Paradojas y Desesperanza: El Aquelarre Argentino en un Mundo en Descomposición

 Paradojas y Desesperanza: El Aquelarre Argentino en un Mundo en Descomposición

Bajo un gobierno que multiplica las contradicciones y ahonda las heridas sociales, la Argentina navega un año de desconcierto masivo. Mientras la oposición debate culpas, un entramado de pobreza, endeudamiento y simbologías distorsionadas revela un malestar que trasciende las fronteras y se enraíza en la crisis del orden occidental.

El paisaje nacional concluye el año sumido en una descomunal ceremonia de contradicciones que la oposición política no logra descifrar. Se observan feligresías evangélicas que, mientras rechazan el aborto, respaldan a una administración que distribuye textos ensalzando a narcotraficantes y explotadores. Uniformados votan en bloque por un oficialismo cuyas políticas los precipitan al abismo económico y, en casos trágicos, al suicidio. Industriales aplauden a un gobierno que los conduce a la ruina, y una juventud ilusionada con una promesa de «cambio» descubre que ese futuro le es sistemáticamente sustraído. Esta administración, acusada de desamparar a las personas con discapacidad mientras presuntamente retiene un porcentaje ilegítimo del valor de sus medicamentos, teje una realidad casi onírica, un aquelarre cuyas reglas parecen eludir toda lógica convencional.

Este fenómeno, sin embargo, no es un mero capricho local. Se inscribe en la deriva de un Occidente cuya matriz ideológica, históricamente centrada en Estados Unidos, exhibe hoy su núcleo esquizofrénico. Por un lado, Washington se arroga poderes excepcionales, como los otorgados por la Ley de Poderes Económicos de Emergencia Internacional (IEEPA), para desatar conflictos, confiscar recursos o imponer castigos unilaterales, como ejemplifican los casos de Venezuela y Rusia. Por otro, complementa este esquema con doctrinas de seguridad nacional que justifican la agresión contra cualquier nación. La contradicción radical reside en la expectativa de que el planeta acepte estos auto-otorgados privilegios como un orden legal legítimo. En la que fuera la primera democracia moderna, las detenciones arbitrarias por perfil racial coexisten con una presidencia, la de Donald Trump, marcada por acusaciones de intentona sediciosa. Durante décadas, Occidente asimiló de modo acrítico este producto ideológico, que enmascaraba la verdadera relación entre el imperio y sus dominados. El declive relativo de Estados Unidos frente a China ha desnudado esta lógica, aunque Washington persiste en la pretensión de presentar su proyecto de opresión como un emblema de libertad.

América Latina no ha sido inmune a estas réplicas. En Argentina, esta distorsión se encarnó en sectores libertarios que usurparon terminologías progresistas para significar su antítesis: la «libertad» se convirtió en sinónimo del dominio corporativo, y el «cambio», en la demolición de las conquistas que habían expandido la igualdad y la autonomía real. El resultado son sociedades donde la esperanza colectiva ha sido suplantada por la ansiedad y la depresión individual. La promesa meritocrática, que sugiere que el éxito depende únicamente del esfuerzo personal, culmina con frecuencia en una frustración devastadora. Los datos son elocuentes: en Argentina, el suicidio se ha triplicado, transformándose en la principal causa de muerte violenta para adolescentes. Según cifras oficiales, durante 2024 casi una decena de personas se quitó la vida cada día, con picos dramáticos en las Fuerzas Armadas y de Seguridad, cuyos integrantes, pese a verse sumidos en la pobreza, otorgaron un apoyo electoral abrumador al oficialismo.

La desesperación económica es un motor central de esta tragedia. Sectores populares acorralados recurren a créditos bancarios para cubrir necesidades básicas, generando una mora que ya alcanza el 7.8% y triplica los valores de crisis anteriores. Los más vulnerables, excluidos del sistema bancario formal, caen en las garras de las fintech, con tasas de interés usurarias que superan el 300% anual en un contexto inflacionario muy inferior. En este caldo de cultivo han proliferado las llamadas «iglesias de la prosperidad», que predican una teología según la cual la riqueza material es un signo divino de favor, canonizando simbólicamente a los poderosos y culpabilizando a los pobres.

Una encuesta reciente revela el profundo distanciamiento de los jóvenes respecto de la política y el Estado, refugiándose en la ilusión individualista de la meritocracia, vista como un sustituto menos complejo que la acción colectiva y el discernimiento crítico. En la oposición, especialmente en espacios como Fuerza Patria, se libra una polémica estéril, atribuyendo el ascenso del fenómeno libertario a meros errores tácticos de administraciones anteriores. Sin embargo, su irrupción es un síntoma global, ligado a la decadencia del hegemon tradicional y al uso astuto de nuevas tecnologías de comunicación y producción por parte de la derecha. Los movimientos populares tienen la obligación de analizar este proceso en su profundidad histórica y estructural, más allá de las culpas recíprocas.

El cuadro se completa con un indicio autoritario: la existencia de presos políticos. Los encarcelamientos de figuras como Cristina Kirchner, Milagro Sala y Julio De Vido, logrados mediante campañas mediáticas agresivas y un alineamiento del poder judicial, no constituyen pruebas de corrupción, sino señales de quiénes son identificados como los obstáculos principales para este sistema que produce empobrecimiento y desesperación. Argentina se encuentra en un punto de inflexión, en medio de una reconfiguración de la división internacional del trabajo. Llegar tarde a esta comprensión podría significar la condena a ocupar los peores lugares en el orden global, convertida en colonia de una potencia en declive pero aún peligrosa. El aquelarre no es solo local; es el reflejo de un mundo convulso, y exige respuestas a la altura de su complejidad.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *