Daniel Yofra, secretario general de los Aceiteros y símbolo del sindicalismo de confrontación, advierte que la moderación es inútil contra un Gobierno que «declaró la guerra». Critica la inacción de las centrales obreras y sostiene que sólo un plan de lucha escalonado, con paros prolongados, puede frenar una normativa que, asegura, retrotrae un siglo los derechos.
La sombra de los Mártires de Chicago, ejecutados en 1887 por batallar por la jornada de ocho horas, se proyecta sobre el presente con una vigencia trágica. «Un siglo después de esos crímenes, nosotros vivíamos dentro de la planta para poder sobrevivir afuera», rememora Daniel Yofra, titular de la Federación de Trabajadores Aceiteros, en un pasaje del libro Aceiteros de Pablo Waisberg. Aquella lucha ancestral por el tiempo de vida es hoy el núcleo de un nuevo combate. Yofra, una figura que ascendió desde la pobreza en las multinacionales cerealeras hasta convertir a su sector en uno de los mejor remunerados, se erige ahora como la voz más estridente contra la reforma laboral, llamando a una huelga por tiempo indeterminado.
Con un historial que no elude el enfrentamiento ni con el poder económico ni con los gobiernos de cualquier signo, Yofra observa con escepticismo la estructura de la CGT, de la cual es un crítico abierto. Desde su posición de referente indiscutido en el mundo del trabajo, reclama a las centrales obreras que carguen sobre sus espaldas la pelea. «No hay otra, con este gobierno», sentencia, descartando los paros de un día como gestos inefectivos.
La Convocatoria a la Acción y la Crítica a la «Inorganicidad»
Tras una reunión de veinticinco gremios en la Unión Obrera Metalúrgica (UOM), aún sin medidas concretas definidas, Yofra revela que el denominador común fue la necesidad de ir a la huelga y movilizar antes de que el proyecto se discuta en el Congreso. La pronta réplica de la CGT, que tildó el encuentro de «inorgánico» y acusó intenciones de desplazamiento por la izquierda, fue rechazada por el líder aceitero. «El compañero Abel Furlán llamó a todos los de la CGT», aclara, subrayando que el objetivo no es la fractura, sino impulsar a la central a «enfrentar a un gobierno que vino a declararnos la guerra».
La Huelga Indefinida: Un Dogma Forjado en la Experiencia
Frente a la pregunta sobre la estrategia de su gremio, la respuesta de Yofra es categórica: una huelga sin plazo fijo. Argumenta que no hay espacio para términos medios con una administración que, a su juicio, ha cerrado el diálogo. «Este gobierno está dándole la razón a aquellos que dicen que con un día de paro no se consigue nada», reflexiona, en alusión a las protestas desde diciembre de 2023.
Su convicción se nutre de la propia historia de los aceiteros. Recuerda que fueron «trabajadores pobres» para gigantes como Bunge, Cargill o Molinos Río de la Plata, hasta que optaron por la lucha frontal. Desestima con dureza a quienes consideran la huelga una herramienta obsoleta: «Por ese pensamiento es que tenemos el 90% de los trabajadores registrados bajo la línea de la pobreza: por no luchar». Para él, la reforma en debate es «regresiva» y conduce a un retroceso de un siglo, que sólo puede detenerse con «lucha, huelga y movilización».
La Paradoja de la Pasividad Social y el Diálogo Inexistente
Yofra se interroga sobre la relativa calma en las calles. Esboza una explicación: el Gobierno, contrario a sus promesas de campaña, ha expandido los planes sociales porque no genera empleo genuino, lo que actuaría como un amortiguador. Sin embargo, hace un llamado a no depositar en los movimientos sociales toda la responsabilidad de la resistencia. «Nosotros tenemos una organización… que tiene que salir a luchar», afirma, advirtiendo que ser espectadores de la represión a jubilados sólo allana el camino para ser «pasados por arriba».
Respecto a las negociaciones del Ejecutivo con los gobernadores, lanza una advertencia: habrá que «hacerle pagar el costo» a aquellos mandatarios que avalen la ley «por plata», precarizando aún más a los trabajadores.
Los Núcleos Más Peligrosos de la Reforma
Al detallar los puntos más conflictivos del proyecto, Yofra enumera un catálogo de amenazas: la eliminación de la ultraactividad de los convenios, que dejaría indefensos a los trabajadores; la limitación del derecho de huelga al declarar «esenciales» numerosas actividades; la necesidad de pedir autorización al empleador para realizar asambleas; el banco de horas, que eliminaría el pago de horas extras; y la fragmentación de las vacaciones según necesidades empresariales. «Perdemos la libertad de estar organizados sindicalmente», resume, apelando al artículo 14 bis de la Constitución. «Hay muchas cosas puestas para derrotar al movimiento obrero», concluye.
Sobre un posible diálogo, es pesimista. Recuerda el decreto del año pasado que fijó un aumento mínimo «debajo de la indigencia» como ejemplo del tipo de conversación que propone la administración actual.
Un Ultimátum a la CGT
Consultado sobre si puede persuadir a la CGT y a las CTA de adoptar una postura más beligerante, Yofra responde con realismo: no sabe si podrá convencerlas, pero sí tiene la obligación de plantear su postura. «No pertenecemos a la CGT para ser súbditos», aclara. Su mensaje será directo: exigen un paro nacional que involucre a todas las organizaciones, incluso a las más temerosas que sólo se movilizan si lo hace la central.
Reconoce el peso histórico de la CGT en Sudamérica y su capacidad pasada para frenar embates contra los trabajadores. Pero el escenario, insiste, es distinto: «Hoy estamos ante un gobierno de cretinos y de empresarios que no les importa un día de huelga». La apuesta, entonces, es forzar una prueba de fuerzas mayor. «Vamos a ver qué pasa si se hace un paro por tiempo indeterminado, un plan de lucha progresivo», desafía. La pregunta final que flota en el aire es si la determinación de un sindicalismo combativo podrá alterar la correlación de fuerzas en un conflicto que, para Daniel Yofra, ya es una guerra declarada.
