El juez Martínez de Giorgi procesó a Jorge Bacigalupo tras avalar pericias que demuestran la adulteración de los famosos cuadernos. Los estudios revelan que los textos fueron escritos bajo un plan premeditado y no durante los viajes reales del chofer Oscar Centeno.
Una serie de pericias caligráficas y lingüísticas, validadas por el juez federal Marcelo Martínez de Giorgi, han determinado que los denominados «cuadernos de las coimas» fueron objeto de una elaboración planificada y presentan alteraciones destinadas a incriminar a empresarios en una trama de corrupción. Estas conclusiones, respaldadas por expertos de la Policía Federal y la Universidad de Buenos Aires, han llevado al nuevo procesamiento del expolicía Jorge Bacigalupo, vinculado al chofer Oscar Centeno.
Las investigaciones técnicas han desvirtuado la autenticidad de los cuadernos correspondientes al período 2013-2015, que constituyen el eje de la acusación. Los análisis demuestran que estos escritos no fueron redactados de manera fragmentaria durante los desplazamientos, sino que responden a una composición unitaria, elaborada en un corto lapso y bajo un objetivo específico. Irregularidades como tachaduras, sustituciones de nombres y aplicación de corrector líquido refuerzan la hipótesis de una confección artificial.
El magistrado sostiene, con base en los informes periciales, que las anotaciones más sospechosas —aquellas que involucran a los empresarios Armando Loson y Gerardo Ferreyra— presentan una grafía coincidente con la de Bacigalupo. Esta correspondencia fundamenta su imputación por los delitos de encubrimiento agravado y falsificación de documento público. Según el juez, el expolicía no solo habría ocultado identidades, sino que además las habría reemplazado con los nombres de Loson y Ferreyra, modificando incluso direcciones donde supuestamente se habrían realizado entregas de dinero.
La pesquisa tuvo su origen en pericias privadas solicitadas por los propios empresarios, quienes detectaron inconsistencias en los cuadernos. Estos informes iniciales motivaron una denuncia y llevaron al fiscal Gerardo Pollicita a promover la investigación. Posteriormente, se realizaron estudios oficiales a partir de las versiones digitales de los cuadernos, con la participación de peritos de todas las partes intervinientes. Todos coincidieron en que las correcciones más groseras correspondían a la escritura de Bacigalupo.
El juez Martínez de Giorgi destacó que los cuadernos de 2013 exhiben una grafía uniforme y un vocabulario inusual para Centeno, lo que sugiere que fueron producidos en pocas etapas, posiblemente dos: una en agosto y otra en octubre de ese año. Esta planificación contradice la naturaleza espontánea que debería tener un registro realizado en el momento de los viajes.
Además, se subraya que el estilo lingüístico de los cuadernos clave difiere notablemente del utilizado por Centeno en anotaciones anteriores, donde su vocabulario era más limitado y acorde con su perfil. Esta disparidad refuerza la presunción de que los textos fueron dictados, con la intención de construir una narrativa ajustada a los intereses de quienes impulsaban la causa.
La resolución del magistrado invalida así los argumentos de la Cámara Federal que, en su momento, había revocado un procesamiento anterior bajo el pretexto de falta de contundencia en los estudios. Ahora, con el respaldo unánime de los peritos, se confirma la manipulación de los cuadernos.
A esto se suma el misterio de los cuadernos, que Centeno insistió en haber destruido. Su testimonio, junto con inconsistencias en su declaración judicial —como la inclusión de términos que desconoce, caso de la palabra «bitácora»—, refuerza la tesis de una montaje urdido para perjudicar a determinados actores.
La investigación de Martínez de Giorgi no solo expone graves irregularidades en la formación de la causa, sino que también cuestiona el accionar de anteriores responsables del caso, quienes evitaron durante años someter los cuadernos a un examen pericial exhaustivo.
