Mientras el empleo se resquebraja, la producción tambalea y las reservas externas se evaporan, el presidente Javier Milei se refugia en los pliegues de un modelo matemático para justificar su programa de desregulación. Junto a un exfuncionario salpicado por denuncias judiciales, publica un estudio que pretende demostrar el potencial liberador de la apertura económica, pero sus propias definiciones políticas —como el elogio al modelo suizo— revelan las fisuras de un razonamiento que parece desconocer las asimetrías estructurales de la periferia global.
En las antípodas de las recetas que esgrimen las naciones que ostentan los índices más elevados de bienestar y productividad, el rumbo económico trazado por la administración de Javier Milei transita por una senda de creciente aislamiento doctrinario, donde la fe en los manuales de libre mercado se antepone a las evidencias empíricas que emergen del terreno local. Mientras los indicadores macroeconómicos exhiben un deterioro progresivo en materia de ocupación registrada, nivel de actividad fabril y solvencia de las cuentas externas, el primer mandatario ha optado por refugiarse en el universo abstracto de los modelos formales, en un intento por revestir de legitimidad científica su hoja de ruta desreguladora.
Esta inclinación por el rigor académico, que el propio gobernante ha reivindicado en múltiples ocasiones como un sello distintivo de su gestión, encontró recientemente un nuevo cauce de expresión a través de la publicación de un artículo de investigación que elaboró en colaboración con Demian Reidel, quien hasta no hace mucho oficiara como su estrecho asesor en materia económica y energética. La autoría compartida adquiere, sin embargo, una arista controversial, dado que Reidel se encuentra bajo la lupa de la justicia a raíz de una denuncia que lo señala como presunto partícipe de actos de irregularidad administrativa, malversación de fondos públicos y gestión fraudulenta durante el período en que ocupó la presidencia de Nucleoeléctrica Argentina, la empresa estatal encargada de la operación de las centrales atómicas del país.
El documento, que ya circula en ciertos círculos especializados, se erige como un ambicioso intento por dotar de basamento teórico al agresivo plan de apertura comercial y eliminación de trabas burocráticas que el Poder Ejecutivo ha impulsado desde su llegada a la Casa Rosada. A través de un andamiaje matemático de no fácil digestión para el lego, sus autores se proponen demostrar que el entramado normativo que sofoca la iniciativa privada constituye el escollo más formidable para el despegue productivo de la nación austral. La tesis central sostiene que cuanto más prolífico es el caudal de disposiciones legales que intervienen en los mercados, tanto más lento y esquivo resulta el sendero del desarrollo, de modo que su remoción total habría de liberar energías latentes capaces de catapultar a la economía hacia horizontes de eficiencia y competitividad global.
Sin embargo, el discurso que florece en las páginas del paper choca de manera frontal con las afirmaciones que el propio jefe de Estado ha vertido en sus apariciones públicas más recientes, generando una suerte de cortocircuito argumental que no pasa inadvertido para los observadores atentos. Durante una de sus defensas más encendidas de la flexibilización de los aranceles y la eliminación de barreras a las compras externas, Milei esgrimió como ejemplo modélico el comportamiento comercial de Suiza, un país que, según sus palabras, ha sabido aprovechar las ventajas del intercambio internacional al importar aquellos bienes que no produce internamente porque le resulta más económico adquirirlos en los mercados foráneos.
El paralelismo, en apariencia irreprochable desde una lógica de manual, revela sin embargo una peligrosa omisión de los contextos estructurales que separan a la Confederación Helvética de la República Argentina. La nación alpina, cuna de una estabilidad monetaria y política que se remonta a siglos de tradición federal, posee un entramado institucional robusto, un nivel de capital humano altamente calificado, una infraestructura de primer orden y, sobre todo, una inserción en las cadenas globales de valor que le permite negociar desde una posición de fortaleza. Su especialización no es el fruto de un vacío regulatorio, sino el corolario de un proceso histórico de acumulación de capacidades tecnológicas y financieras que ningún decreto de desregulación puede emular en el corto plazo.
Por el contrario, la economía argentina, caracterizada por su elevada vulnerabilidad externa, su crónica restricción de divisas y su tejido industrial heterogéneo pero frágil, difícilmente pueda extraer enseñanzas provechosas de una analogía que desatiende las disparidades de escala, desarrollo financiero y competitividad sistémica. La invitación a especializarse en aquellos rubros donde el país sea más eficiente, tal como propugna el mandatario, implica en los hechos una apuesta a ciegas por las ventajas comparativas estáticas, que en el mejor de los casos consolidarían una estructura productiva volcada a los recursos naturales con escaso valor agregado, y en el peor, condenarían a la desaparición a numerosas ramas manufactureras que aún proveen empleo de calidad y generan divisas genuinas.
El desconcierto que generan estas postulaciones se extiende más allá de los círculos académicos y comienza a permear el ánimo de los agentes económicos, quienes observan con creciente inquietud la paradoja que supone predicar la apertura total mientras se mantienen vigentes restricciones cambiarias que distorsionan cualquier señal de precios, o mientras se posterga sine die una solución estructural al problema de la infraestructura logística y energética que encarece los costos internos. La falta de coherencia entre el relato de la desregulación absoluta y las prácticas concretas de una administración que, a la vez, recurre al cepo y al control de ciertos precios clave, no hace sino profundizar el clima de incertidumbre que ya pesa sobre las decisiones de inversión.
En el plano político, la publicación del paper junto a un colaborador cuestionado judicialmente agrega un componente de turbulencia adicional a una gestión que ya acumula tensiones internas y externas. La oposición no ha tardado en señalar el contraste entre la dedicación presidencial a los ejercicios teóricos y la urgencia de los problemas concretos que aquejan a las familias argentinas, desde la pérdida del poder adquisitivo hasta la contracción del crédito y el alza de la desocupación. Incluso en las filas del oficialismo comienzan a escucharse murmullos que ponen en duda la conveniencia política de insistir en una narrativa que, a fuer de sofisticada, se revela cada vez más distante de la realidad cotidiana de los talleres, las pymes y los comercios de barrio.
El desafío que enfrenta el gobierno no es menor, pues la brecha entre el modelo abstracto que el presidente y su exasesor pretenden validar y las condiciones materiales de la economía real tiende a amplificarse con cada nuevo dato estadístico que se conoce. Mientras tanto, el tiempo corre y las reservas internacionales, lejos de fortalecerse, continúan su declive, lo que coloca a la administración ante un dilema de proporciones mayúsculas: perseverar en una hoja de ruta que parece inspirada en los laboratorios de Chicago y Zúrich, o ensayar una corrección de rumbo que contemple las especificidades de un país periférico con heridas estructurales profundas.
La discusión, en definitiva, no se agota en el terreno de las fórmulas algebraicas ni en la confrontación de escuelas de pensamiento. En el fondo, lo que se dirime es la capacidad del sistema político para procesar las demandas de una sociedad que reclama certidumbres y horizontes previsibles, en lugar de experimentos teóricos cuyos costos, como ya se ha visto en otras latitudes, suelen pagarse en carne propia y en divisas que no abundan. Mientras el presidente se afana en pulir sus credenciales académicas al lado de un funcionario con el estigma de una investigación judicial, la economía real sigue su curso errático, a la espera de que los pronósticos del paper se traduzcan en algo más que una ilusión matemática.
