En una insólita comparación futbolística y económica con Suiza, el Presidente simplificó la compleja matriz industrial argentina para defender su modelo de apertura irrestricta. La declaración, tildada de cínica por unos e ignorante por otros, expone las profundas diferencias sobre el rumbo del país y desnuda las devastadoras consecuencias que las políticas de desregulación ya están provocando en el tejido fabril, el empleo y el bolsillo de las familias.
En la antesala del encuentro que la Selección Argentina sostendrá ante Suiza, el Presidente Javier Milei deslizó una comparación que, lejos de quedar en la anécdota futbolística, se transformó en un foco de intensa polémica por su carga despectiva y su profunda desconexión con la realidad productiva del país que gobierna. Al equiparar las estructuras económicas de ambas naciones, el mandatario sentenció con su característico tono provocador que la Argentina se limita a la elaboración de «dulce de leche y biromes», una afirmación que, según economistas, dirigentes opositores y referentes industriales, revela un preocupante desconocimiento del entramado fabril y científico-técnico nacional, al tiempo que delata la hoja de ruta hacia un modelo de país eminentemente primario y subordinado a los designios del mercado global.
El intercambio radial que gatilló la controversia se produjo cuando el Jefe de Estado intentaba defender su proyecto de «apagón gubernamental» (shutdown), inspirado en la praxis estadounidense. Al ser consultado sobre la pertinencia de importar recetas foráneas, Milei derivó su razonamiento hacia el ámbito comercial, estableciendo un paralelismo falaz entre la dinámica suiza y la argentina. «Cuando usted entra en un supermercado en Suiza, todo es importado», argumentó, para luego añadir con sorna: «Si yo me guío por esa estupidez de que esa política es o no argenta, bueno, si los suizos harían eso, se morirían de hambre o estarían en un estado de obesidad flagrante, porque solamente comerían chocolate». Y continuó profundizando la analogía: «Nosotros solo comeríamos dulce de leche, tendríamos problemas de sobrepeso tremendo, y andaríamos con biromes y en colectivos. Nada más, no tenemos más cosas». Finalmente, calificó a sus eventuales críticos como «nacionalistas de pacotilla», cerrando una intervención que, lejos de generar claridad, sembró un manto de perplejidad entre analistas y actores del sector productivo.
La réplica no se hizo esperar y provino de diversos arcos del espectro político y académico. La diputada de Unión por la Patria y economista Julia Strada fue contundente al desmenuzar la falacia comparativa, señalando que la realidad suiza dista abismalmente de la pintada por el Presidente. En ese país europeo, la importación de bienes de consumo masivo se financia con la exportación de insumos de altísimo valor agregado, tales como medicamentos de vanguardia, maquinaria de precisión, relojería de lujo e instrumental médico altamente especializado. En contraste, la Argentina posee una diversificación industrial y energética que le ha granjeado capacidades competitivas en sectores estratégicos. Strada enumeró un abanico de desarrollos que desmienten la simplificación presidencial: desde la puesta en órbita de satélites gracias a la ingeniería de INVAP y ARSAT—cuyos proyectos, como el ARSAT 3, permanecen actualmente frenados pese a contar con financiamiento del BID—pasando por la energía nuclear y el prototipo del reactor CAREM 25, que hoy se encuentra suspendido, hasta una robusta industria siderúrgica y automotriz que posiciona al país entre los líderes regionales. La diputada también subrayó la capacidad en materia farmacéutica y biotecnológica, sectores que probablemente resentirán los efectos del acuerdo comercial con Estados Unidos, sin olvidar la importancia de las economías regionales como la vitivinicultura, la láctea y la yerba mate, que ya están atravesando momentos críticos a raíz de la desregulación y la consiguiente pérdida de precios para los productores primarios.
El diagnóstico de la legisladora encontró eco en las preocupantes estadísticas que dibujan el presente de la economía real. De acuerdo con el relevamiento efectuado por el Observatorio de Industriales PyMEs Argentinos (IPA), entre diciembre de 2023 y la fecha, el entramado productivo nacional ha sufrido una sangría considerable, con la desaparición de casi veinticinco mil empresas y la consecuente destrucción de trescientas sesenta y cuatro mil quinientos cincuenta y cuatro puestos de trabajo registrados. La entidad advierte que el crecimiento que el Gobierno exhibe con orgullo se concentra casi exclusivamente en sectores extractivos, mientras que la industria manufacturera, el comercio y las pequeñas y medianas empresas continúan en una espiral descendente de contracción de su capacidad instalada y de su plantilla laboral. Si esta tendencia negativa se mantiene sin correctivos, las proyecciones para finales de 2026 son aún más sombrías: se estima el cierre de cuarenta mil firmas y la pérdida de medio millón de empleos formales. Un ejemplo paradigmático de este proceso de licuamiento fabril se conoció en los últimos días con el anuncio del grupo Dass, que determinó el cese de operaciones de su planta en Eldorado, Misiones, donde se confeccionaban calzado deportivo para las marcas Nike y Adidas y se daba sustento a aproximadamente ciento cincuenta familias. La empresa argumentó que el crecimiento exponencial de las importaciones volvió inviable la continuidad de la producción local, un argumento que se replica en silencio en miles de talleres y fábricas a lo largo y ancho del territorio.
El impacto de este modelo no se circunscribe al ámbito empresarial, sino que ya se filtra con crudeza en la economía doméstica. El más reciente Informe sobre Bancos del Banco Central de la República Argentina reveló un alarmante incremento de la morosidad, con el índice de irregularidad de los créditos otorgados a las familias alcanzando el 12,1 por ciento en abril de 2026, un pico que no se registraba en más de dos décadas. Esta cifra refleja el creciente endeudamiento de los hogares en un contexto de recesión y pérdida del poder adquisitivo, consecuencia directa de la política de apertura comercial y devaluación que pregona el oficialismo.
Desde la provincia de Buenos Aires, el ministro de Gobierno, Carlos Bianco, interpretó los dichos del Presidente como una «confesión involuntaria» pero reveladora de sus intenciones. «Quizás Milei esté tratando de transformarnos en un país que produce dos productos e importa todo el resto», aventuró Bianco, para luego calificar la declaración como un mero reflejo de su ignorancia sobre la complejidad de la estructura productiva argentina. Esta percepción se ve respaldada por los números del Centro de Economía Política Argentina (CEPA), que registra un notable incremento en la penetración de bienes de consumo finales importados. En mayo, estas compras al exterior alcanzaron los ochocientos setenta y nueve millones de dólares. Aunque la cifra muestra una ligera baja interanual del 2,3 por ciento, lo cierto es que se produjo un crecimiento del 10,1 por ciento respecto de abril, y los guarismos se ubican un 71 por ciento por encima del mismo período de 2024 y un 24 por ciento superiores a los de 2023, evidenciando una tendencia de fondo hacia la sustitución de la oferta doméstica por la extranjera.
El economista Miguel Khalil, referente de Pymes para el Desarrollo Nacional, plantó un interesante contrapunto al argumento presidencial sobre las supuestas limitaciones estructurales argentinas. «Los japoneses fabrican automóviles, motocicletas, relojes y maquinaria sin contar con petróleo ni grandes recursos minerales», recordó Khalil, para subrayar que el desarrollo industrial es, ante todo, una decisión política soberana y no una condena geológica. «Milei pretende una Argentina que exporte únicamente productos primarios», sentenció, criticando la renuncia a generar valor agregado y conocimiento en el país.
En sintonía con esta visión, la diputada cordobesa Natalia de la Sota, de Defendamos Córdoba, manifestó su enérgico rechazo a la descalificación del Presidente hacia el trabajo de millones de argentinos. La legisladora puso el foco en el aporte de su provincia, que contribuye con el 12,5 por ciento de las exportaciones nacionales, destacando que el 64 por ciento de las ventas cordobesas al mercado brasileño están compuestas por manufacturas industriales, principalmente vehículos, autopartes y motores. «No hay país desarrollado sin industria», afirmó De la Sota, añadiendo que «no hay federalismo posible si se descalifica a las provincias que producen, invierten, innovan y exportan».
El exministro de Producción de la Nación, José Ignacio de Mendiguren, conocido por su extensa trayectoria en el sector fabril, se sumó a las críticas calificando la analogía de Milei como una simplificación burda de una realidad mucho más compleja. «Argentina es uno de los proveedores industriales más importantes de la región y él resume todo en el dulce de leche para explicar una medida que ni siquiera dijo cómo piensa aplicar», cuestionó De Mendiguren, quien reprochó la falta de seriedad en los planteos del mandatario.
En el centro de esta tormenta política y económica subyace la discusión sobre el modelo de país que se está gestando. Las normativas del RIGI y el denominado Súper RIGI son vistas por los críticos como instrumentos que implican una cesión directa de los recursos naturales estratégicos, profundizando la inserción de la Argentina en el concierto internacional como mero abastecedor de bienes primarios y último eslabón de las cadenas globales de valor. Esta estrategia, según los especialistas, implica resignar la capacidad de negociación y los márgenes de autonomía necesarios para forjar una senda de desarrollo propia y soberana, otorgando beneficios fiscales, cambiarios y jurídicos por tres décadas a los grandes monopolios tecnológicos, sin retenciones y con libre disponibilidad de divisas.
De este modo, la desafortunada comparación entre el dulce de leche y las biromes no es para muchos un simple exabrupto verbal, sino la condensación de una concepción ideológica que visualiza a la Argentina como una periferia subalterna, una colonia productiva del siglo XXI que debe resignar su capacidad industrial, científica y tecnológica en aras de un libre mercado que, en la práctica, se traduce en la desaparición del entramado productivo local y en el empobrecimiento de su población. Las palabras del Presidente, cargadas de cinismo o de ignorancia según se mire, se erigen así como un espejo de las políticas que ya están transformando el rostro de la economía real, dejando a su paso un rastro de empresas quebradas, trabajadores despedidos y familias endeudadas, mientras el sueño del desarrollo se desvanece entre promesas de apertura y recetas importadas sin adaptación al contexto local.
