En un encuentro cargado de emoción, Taty Almeida presentó una reedición del libro que recoge los versos de su hijo Alejandro, detenido-desaparecido en 1975. La voz de León Gieco transformó en canción un texto escrito por el joven, revelando su sensibilidad y el legado de amor en medio del horror.
La poesía atravesada por el tiempo y el dolor encontró una nueva forma de resonar. Taty Almeida, presidenta de Madres de Plaza de Mayo –Línea Fundadora, revivió el miércoles pasado uno de los tesoros más ígneos que guarda de su hijo Alejandro, desaparecido en 1975. Se trata de un poema que el joven le dedicó, previendo la sombra de su propio destino, y que ahora ha sido musicalizado por León Gieco, quien le entregó música, voz y corazón a aquellas palabras escritas hace casi medio siglo.
Alejandro Almeida, militante del Partido Revolucionario de los Trabajadores, tenía apenas veinte años cuando fue secuestrado. Vivía entonces con su madre y su hermana menor, María Fabiana. Aquel 17 de junio, al notar su ausencia, Taty registró la casa con la esperanza de hallar algún aviso, algún papel que explicara su partida. No lo encontró. Pero entre sus pertenencias descubrió una agenda íntima, repleta de poemas que mostraban una profunda sensibilidad literaria. Entre esos versos emergió un texto dirigido a ella, escrito con la conciencia de que la muerte ya rondaba su vida.
Ese legado poético fue reunido años atrás en el libro Alejandro por siempre… amor, que la semana pasada tuvo una conmovedora reedición en un acto organizado por la Federación Argentina del Trabajador de Universidades Nacionales. Allí, Taty compartió con los presentes no solo los escritos, sino también la sorpresa musical que el reconocido cantautor León Gieco preparó para la ocasión. Aunque no pudo asistir personalmente, Gieco hizo llegar su interpretación del poema, transformando los versos en una canción que estremeció a la sala.
“Un genio”, repetía Taty, visiblemente emocionada, al referirse al músico. La pieza artística se erige como un puente sonoro entre el pasado y el presente, permitiendo que la voz de Alejandro resuene de un modo distinto, atravesada por la guitarra y la tonada del artista. La presentación se convirtió así en un acto doble: por un lado, la reivindicación de la palabra poética como testimonio de lucha y resistencia; por otro, la demostración de cómo el arte puede tejer redes de memoria y acompañamiento en la búsqueda de justicia.
Este gesto de Gieco se inscribe en una larga tradición de artistas que han acompañado las demandas del movimiento de derechos humanos en Argentina, pero adquiere un matiz singular al tratarse de un diálogo íntimo entre madre e hijo, mediado por la música. Los versos de Alejandro, cargados de presagios y amor filial, abandonan el silencio del papel para convertirse en canto colectivo, en memoria que no se apaga.
Para Taty Almeida, este regalo musical no solo honra la figura de su hijo, sino que también refuerza su convicción de que la lucha por la verdad y la justicia se mantiene viva a través de los gestos creativos y la solidaridad de quienes, como Gieco, prestan su arte para que los ausentes sigan hablando. La melodía, ahora, guarda el nombre de Alejandro y lo entreteje con la historia de miles que, como él, siguen siendo buscados con esperanza inquebrantable.
