El conjunto de La Plata conquistó el Trofeo de Campeones en una vibrante final ante Platense, sumando su quinto logro con Eduardo Domínguez en el banquillo. Entre la euforia del presente, asoman las primeras preguntas por el futuro del proyecto.
La noche en San Nicolás perteneció, una vez más, a Estudiantes de La Plata. Con el corazón y la determinación que los ha caracterizado en un año extraordinario, el equipo dio vuelta un partido complicado para alzarse con el Trofeo de Campeones, su decimonoveno título institucional. Mientras la platea estallaba en algarabía y los jugadores abrazaban la copa, la felicidad del instante pareció suspender, al menos por unas horas, las inevitables especulaciones sobre el porvenir de piezas claves como su capitán, Santiago Ascacibar, o el exitoso estratega Eduardo Domínguez, quien firmó su quinto trofeo al mando del club.
La celebración fue el sentimiento predominante, un torrente de alivio y alegría que borró momentáneamente dudas y rumores. El propio Ascacibar, interpelado sobre su continuidad, encapsuló el ánimo general con una frase contundente: “Ahora tengo ganas de festejar”. Esa misma pasión por el logro inmediato se reflejó en cada gesto sobre el césped del estadio Único Madre de Ciudades, donde el equipo demostró una vez más su temple para remontar adversidades.
La gran figura de la final fue Lucas Alario, autor de un doblete crucial que desató la locura entre la parcialidad visitante. En diálogo con ESPN, el delantero no solo destacó la importancia del título, sino que puso en valor la esencia de este equipo campeón. “Lo que más rescato este año, además de los títulos que son muy importantes, es la humildad, el carácter y la personalidad que tuvo el equipo para hacerse fuerte y atravesar lo que tuvo que atravesar”, afirmó. Reconoció el desgaste físico y mental de la ajustada definición del torneo Clausura ante Racing, disputada apenas siete días antes, pero subrayó la convicción con la que se ganó la final. “Estoy emocionado y feliz”, sentenció el ex River Plate, consolidándose como un nombre fundamental en esta gesta.
El sentimiento de legado y continuidad histórica también tuvo su voz en la palabra emocionada de José Sosa, un símbolo de esta era. “El Principito” dirigió su pensamiento hacia los grandes pilares que construyeron la identidad del club, en un momento cargado de simbolismo. “Ojalá [Carlos Salvador Bilardo] pueda estar lúcido para entender la noticia de lo que acabamos de hacer, porque esto es gracias a la historia que ellos escribieron”, expresó con visible emoción. Recordó también al recientemente desaparecido Juan Ramón Verón, explicando que ese peso de la historia actuó como un motor. “Todo eso nos alimentó para que este año podamos soñar”, concluyó, vinculando el pasado glorioso con el presente triunfal.
Así, entre el eco de los cánticos y el brillo del metal, Estudiantes cierra un ciclo extraordinario. La incertidumbre sobre el próximo capítulo, aunque latente, queda postergada frente a la magnitud de lo conseguido. El equipo no solo levantó una copa, sino que reafirmó una identidad: la de un colectivo que se sobrepone a las dificultades, que honra a sus ídolos y que, cuando sueña, lo hace con la firmeza necesaria para convertir la ambición en realidad. Por ahora, la consigna es clara y única: celebrar.
