La presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo rompió el silencio en diálogo con Víctor Hugo Morales para despedir a su histórica compañera de ruta, fallecida a los 95 años. Entre el dolor profundo y la fragilidad de su propia salud, Carlotto evocó los años de militancia compartida, los momentos de alivio y la promesa inquebrantable que las mantuvo erguidas durante más de cinco décadas. «Hay que seguir», sentenció, mientras el país despide a una de las fundadoras de la lucha por los derechos humanos.
El eco de una noticia que sacude los cimientos del movimiento de derechos humanos en Argentina resonó con crudeza en la mañana radial, cuando la voz de Estela de Carlotto, presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, se quebró al aire para confirmar lo que ya era un secreto a voces: la partida física de una de las almas más emblemáticas de la resistencia, Taty Almeida, titular de Madres de Plaza de Mayo-Línea Fundadora. Fue en el marco de una entrevista con el periodista Víctor Hugo Morales, en la frecuencia de Radio 750, donde la referente histórica no pudo ocultar el pesar inmenso que le provoca la desaparición de su entrañable camarada, aquella con quien compartió no solo trincheras, sino también la cotidianeidad de una lucha que parecía no tener fin.
Con la honestidad brutal que la caracteriza, Carlotto confesó que el fallecimiento de su amiga, acaecido a los 95 años, le generó una congoja que atraviesa cada fibra de su ser. «Es una parte de nuestro cuerpo, de nuestro corazón», explicó con una metáfora que desnuda la intimidad de un vínculo forjado en el fuego cruzado de la dictadura y la persistente búsqueda de verdad y justicia. Pero lejos de dejarse vencer por la melancolía, la dirigente apeló a ese temple de acero que la ha convertido en un ícono de la resistencia: «Hay que seguir», afirmó con rotundidad, como un mantra que ha repetido durante más de medio siglo ante cada adversidad.
En ese mismo instante, la presidenta de Abuelas hizo un llamamiento a la memoria activa y a la continuidad de la tarea pendiente, destacando el trabajo incansable de la comisión que todavía se ocupa de rastrear a los nietos apropiados durante la última dictadura cívico-militar. «Por suerte, para nuestros nietos tenemos una comisión que trabaja para que el mundo entero sepa que falta mucho para recordar lo que ha pasado con nosotros», subrayó, en una clara advertencia sobre los riesgos del olvido y la necesidad de mantener viva la llama del reclamo en el ámbito internacional. Sus palabras, cargadas de una urgencia que trasciende el momento presente, revelaron que la pelea no concluye con la muerte de sus protagonistas, sino que se transmuta y se renueva en las generaciones venideras.
Sin embargo, en medio de la gravedad del momento, Estela encontró un resquicio para la ternura y la añoranza de los días más livianos. Recordó con una sonrisa melancólica aquellos instantes en los que, junto a Taty, se permitían el lujo de la distracción y la complicidad más humana. «Teníamos una cosa común, que era divertirnos: encima del escenario hacíamos alguna tontería de dos viejas bailando», evocó, pintando una imagen que contrasta con la seriedad de sus históricas apariciones públicas. Ese costado lúdico, confesó, fue un bálsamo necesario en una travesía signada por el horror y la pérdida, porque ambas se habían hecho una promesa sagrada: «Basta de maldades», un juramento que las mantuvo ancladas a la esperanza incluso en los momentos más sombríos.
La conversación derivó luego hacia un plano más íntimo y doloroso, cuando Carlotto abordó la posibilidad de viajar a la ciudad de Buenos Aires para dar el último adiós a su compañera en el velatorio. Con una franqueza desgarradora, admitió que sus propios achaques y la delicadeza de su estado de salud, propios de una longevidad que también le pasa factura, podrían impedirle concretar ese último gesto de despedida. «Estoy muy triste. Pensando en ir a Buenos Aires. Mis años también me pesan. Hay que reconocer que todo no se puede», manifestó con una resignación que no oculta su frustración, pero que a la vez exhibe una sabiduría madura para aceptar los límites que el tiempo impone. La imagen de una líder que ha recorrido el mundo alzando la voz, hoy confinada por la fragilidad física, añade una capa de tragedia a este adiós.
Finalmente, la emoción desbordó cualquier intento de contención cuando Estela de Carlotto, con la voz entrecortada y los ojos humedecidos, expresó el vacío que deja la ausencia de Taty. «Estoy llorando por dentro, por fuera», confesó, en una declaración que rompe con la férrea entereza que suele proyectar. Y cerró su intervención con una frase inconclusa, que flota en el aire como un lamento y una pregunta sin respuesta: «La vamos a extrañar. La vida es ésta. ¿Qué decir?». Esa interrogante, más que un final, es un punto de partida para reflexionar sobre el legado de dos mujeres que convirtieron el dolor en bandera y la memoria en un acto de rebelión cotidiana. Mientras el país despide a Taty Almeida, su historia se entrelaza para siempre con la de Estela, en un capítulo más de la epopeya que ambas escribieron con sus pasos firmes y sus corazones indomables.
