Un nuevo repunte en los precios de los alimentos reaviva el fantasma de la inflación, mientras los hogares profundizan el ajuste y resignan servicios esenciales para enfrentar la pérdida constante de su poder adquisitivo.
La inflación de los alimentos volvió a encender las alarmas al registrar un incremento del 0.4% en los primeros días de noviembre, acelerando su ritmo en comparación con la semana anterior. Este dato, surgido del monitoreo de la consultora LCG, fractura el discurso oficial que pregonaba una desaceleración de los precios y siembra la preocupación por un posible rebrote inflacionario en los próximos meses.
La persistente escalada en verduras y lácteos se erige como el núcleo del problema. El informe técnico revela que más de las tres cuartas partes del aumento semanal se originó en el violento encarecimiento de las hortalizas. Paralelamente, los lácteos y los huevos exhiben alzas de dos dígitos en el promedio de las últimas semanas. Estos fuertes impulsos contrarrestaron una leve y casi insignificante baja en el precio de las carnes, que apenas logró restar una décima al índice general. Aunque el promedio mensual se mantiene alrededor del 3%, la concentración de las subas en productos de consumo diario anticipa una presión adicional sobre el bolsillo de las familias.
El consumidor sacrificial: cuando comprar duele
En este contexto de precios que no ceden, el comportamiento social ha mutado hacia formas más dramáticas de adaptación. Un estudio privado elaborado por la Fundación Pensar y Casa Tres, con la colaboración de los especialistas Guillermo Oliveto y Mora Jozami, identifica un pasaje del «consumidor estoico al consumidor sacrificial». La investigación sostiene que, durante el segundo semestre del año, los argentinos transitaron de la prudencia al padecimiento, llegando a una instancia donde, para una amplia mayoría, la acción de comprar genera un dolor tangible.
El sacrificio se ha materializado en recortes profundos. En el último mes, el 63% de la población admitió haber resignado servicios o actividades que formaban parte de su vida habitual. Esta tendencia se intensifica en los estratos que se autoperciben como clase media baja o baja alta. Las restricciones afectan principalmente al ocio general (57%), seguido por la compra de indumentaria (38%) y la elección de primeras marcas (26%). Incluso las plataformas de streaming (23%) y las vacaciones (19%) se han convertido en lujos inalcanzables para un sector significativo de la clase media.
El informe describe un panorama social segmentado por el estrés económico: en la clase media alta surge la sensación de «vivir haciendo malabares», mientras que en los sectores más vulnerables emerge una «degradación que los llena de temor». Las tarjetas de crédito reflejan esta crisis, encontrándose «al límite» en los segmentos altos y literalmente «detonadas» en los medios bajos, un fenómeno que explica el crecimiento de la mora, que se aproxima a cruzar el umbral de los dos dígitos.
Esta combinación de precios alimentarios en ascenso y una capacidad de consumo en retroceso configura un círculo vicioso que amenaza no solo la estabilidad económica coyuntural, sino también el tejido social. La espiral inflacionaria garantiza el dolor, pero, como concluye el estudio, no siempre promete una recompensa, un dilema que hoy atraviesa la mente y los sentimientos de millones de argentinos.
