Más de medio millón de almas rindieron culto al rugido del motor: Colapinto desató una marea humana inédita en Buenos Aires

Más de medio millón de almas rindieron culto al rugido del motor: Colapinto desató una marea humana inédita en Buenos Aires

El joven piloto oriundo de Pilar condujo un Lotus E20 con motor V8 frente a una convocatoria que igualó a la de un Gran Premio oficial, mientras soñaba en voz alta con el retorno de la Fórmula 1 al país y dejaba una estela de trompos, abrazos y emociones familiares.

Bajo un cielo testigo de una jornada que ya forma parte del imaginario popular, la Ciudad de Buenos Aires se vistió de gala para recibir a un fenómeno que trasciende la mera velocidad. No se trató de una competencia oficial, ni de un ensayo programado. Fue, en esencia, una celebración masiva alrededor de un único protagonista: Franco Colapinto. El festival a toda orquesta que imaginaron sus seguidores se materializó con tribunas repletas hasta los bordes y plazas públicas desbordadas por una misma pasión compartida. El joven representante argentino en la máxima categoría del automovilismo mundial logró lo impensado: hacer retumbar nuevamente, aunque fuera bajo el formato íntimo de un “roadshow”, el estruendo profundo de uno de los bólidos más potentes del planeta. Aquella demostración supo a anticipo, a promesa susurrada al oído de una afición que intuye que la Fórmula 1 y la Argentina aún tienen mucho para decirse.

El encargado de sacudir los cimientos de la avenida fue nada menos que un Lotus E20, equipado con un resonante motor V8 fabricado por Renault para la temporada 2012. La máquina, vestida con los colores de Alpine, obedeció cada orden de Colapinto en dos tandas perfectamente ejecutadas, donde el barullo ensordecedor, los trompos coreografiados y el carisma desbordante del piloto mantuvieron en vilo a la multitud. Pero la experiencia no se limitó a la era moderna del automovilismo. También hubo un generoso espacio para la nostalgia y el homenaje: Franco tomó el volante de la legendaria “Flecha de Plata” de Mercedes Benz, el mismo modelo que inmortalizara Juan Manuel Fangio en sus años de dominio durante 1954 y 1955. Un gesto que conectó dos épocas doradas del deporte nacional frente a ojos incrédulos y emocionados.

La dimensión de la convocatoria superó cualquier pronóstico razonable. Más de 500.000 personas acompañaron al piloto y a la delegación del equipo BWT Alpine Formula One Team. Aquel mar humano se distribuyó tanto en las zonas privilegiadas con tribunas aranceladas como en las plazas de acceso gratuito que las autoridades habilitaron para contener la oleada anticipada. Los trazos urbanos de las avenidas Del Libertador y Sarmiento se transformaron en un improvisado circuito, delimitado por estrictos márgenes de seguridad que apenas contenían la euforia de los fanáticos. Si se analiza la convocatoria en frío, la conclusión resulta asombrosa: Franco Colapinto en Buenos Aires congregó una cantidad de espectadores equiparable a la de un Gran Premio legítimo. Habida cuenta del espacio disponible en pleno corazón citadino, se reunió tanta gente en una única jornada que dejó en evidencia el potencial de convocatoria real del país.

Para dimensionar el fenómeno, basta recordar que la carrera con mayor asistencia durante 2025 fue el Gran Premio de Gran Bretaña en Silverstone, cuna histórica de la Fórmula 1, donde se contabilizaron 500.000 espectadores a lo largo de todo un fin de semana de competición. Esto significa que Colapinto, en un solo día, reunió una masa humana igual o incluso superior a la que los británicos logran acumular entre viernes, sábado y domingo. La comparación eleva la cotización del encuentro porteño a niveles pocas veces vistos para un evento no puntuable.

El artífice de esta hazaña social lo disfrutó con cada fibra de su ser. Franco se dio un gusto que muy pocos pilotos de la élite pueden permitirse: manejar ante su propia gente, sintiendo el aliento cálido de la hinchada local. Y es que aquella multitud no había acudido a presenciar una carrera llena de figuras internacionales, sino a una fiesta íntima con un único referente. La jornada tuvo un plus emocional invaluable, ya que el piloto compartió el escenario con sus seres más queridos: el equipo que lo acompaña desde la infancia, sus padres entregados y, en un primer plano desgarrador, su abuela Rosa, quien por primera vez pudo verlo en vivo y en directo maniobrando un monoplaza de Fórmula 1. El protagonismo de “la nona” fue tal que el nieto le dedicó una serie de dibujos sobre el asfalto, realizando trompos con el Lotus-Alpine a apenas metros de la silla de la anciana, ubicada en primera fila, abrigada ante los caprichos del clima y bajo la custodia personal de Alberto Crescenti, director del Sistema de Atención Médica de Emergencia (SAME).

La semana más extraordinaria de la vida de Franco en la Argentina se cerró con esta jornada inolvidable, aunque había comenzado por la senda más sencilla y genuina. Desde aquel momento en que eligió su destino siendo un niño, su felicidad más pura siempre estuvo ligada al karting. Sin dudarlo un instante, se dirigió al Kartódromo Internacional de Zárate para volver a manejar junto al Acosta Racing Team. Acompañado por su amigo Gabriel Gandulia, incluso se dio el lujo de protagonizar algunas batallas encarnizadas en el circuito, que aún conservaba los charcos dejados por las lluvias recientes. “Qué bueno que está esto”, exclamó el piloto que recorre el mundo con la Fórmula 1, compartiendo el instante en sus redes sociales junto a los afectos más cercanos.

El periplo patrio tampoco dejó pasar la invitación al Autódromo Oscar y Juan Gálvez, donde se lleva adelante la reforma más ambiciosa de las últimas tres décadas. La Ciudad de Buenos Aires apuesta con fuerza al regreso de la máxima categoría, contratando al estudio del mundialmente reconocido constructor de autódromos Hermann Tilke para una obra iniciada en enero y con un plazo de ejecución de doce meses. “Parecía otro lugar”, confesó Colapinto sobre el ‘Coliseo’ porteño del automovilismo, durante un breve contacto con la prensa. Franco ya había recorrido el predio a comienzos de año, pero ahora se encontró con que los edificios de boxes han sido demolidos y el nuevo trazado de la pista ya se dibuja sobre el suelo. “Es una obra muy grande, necesaria para que pueda volver la F1 al país”, señaló el corredor, que en las próximas semanas terminará de conocer todos los circuitos del calendario con las carreras de Miami y Canadá. “Creo que están dando los pasos correctos para proyectar una carrera. Eso es clave y para mí es muy importante demostrar lo que puede traer un Gran Premio en Argentina”, insistió. La construcción de la pista Grado A para el Gran Premio de MotoGP, previsto para abril de 2027, avanza a buen ritmo por parte de las firmas CONCRET-NOR SA y COARCO SA, con un presupuesto asignado de 71 mil millones de pesos; mientras que la infraestructura edilicia, el paddock y los servicios del nuevo autódromo están a cargo de Inmac Ingeniería y Arquitectura SA y SEMI SA, con una inversión de 26 mil millones de pesos.

Tener a Colapinto manejando por las calles porteñas el Lotus E20 “vestido de Alpine” significó la primera ocasión en muchísimo tiempo en que se pudo ver a un piloto argentino de Fórmula 1 conduciendo un auto de la categoría máxima. Habría que remontarse a los albores del mundial, concretamente a 1951, cuando se corrió en el Circuito Costanera Norte de 3.500 metros, con largada frente al club de pescadores, utilizando la avenida costanera, calle Sarmiento y también Salguero. Aquella competencia, disputada en febrero y denominada «V Grand Prix Juan Domingo Perón y de la Ciudad de Buenos Aires», aunque no entregaba puntos para el campeonato, reunió a varios pilotos y máquinas de la F1 de entonces, como los temibles Mercedes Benz de Hermann Lang o el propio Juan Manuel Fangio. Sin embargo, ambos fueron derrotados por José Froilán González, quien con una Ferrari 166 de menor porte supo aprovechar el fallo de sus rivales para alzarse con un triunfo que le abriría las puertas de la casa italiana, el equipo más famoso del mundo. Meses después, Froilán ganaría el primer Gran Premio de Ferrari en la historia de la Fórmula 1, una gesta conocida y debidamente honrada.

Como si el presente de Colapinto no fuera suficientemente brillante, el joven añadió un nuevo gesto memorable al manejar una réplica del Mercedes Benz W196, el mismo que empuñara Fangio en los años de esplendor. Comandando aquella “Flecha de Plata”, Franco dejó una huella imborrable en su paso por Argentina antes de retornar a la rutina laboral. Sin más días de descanso por delante, el lunes próximo dará inicio el operativo Miami, donde la Fórmula 1 retomará sus carreras y la realidad de cada uno volverá a dirimirse sobre el asfalto. Pero lo ocurrido en Buenos Aires queda grabado como una evidencia: el rugido del motor, cuando lleva el apellido Colapinto, sigue congregando multitudes capaces de estremecer una ciudad entera.

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