La política cambiaria oficial, con un peso artificialmente fortalecido, alimentó una estampida de viajeros al exterior y ahuyentó al turismo foráneo. El resultado fue un déficit histórico que agrava la crisis de divisas y dibuja un país que gasta afuera lo que no invierte adentro.
El sostenido manejo oficial de un tipo de cambio apreciado, que abarata artificialmente el dólar, desató una verdadera fuga turística durante el año pasado. Esta dinámica, potenciada por una inflación interna que erosiona el poder adquisitivo, culminó en el peor saldo para el sector en una década, con una hemorragia para las reservas del país que superó los cuatro mil millones de dólares, según las cifras difundidas por el Instituto Nacional de Estadística y Censos.
El balance entre lo que gastan los argentinos en el mundo y lo que los extranjeros dejan en el país arrojó un rojo sin precedentes desde 2016. El deterioro fue monumental: el déficit se multiplicó exponencialmente respecto a años anteriores, de acuerdo con análisis de centros de estudio especializados. La radiografía del movimiento poblacional es contundente: mientras una cifra récord de 11,9 millones de residentes cruzó fronteras con fines turísticos, la Argentina apenas logró captar el ingreso de 4,8 millones de visitantes. Esta brecha de 6,6 millones de personas ilustra el profundo desbalance.
La tendencia se aceleró en la segunda mitad del año y encontró su pico en diciembre, cuando más de setecientas mil personas eligieron destinos foráneos. Este flujo constante contrasta con la caída persistente en la llegada de turistas internacionales, que se contrajo casi un veinte por ciento en el mismo período. La explicación de este fenómeno es dual: un dólar barato que incentiva la salida y una economía local con precios poco competitivos que desalienta la entrada.
Geográficamente, la preferencia se inclinó de manera abrumadora por los destinos regionales, con Brasil y Chile a la cabeza, en busca de una relación costo-beneficio más favorable. No obstante, los viajes transatlánticos o hacia Norteamérica, aunque menos masivos, implicaron un desembolso individual mucho más elevado, profundizando el impacto negativo en la balanza de pagos. El gasto total de argentinos en el exterior ascendió a más de 7.164 millones de dólares, duplicando con holgura los 3.110 millones que ingresaron por el turismo receptivo.
Detrás de estos números se esconde un patrón de consumo revelador. El ocio y las vacaciones fueron el motor indiscutido, explicando más del sesenta por ciento de los viajes, una proporción que se intensificó en la temporada estival. En un contexto de ajuste económico interno, una porción de la sociedad priorizó destinar recursos al turismo externo como una válvula de escape y un bien de consumo valorizado. La visita a familiares y amigos se ubicó como la segunda causa, consolidando los flujos hacia países limítrofes.
La elección del hospedaje también reflejó esta bifurcación. Para los destinos lejanos, primó la hotelería de alta categoría. Para los regionales y las estadías familiares prolongadas, ganó terreno el alquiler de propiedades temporarias. Esta distribución evidenció cómo el gasto turístico se adaptó a las distintas modalidades de viaje.
Este panorama configura una paradoja alarmante para la frágil economía argentina: en medio de una crisis inflacionaria y con severas necesidades de divisas, se registra una fuga masiva de recursos por un turismo emisivo subsidiado por el tipo de cambio oficial. El sector turístico, lejos de ser un generador de ingresos, se transformó en un canal de drenaje. Las proyecciones para el verano actual no anticipan un cambio de rumbo, lo que augura una continuidad de este esquema que castiga las reservas y ahonda los desequilibrios macroeconómicos.
