La administración norteamericana intervino militarmente en el noroeste del país africano luego de que el presidente advirtiera con recortar la asistencia y desplegar fuerzas si las autoridades locales no cesaban los asesinatos de cristianos atribuidos a grupos yihadistas. El gobierno nigeriano rechazó las acusaciones de intolerancia religiosa.
Las fuerzas armadas de Estados Unidos llevaron a cabo una serie de ofensivas aéreas contra posiciones del Estado Islámico en el noroeste de Nigeria, una acción militar directa que se produce tras las severas advertencias públicas formuladas por el presidente Donald Trump hacia el gobierno de Abuja. Según declaraciones oficiales difundidas en los últimos días, la decisión de intervenir responde a la persistente violencia contra comunidades cristianas en la región, ataques que la administración estadounidense atribuye a militantes islamistas.
El mandatario anunció la operación a través de su plataforma Truth Social, aunque sin ofrecer precisiones tácticas. “Estados Unidos lanzó un ataque poderoso y mortal contra la escoria terrorista de ISIS en el noroeste de Nigeria”, proclamó Trump, agregando en el mismo comunicado que el grupo extremista es responsable de “atacar y asesinar brutalmente, principalmente, a cristianos inocentes”. El Departamento de Defensa corroboró los ataques, señalando que se realizaron en coordinación con las autoridades nigerianas, pero se abstuvo de detallar el alcance preciso de los bombardeos, el número de bajas o posibles daños colaterales.
Esta intervención armada es la materialización de una amenaza explícita que Trump había formulado a comienzos de noviembre. En esa ocasión, el presidente advirtió que, si Nigeria continuaba “permitiendo el asesinato de cristianos”, Washington “suspendería de inmediato toda ayuda y asistencia, y muy posiblemente entraría en ese país deshonrado a tiros”. En un tono beligerante, Trump instruyó entonces al Departamento de Defensa —al que se refirió con el arcaico término “Departamento de Guerra”— a prepararse para una “posible acción”, prometiendo que cualquier ofensiva sería “rápida, feroz y contundente”. El secretario de Defensa, Pete Hegseth, respondió al mensaje con un lacónico “Sí, señor”, confirmando que el Pentágono se alistaba para movilizarse.
El contexto de esta escalada incluye la decisión de la administración Trump de reinstaurar a Nigeria en la lista de “países de especial preocupación” por violaciones a la libertad religiosa, una designación que ya había aplicado en 2020 y que su sucesor, Joe Biden, había eliminado. Aliados políticos del presidente, como el senador republicano Ted Cruz, han respaldado esta línea, acusando a las autoridades nigerianas de “facilitar el asesinato en masa” de fieles cristianos.
Frente a estas imputaciones, el gobierno nigeriano salió al cruce con firmeza. El presidente Bola Ahmed Tinubu aseguró que la nación mantiene un compromiso inquebrantable con la protección de las garantías constitucionales de libertad religiosa. “Nigeria se mantiene firme como una democracia gobernada por garantías constitucionales de libertad religiosa”, escribió en sus redes sociales, añadiendo que la caracterización del país como intolerante “no refleja nuestra realidad nacional” y enumerando los esfuerzos de su gobierno para proteger a todos los ciudadanos, sin distinción de credo.
La compleja realidad nigeriana, con una población que roza los 220 millones de habitantes dividida casi a la par entre cristianos y musulmanes, está marcada por una violencia multifacética y arraigada. En el noreste, el grupo Boko Haram y su escisión afiliada al Estado Islámico —la Provincia de África Occidental— llevan años sembrando el terror, atacando tanto a cristianos como a musulmanes que consideran impíos. En el centro del país, conflictos mortales entre pastores nómadas —mayoritariamente fulanis y musulmanes— y agricultores cristianos por el acceso a tierras y recursos agravan las tensiones étnico-religiosas. A esto se suma una extendida crisis de secuestros por rescate en el noroeste, que profundiza la inestabilidad.
Un informe reciente de la Comisión de Estados Unidos para la Libertad Religiosa Internacional subraya que el extremismo en Nigeria “afecta a un gran número de cristianos y musulmanes en varios estados”. No obstante, la retórica de la administración Trump ha focalizado su narrativa en la persecución cristiana, utilizando este argumento como justificación para una intervención militar unilateral que marca un nuevo y peligroso capítulo en la relación entre ambos países y en la lucha contra el yihadismo en la región.
