Una Marea Antifascista Inundó las Calles en el Inicio del Ciclo de Protestas contra el Gobierno

Una Marea Antifascista Inundó las Calles en el Inicio del Ciclo de Protestas contra el Gobierno

Bajo la consigna del Orgullo Antifascista y Antirracista, miles de personas protagonizaron la primera manifestación nacional del año. La movilización, que se desplegó en 27 puntos del país, anticipa una semana de reclamos que culminará con una protesta masiva contra la reforma laboral.

La primera expresión de descontento callejero hacia la administración nacional irrumpió este miércoles con una contundente demostración de fuerza. En simultáneo, en veintisiete localidades de la Argentina, incluida la capital federal, una multitud diversa confluyó en la segunda Marcha del Orgullo Antifascista y Antirracista. Este acto marca el comienzo del segundo semestre de gestión de Javier Milei y funciona como preludio de una semana de movilizaciones sociales, cuyo epicentro será la convocatoria del próximo 11 de febrero para rechazar la reforma laboral.

Aunque el color político de la protesta estuvo teñido por las banderas de la comunidad LGTBIQ+, su convocatoria trascendió ampliamente ese sector. La marcha congregó a un amplio espectro de la sociedad que se siente objetivo de lo que los organizadores califican como una “política cotidiana de deshumanización” por parte del Ejecutivo. Este carácter transversal se evidenció en la pluralidad de reclamos: desde la defensa de los bosques patagónicos y los glaciares, hasta la oposición a una reforma laboral que, aseguran, precariza la existencia de los trabajadores, pasando por la exigencia de derechos para las personas con discapacidad.

El centro de la protesta también puso el foco en la política migratoria, acusada de replicar el modelo estadounidense del ICE, y en la represión policial sufrida por jubilados. Las columnas del colectivo LGTBIQ+, extensas y vibrantes, combinaron baile y reivindicación para exigir una reparación histórica para las personas travestis y trans, además de denunciar los crímenes de odio. Si bien el antecedente inmediato se remonta a los comentarios homofóbicos atribuidos al Presidente en Davos, la diversidad de consignas pintó un cuadro más amplio. Los convocantes estimaron una asistencia de doscientas mil almas, en un contexto donde la atención pública parece capturada por la emergencia económica y un índice de precios que, según los críticos, el gobierno se niega a actualizar con transparencia.

“Hay que comprender que esto no es solo por Milei; es una resistencia contra el fascismo que emerge a nivel global y que en nuestro país aterrizó con su gobierno”, expresó Kalo, una de las coordinadoras de las asambleas preparatorias. La cabecera de la manifestación, que partió desde el Congreso rumbo a la Plaza de Mayo, estuvo integrada por personas travestis mayores, migrantes, personas con discapacidad y jubilados. “Vinimos a acompañar a les chiques”, afirmó una mujer jubilada, distanciándose de debates superficiales sobre el lenguaje inclusivo para subrayar la unidad profunda entre esta movilización y las protestas semanales de los miércoles.

Hacia las cinco de la tarde, un torrente humano comenzó a desplazarse hacia la Casa Rosada. En la Plaza Congreso, y luego en la 9 de Julio, se mezclaban jubilados, activistas por los derechos humanos, ambientalistas, feministas, sindicalistas y representantes de organizaciones barriales y migrantes. La consigna que unificaba este crisol era clara: “frente al fascismo, solidaridad”.

“Somos gente pobre. Somos hijos de personas a las que el trabajo no les alcanza. Formamos una hermandad que debe crecer. Como reza una de nuestras consignas: ninguna vida es descartable”, reflexionó Kalo, para quien la solidaridad es el antídoto necesario para reparar un lazo social severamente dañado.

Entre las voces que se alzaron, resonó con fuerza la de Ana Tapia, de 73 años, quien viaja dos horas cada miércoles para sumarse a las protestas. “Esta ‘Agencia de la Verdad’ es para perseguir periodistas. Hoy vienen por ellos, pero alguien podría decir ‘yo no soy periodista’ y quedarse tranquilo. Mañana vendrán por los discapacitados, y otros dirán ‘yo no lo soy’. Atacan la salud pública, y quienes tienen privado tal vez no se preocupen. Pero a mí, que soy jubilada, ya vinieron por mí. Con una jubilación miserable, la respuesta es clara: no dejarán nada en pie. Lo que no logren por reforma, lo impondrán por DNU. Por eso es indispensable seguir en la calle”, afirmó con determinación.

El tono de la protesta no fue solo de reclamo, sino también de celebración y cuidado colectivo. “El pueblo cuida al pueblo”, proclamaba una bandera que una artista drag envolvía alrededor de su cuerpo, como simbolizando un abrazo protector. Esta politización de la alegría y el baile sirvió de contrapunto a un clima de agresión que, según los manifestantes, se dirige especialmente contra la comunidad LGTBIQ+, los jubilados, las personas con discapacidad, los migrantes y los pueblos originarios.

Para Marcos Varela, de la organización Orgullo Disca, el fascismo no es solo retórica: “Se materializa en el ajuste de pensiones, en auditorías persecutorias, en la burocracia que niega derechos, en la falta de acceso a medicación y apoyos vitales”. Su testimonio llegó en una semana donde, tras dos intentos de veto, finalmente se reglamentó la Ley de Emergencia en Discapacidad.

Desde el ámbito sindical, la adhesión fue explícita. Leonor Cruz, Secretaria de Géneros y Diversidades de la CTA Autónoma, explicó: “Participamos desde el primer momento. Esta reforma laboral no trae derechos; universaliza la precarización, el hambre y la desprotección”. El canto de “No va a pasar, esa reforma laboral” se fusionó con el sonido de los abanicos antifascistas, enviando un mensaje directo a la dirigencia política.

La cuestión migrante también tuvo un lugar protagónico. Delia Colque, del colectivo Ni una Migrante Menos, denunció la selectividad racial en los controles: “Solo les piden documentos a quienes tenemos rasgos indígenas o morochos. Usan un discurso de ‘migración descontrolada’ para señalar chivos expiatorios en tiempos de crisis. Eso es fascismo puro”.

El ingreso de las columnas a la Plaza de Mayo, cerca del anochecer, se sintió como un torrente de aire fresco. El instinto colectivo fue ocupar el espacio, permanecer, no ceder ni un centímetro de la vía pública. Frente a los protocolos que restringen la protesta social, la respuesta fue apoyar los cuerpos en el pasto, seguir bailando alrededor de los camiones sonidos y vociferar, con alegría y determinación, que no hay vidas descartables. Aquellos que no aspiran a ser los “argentinos de bien” del imaginario oficial, sino a engrandecer la comunidad, hicieron de la solidaridad su bandera más firme contra el individualismo.

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