Un informe técnico revela un alarmante incremento del 6.25% en 2024, interrumpiendo más de dos décadas de mejora continua. Expertos señalan al desfinanciamiento, la fragmentación del sistema y el retroceso estatal como causas de una crisis que castiga a los más vulnerables.
Un silencio estadístico estalla con la fuerza de una verdad cruda. La mortalidad infantil, ese indicador crucial que funciona como un espejo de la realidad social y sanitaria de una nación, ha registrado un preocupante retroceso durante el año 2024. Un meticuloso análisis realizado por la Fundación Soberanía Sanitaria, basado en registros oficiales, desvela que la tasa ascendió a 8,5 fallecimientos por cada mil niños nacidos vivos. Esta cifra representa un aumento del 6,25 por ciento respecto al año anterior, cuando se ubicaba en 8 muertes por mil, y fractura de manera abrupta la tendencia de descenso sostenido que el país exhibía desde hacía más de veinte años.
Para los especialistas, este dato no es una fluctuación menor, sino un campanazo de alarma. El diputado nacional y médico Pablo Yedlin subraya que se trata de un «indicador duro» de la situación integral de un país, utilizado globalmente para realizar comparaciones. «El medio punto de aumento en la media nacional es un valor de preocupación, porque además corta la tendencia de muchos años de descenso», afirma. Por su parte, Nicolás Kreplak, ministro de Salud bonaerense, contextualiza la gravedad: Argentina, históricamente líder en la región después de Cuba, ahora es superada por Chile y Costa Rica, mientras que la distancia con los índices de naciones desarrolladas, que suelen estar por debajo de 2 muertes por mil, se agranda de manera dramática.
Kreplak se anima a una proyección sombría: tras décadas de gráficos con curvas en descenso constante, lo que podría observarse en el futuro inmediato son líneas erráticas, «gráficos cuyas curvas se parecerán más a un serrucho». Este pronóstico encuentra su explicación en un diagnóstico claro: el repliegue del Estado en la esfera de la salud pública. La mayoría de los fallecimientos se concentran en el período neonatal, es decir, dentro de los primeros 28 días de vida, una etapa cuya supervivencia depende estrechamente de la calidad de los controles prenatales, la atención del parto y los cuidados especializados inmediatos.
El informe destaca cómo la implementación de recetas basadas en un Estado mínimo se ha traducido en el debilitamiento de programas sanitarios emblemáticos. La cartera de salud provincial señala como ejemplo el Programa Nacional de Cardiopatías Congénitas, creado para garantizar equidad en el tratamiento, el cual habría entrado en crisis por la salida de trabajadores calificados del sector público. A esto se suma la suspensión en la provisión nacional de medicamentos vitales para recién nacidos y la discontinuación de iniciativas preventivas, como el programa de Sueño Seguro, en un marco general de creciente fragmentación y desigualdad del sistema.
La crisis no reconoce fronteras provinciales. El aumento ha sido un fenómeno generalizado, donde solo nueve jurisdicciones lograron reducir la tasa, mientras que quince exhibieron incrementos. En provincias como Corrientes, La Rioja y Santiago del Estero, los repuntes oscilaron entre el 10 y el 20 por ciento. Paralelamente, se evidencia un resurgimiento de la mortalidad materna, con un incremento que, excluyendo el período pandémico, no se observaba desde hace quince años.
La trayectoria histórica del indicador es elocuente: marcó picos durante las crisis socioeconómicas de fines de los noventa y principios de los dos mil, y descendió de manera persistente en períodos de expansión de políticas sanitarias activas y mejora en las condiciones de vida. Hoy, su repunte funciona como un testimonio numérico de un declive. El documento concluye con una sentencia contundente: la mortalidad infantil vuelve a confirmar su carácter de «indicador privilegiado» del impacto de las decisiones políticas. Cuando el Estado se retira, las consecuencias más duras no se reflejan en una planilla de cálculo, sino en la vida de los sectores más desprotegidos, aquellos para quienes el enriquecimiento de unos pocos nunca derrama, sino que se aleja.
