rouco, de la consultora Empiria. El profesional añadió un factor clave: “Las cuotas de los préstamos ya no se licúan con la misma celeridad que antes debido a la desaceleración inflacionaria, lo que obstaculiza la capacidad de las personas para honrar sus compromisos con los bancos”.
Al incorporar el segmento corporativo, la morosidad global del sistema alcanza un 3,2%, una cifra que duplica con creces el mínimo registrado en octubre del año pasado. Si bien el aumento en la irregularidad de las empresas fue leve en el último mes, los especialistas lanzan una advertencia sobre un riesgo latente. Entre mediados de julio y agosto, la tasa de interés para los adelantos en cuenta corriente se triplicó, superando el 90% anual, un movimiento que encareció de forma abrupta el financiamiento para las compañías y que, de sostenerse, podría poner en jaque las cadenas de pago.
Este salto en el costo del dinero fue una consecuencia directa del viraje en la política monetaria del Gobierno, que abandonó el control de la tasa de interés para enfocarse en la gestión de la cantidad de dinero en circulación. Esta transición, sumada a la falta de acumulación de reservas internacionales y a las presiones sobre el tipo de cambio, generó una fuerte tensión en el mercado, trasladándose inmediatamente al precio del crédito.
Si bien en las últimas semanas se observó una cierta moderación en las tasas para las empresas, el panorama sigue siendo extremadamente desafiante. La inestabilidad cambiaria continúa siendo una amenaza latente que podría generar nuevos repuntes. Mientras tanto, para las familias, la situación no ofrece tregua: las tasas para préstamos personales se mantienen en niveles prohibitivos, por encima del 80% anual, configurando un escenario donde el acceso al crédito se reduce y la presión sobre los bolsillos se intensifica.
