Bajo un sol inclemente y ante una imponente movilización, la CGT y un amplio arco político y social obligaron al oficialismo a posponer el tratamiento express de la polémica norma. Los discursos fueron una advertencia unánime: si se insiste, la respuesta será un paro nacional.
Un coro de advertencias severas, amplificado por miles de voces, resonó este jueves en la Plaza de Mayo y terminó por alcanzar los despachos del poder. “Ojo con lo que hacen, porque el pueblo y la patria se defienden”, había alertado con tono grave Octavio Argüello, el triunviro de mayor experiencia. Minutos después, Cristian Jerónimo, otro de los líderes de la CGT, descalificó el proyecto oficial: “Está redactado maliciosamente a favor de las grandes corporaciones”. La sentencia final, que selló el clima, llegó de boca de Jorge Sola, quien aseguró que si el Gobierno persiste en su sordera, el desenlace será “un paro nacional en todo el país”.
Las frases, cargadas de determinación, no caían en el vacío. Pronunciadas desde un escenario que deliberadamente daba la espalda a la Casa Rosada, contaban con el respaldo de una multitud que desmintió las especulaciones oficialistas sobre una convocatoria magra. Una coalición inusual de sindicalistas, referentes peronistas, líderes sociales, activistas de izquierda y organismos de derechos humanos colmaba el espacio público. El ritmo lo marcaban bombos y consignas, mientras en el interior del Congreso el Gobierno, que horas antes se sentía invencible, comenzaba una retirada táctica. La presión de la calle, sumada a las fisuras legislativas evidenciadas días antes en Diputados, forzaron la decisión de archivar el tratamiento acelerado de la reforma laboral y posponerlo para febrero.
El triunfo, aunque parcial, fue percibido como un respiro crucial. En tiempos de ajustes severos, los derechos laborales, al menos por el momento, permanecen a salvo. La jornada se desarrolló bajo un calor agobiante que rozó los 34 grados. Desde el mediodía, columnas de todos los gremios y agrupaciones, incluidas las que responde al gobernador Axel Kicillof, confluyeron en la plaza histórica. Muchos buscaron refugio bajo la sombra generosa de los plátanos de la Avenida de Mayo, pero en el epicentro de la protesta, la masa humana se apiñaba sin más alivio que la convicción compartida.
Detrás del escenario, la tensión era palpable. Para el renovado triunvirato de la central obrera, este era su primer gran examen público, y lo enfrentaban ante un Ejecutivo que hasta esa mañana parecía imparable. El operativo desplegado por las fuerzas de seguridad, que intentó obstruir el arribo de buses desde el conurbano y el interior, no logró su objetivo. La movilización crecía, alimentada también por el rechazo de varios gobernadores, incluso de signo peronista, a las iniciativas más duras del libertarismo.
El discurso de los líderes fue contundente y delineó los ejes de la resistencia. Octavio Argüello, el camionero, fue el primero en fijar posición con un “no rotundo” a cualquier reforma “entreguista”. Advirtió que la oposición se ejercerá en todos los ámbitos: judicial, legislativo y, fundamentalmente, en la calle. “Si no nos escuchan, vamos a un paro nacional”, sentenció, desmontando la promesa oficial de que recortar derechos genera empleo.
Cristian Jerónimo, cuyo sindicato fue atacado días atrás, habló con crudeza. Descartó que el calor o el despliegue de Gendarmería pudieran detener la protesta y apuntó al núcleo de la crisis económica: “¿Dónde está la lluvia de dólares que nos prometieron? La gente la está pasando mal”. Denunció el trasvasamiento de recursos desde los sectores más vulnerables hacia los concentrados, la entrega de patrimonios naturales y la crudeza social del ajuste. “No tienen corazón cuando atacan a los discapacitados, a nuestros jubilados, cuando desfinancian nuestras universidades públicas”, afirmó.
Cerró la ronda Jorge Sola, quien trazó un linaje histórico para el proyecto oficial, vinculándolo con intentos de dictaduras y experiencias neoliberales pasadas. Cuestionó el concepto de libertad esgrimido por el Gobierno, afirmando que “no hay libertad si no hay justicia social”. Hizo hincapié en un punto sensible: advirtió que el proyectado fondo para despidos se nutriría de los aportes previsionales de los jubilados. Su convocatoria fue a la reconstrucción política y a la emoción en torno a la bandera de la justicia social. “Sigan sin escucharnos y se encontrarán con la profundización de este plan de lucha”, concluyó, retomando la amenaza del paro nacional.
Cuando la marcha peronista brotó de los parlantes, miles de rostros sudorosos la entonaron con fervor. La plaza, tras horas de resistencia cívica bajo el sol, comenzó a descomprimirse. La multitud se retiraba con la certeza de haber ganado una batalla clave, pero con la advertencia encendida: la guerra por el modelo de país recién comienza, y su próximo capítulo está agendado para febrero.

