El Millonario sumó su segunda caída al hilo en un encuentro espeso. Un golazo de Hernán López Muñoz, sobrino de Maradona, le bastó al Bicho para quedarse con el triunfo en un duelo marcado por los planteos tácticos, la expulsión del entrenador visitante y las lesiones.
La Paternal fue testigo de un nuevo capítulo de incertidumbre para River Plate. En un contexto donde ambos protagonistas arribaban golpeados por resultados adversos, el encuentro prometía ser una bisagra para sus respectivas aspiraciones. Sin embargo, la balanza se inclinó del lado local, que supo capitalizar su momento de lucidez en un partido predominantemente áspero y disputado.
El anfitrión llegaba con la necesidad de reivindicación tras su pobre actuación en Avellaneda, donde las dudas sobre la continuidad de su entrenador comenzaban a tejerse en el ambiente. Por su parte, el conjunto de Núñez intentaba disipar los fantasmas dejados por la sorpresiva derrota en el Monumental, un resultado que el «Muñeco» había calificado como un duro golpe anímico. Con la premisa de sacudir el tablero, el técnico millonario implementó modificaciones sustanciales en su formación inicial, buscando una reacción tanto en lo emocional como en lo estrictamente futbolístico. La apuesta incluyó el regreso de Marcos Acuña al once titular, la inclusión de Giuliano Galoppo en la zona medular y un cambio de sistema táctico que pretendía fortalecer la parcela central para contrarrestar el juego del adversario.
No obstante, los planes del visitante pronto encontraron un obstáculo difícil de sortear. El orientador del conjunto de La Paternal, excolaborador de Jorge Sampaoli, interpretó a la perfección el libreto rival y dispuso sus piezas para ganar la partida en el mediocampo. Rompiendo el esquema de doble contención que había presentado en jornadas anteriores, apostó por una estructura más vertiginosa y asociativa. Con Nicolás Oroz como nexo y un tridente ofensivo de buen pie conformado por Alan Lescano, López Muñoz y Francisco Viveros, el «Bicho» logró imponer su dominio a través de la tenencia y la circulación del balón, volviéndose inabordable para una línea media riverplatense que naufragó en su intento de hacer frente a tanta movilidad.
El desarrollo inicial del cotejo se caracterizó por la paridad y la falta de fluidez. El juego, desarrollado «con el cuchillo entre los dientes», transitó por un carril de constantes interrupciones y pocas aproximaciones de peligro. La primera advertencia clara la protagonizó el conjunto visitante, cuando su defensor quedó en posición inmejorable frente al guardameta local, quien respondió con solvencia achicando los espacios. La réplica no se hizo esperar, y el delantero de Argentinos exigió al arquero rival con un testarazo que encontró una respuesta segura.
Como sucede en cada cita en este estadio, el minuto diez trajo consigo el recuerdo eterno al ídolo máximo de la institución. «Marado, Marado», retumbó en las gradas, y el homenaje adquirió una dimensión aún más especial cuando, al filo del primer tiempo, el sobrino del astro fallecido tomó la posta para encender la fiesta. Hernán López Muñoz, con una definición exquisita de zurda ante la salida del portero, desató la locura en la parcialidad local, poniendo justicia en un marcador que hasta ese momento no reflejaba superioridades.
River, atrapado en su propia telaraña, no encontraba los caminos. Su enganche colombiano permanecía aislado, sin generar sociedad con su compañero de creación, y la ofensiva se limitaba a envíos directos hacia el delantero centro, quien debía batallar en soledad contra la zaga adversaria. Para colmo de males, el árbitro del encuentro decidió despedir al entrenador visitante, interpretando como una ironía sus aplausos desde el área técnica.
El complemento trajo consigo un vendaval de cambios en la visita. Con la necesidad imperiosa de equilibrar el marcador y ante la sequía ofensiva, el cuerpo técnico dispuso el ingreso de un joven delantero, sacrificando a un mediocampista que nuevamente había desaprovechado la chance de demostrar su valía. La modificación táctica, parando con dos puntas y un enlace más liberado, inyectó oxígeno al conjunto de Núñez, que finalmente se adueñó de la zona caliente del terreno.
El empate pareció acariciarse con los pies del talentoso volante colombiano, que asumió el liderazgo creativo y se convirtió en el faro de un equipo que hasta entonces vagaba sin rumbo. Sin embargo, cuando más inclinada estaba la balanza hacia el arco de enfrente, Argentinos estuvo cerca de sentenciar la historia al contragolpe, nuevamente por intermedio de López Muñoz, quien se erigió como la figura excluyente del encuentro por su capacidad de desequilibrio y velocidad.
El epílogo del partido estuvo signado por la mala fortuna en las filas millonarias. El debut de una de sus jóvenes promesas, Kendry Páez, se vio opacado por la lesión de un compañero, que primero abandonó el campo por dolencias musculares, y minutos después, otro de los ingresados debió retirarse por un problema en la rodilla. Sin posibilidades de realizar más cambios, el visitante afrontó los instantes finales con un hombre menos, impotente ante un rival que administró con inteligencia la ventaja.
El pitazo final confirmó la segunda caída consecutiva de River Plate. Un nuevo traspié que dejó al descubierto las mismas falencias de jornadas anteriores. El plan inicial naufragó, el equipo mostró una preocupante falta de reacción en el plano ofensivo y volvió a cometer errores en zona defensiva que terminaron siendo letales. La expresión del conjunto fue de total inexpresividad, nerviosismo y, en muchas fases del juego, una alarmante desconexión en el terreno, encendiendo todas las alarmas en un presente que comienza a tornarse espeso.
