Una reflexión sobre la identidad, la derrota y la esperanza en tiempos de incertidumbre

Una reflexión sobre la identidad, la derrota y la esperanza en tiempos de incertidumbre

Entre la dificultad para distinguir a sus mascotas y las complejidades del escenario político actual, un análisis profundo sobre la singularidad, el poder judicial, las consignas vacías y la necesidad de reconstruir la confianza colectiva.

En el ámbito doméstico, la confusión reina de manera cotidiana. La llegada de dos felinas hermanas, Zulemita y Ponchita, ambas de pelaje gris y aspecto casi idéntico, ha instalado en el hogar un interrogante perpetuo. Cada vez que una de ellas se aproxima buscando caricias o simplemente compartir el espacio, surge la misma duda existencial: “¿ésta cuál es?”. Esta pregunta resuena a lo largo y ancho de la casa, transformándose en un mantra que evidencia la dificultad para aprehender la individualidad de cada una. La singularidad del animal se diluye en su parecido, y el esfuerzo constante por diferenciarlas se convierte en una metáfora de la vida misma.

Contrasta fuertemente esta experiencia doméstica con el imperio de la singularidad que se vive en el universo de las redes sociales. En ese ámbito, la comunicación parte invariablemente del “yo”. Cada sujeto emite su opinión desde su propia trinchera, y ese “yo” confronta con otros tantos que también escriben desde su subjetividad. Lo colectivo, aunque mencionado, termina siendo una herramienta al servicio del individuo para intentar prevalecer sobre los demás. Sin embargo, quizás esta dinámica no sea lo verdaderamente crucial, pues en esa circulación frenética de ideas, algunas prosperan mientras que otras simplemente perecen en el intento.

Mientras tanto, en la realidad tangible, figuras como Milagro Sala, Julio De Vido o Cristina Fernández de Kirchner se encuentran privadas de su libertad. Esta situación se atribuye a la potestad de un Poder Judicial que, de manera cuestionable, se autodenomina “La Justicia”. Este entramado de poder, señalado como corrupto, aplica sus sentencias con el objetivo de modificar el rumbo de la política. Por consiguiente, altera la vida de la nación, de la comunidad y de cada individuo que la compone. En una suerte de contrapartida perversa, este mismo sistema parece proteger a aquellos criminales que, desde otras veredas, han contribuido a la destrucción del país. Es la metáfora de la bala que nunca partió, la que podría haber cambiado el curso de los acontecimientos pero que, por designios oscuros, permanece inmóvil.

El revés electoral sufrido recientemente se asemeja a un enorme malentendido. La estrategia se basó en un cálculo errado: se pensó que llegar a la instancia definitiva compitiendo contra un adversario con claras perturbaciones garantizaba la victoria. Pero la derrota llegó, y con ella no solo se perdió una elección, sino también el rumbo y la estima propia. Cuando la racionalidad, esa querida y clásica sensatez en la que siempre se confió, demuestra ser inútil, la decepción se transforma inevitablemente en furia y en un colapso generalizado.

Resulta casi una obligación recordar aquella célebre frase de Perón: “Los peronistas somos como los gatos: cuando parece que nos estamos peleando, en realidad nos estamos reproduciendo”. Sin embargo, es necesario hacer un alto y reflexionar sobre los acontecimientos de la década del setenta para comprender que el líder, en realidad, estaba haciendo un chiste. No es para nada seguro que cada vez que los peronistas se enfrascan en disputas, luego venga un período de fecundidad política. Por el contrario, en muchas ocasiones esos conflictos solo sirven para debilitar, para extraviar el camino, para perder un tiempo valioso y para enfriar o, en el peor de los casos, consumir el corazón de los propios compañeros. A pesar de ello, siempre surge algún animoso que intenta justificar estos perjuicios aferrándose a la idea de que el chiste del líder es una verdad incuestionable.

Estos párrafos, que bien podrían ser acertados o fallidos, no son más que una pequeña parte de un inmenso cardumen de descripciones que se ha convertido en el discurso predominante. Se trata de un torrente imparable de análisis sobre lo que ocurre, sobre “lo que acontece”, como suele decir un periodismo cada vez más abrasilerado. Y lo que acontece es sencillamente insoportable, injusto y, sobre todo, incomprensible. Se alimenta así un tsunami de descripciones sin que aparezcan respuestas concretas, porque parece que solo se encuentran explicaciones para los propios defectos. La baja autoestima imperante ha dejado únicamente espacio para un gesto que, queriendo ser autocrítico, ha derivado en una actitud culposa y, en última instancia, autodestructiva.

La reciente filtración sobre los demonios de Epstein, más allá de sus archivos, ha obligado a muchos a abrazar el mundo de las teorías conspirativas. La idea de que Occidente ya no está manejado por el dinero, sino por individuos perfectamente maléficos, sádicos que ofrendan a la humanidad en aras de un culto satánico. Corporaciones que serían meros instrumentos para que las huestes de Lucifer ejerzan su dominio. Sería un alivio poder refutar o combatir este delirio, pero las pruebas que se presentan no sirven para tal fin; son, más bien, su Manifiesto sobre la Tierra. Con esas evidencias se impone un sello, y se deja al resto seguir por un tiempo. La sensación es de estar viviendo una época medieval y milenarista, y no deja de ser inquietante lo parecido que suena “milenarista” con “mileinarista”. Todo parece indicar que son los tiempos finales. Después de esa bala que nunca salió.

Sin embargo, en medio de este panorama desolador, persisten realidades luminosas. Hay maestros que continúan enseñando con vocación, médicos que sanan con dedicación, personas que se enamoran y construyen proyectos, hombres y mujeres que empujan el carro de otros por solidaridad, madres que siguen pariendo vida y esperanza. El amor discurre en silencio, cuando nadie lo observa ni quiere verlo. Existe una enorme reserva de buena voluntad entre la gente; son muchos los que transitan la vida sin perjudicar a nadie. Se conoce a innumerables personas que se ofrecen generosamente a los demás. Se sabe que los abrazos que realmente sanan están al alcance, cerca de cada uno. Entonces, si esto es así, ¿por qué la realidad que parece más tangible es la que construyen personajes como Trump o Milei?

El término “abrumados” resulta particularmente adecuado para describir el estado de ánimo colectivo. Describe a la perfección esa sensación de estar sin fuerzas, de experimentar un agobio constante, un agotamiento que deriva en hastío y del cual ya no se puede decir nada nuevo. Estar abrumado es, en esencia, carecer de energía. Pero curiosamente, la palabra también contiene en su interior a la “bruma”, esa neblina espesa que confunde y no permite ver con claridad lo que nos rodea, lo que hay y lo que falta, e incluso lo que somos. Quizás el problema radica en que, en lugar de intentar detectar lo luminoso que surge cuando se enfoca la mirada, la sociedad se abraza a esa bruma. Y es que todavía hay fuerzas ocultas entre la niebla.

Habrá que imaginar el nivel de abrumamiento y hastío que experimentarán en el futuro aquellos que hoy creen que este proceso de desertificación tiene algún porvenir. Cuando sobrevenga el derrumbe de esta tropelía, cuando la humanidad haya logrado salir de la bruma, cuando se encuentre la manera de no reproducirse como los gatos del chiste, cuando Cristina recupere su libertad junto con todos los compañeros que deben estar libres, cuando se consiga apartar a los jueces enviciados de sus tribunales, será necesario estar presentes, como en otras ocasiones, para reparar todo lo que el Poder destructivo ha devastado. Y habrá que reparar, sobre todo, las mentes. Por más extraño que suene, también habrá que pensar en las almas. En las almas de cada uno.

Tras un período sin escribir estas reflexiones, surgió la idea de publicar un tuit en la red propiedad de Elon Musk. En él se comentaba la comparación que un importante medio de comunicación hacía entre el programa 678 y el estúpido ministerio creado por la derecha para aplastar las discusiones verdaderas. La respuesta de una compañera no se hizo esperar, pero en lugar de abordar el tema propuesto, cambió el foco por completo: “Cristina Libre!!! Así tenés que empezar cualquier mensaje. Después decí lo que quieras, Barragán”. Y ante eso, la sensación de abrumamiento regresó de inmediato. ¿Acaso esa compañera cree que no se desea la libertad de Cristina? ¿Piensa que con esa especie de reprimenda se van a solucionar los problemas complejos? ¿Supone que alguien que no quiere esa libertad puede ser convencido con esa actitud? ¿O acaso imagina que si todos los mensajes comenzaran con “Cristina Libre”, eso por sí solo la liberaría? Quizás, después de todo, exista un algoritmo salvador.

Se tuvo la oportunidad de escuchar a Cristina Fernández en la ONU, pronunciando un discurso que ni el mismísimo Ernesto Guevara podría haber superado. Fue encarcelada precisamente por ese discurso y por haber sido consecuente con él durante años. Está presa por voluntad de las embajadas, de los magnates locales y de los poderosos de ultramar. Su encarcelamiento es un mensaje claro: hacer feliz, grande y respetada a la Argentina se ha convertido en un crimen que debe ser pagado. Por esa misma razón, sería mucho más productivo invitar a liberarla y a liberarse de las ataduras mentales, en lugar de dedicarse a boludear al prójimo con consignas vacías. Se es gente grande, y muchos llevan en su piel las marcas que dejó un enemigo que nunca suelta su presa. Son muchos los que anhelan volver a confiar en el compañero de al lado, y que ese compañero confíe recíprocamente. Se trata de volver a ser compañeros de verdad, almas amigas que luchan por un mismo ideal. Peleando juntos. Peleando una vez más. De lo contrario, se corre el riesgo de convertirse en una mera anécdota, en un chiste de Perón. Perdidos entre la bruma. Buscando una consigna que funcione como tabla salvadora. Extraños para los demás y, lo que es peor, extrañándose a uno mismo.

El año pasado, una plaga de ratas invadió el hogar, y no había felino que las espantara. La compañera se resistía a tener un gato por las responsabilidades y las ausencias que implica. Pero las ratas persistían en su incursión, hasta que finalmente se tomó la decisión: habría gato. Incluso mejor, habría dos. Porque, según su argumento, así se acompañarían mutuamente. Y así llegaron Zulemita y Ponchita. No son los gatos de la metáfora peronista; son hermanas que, además, no se pelean. Y lo más importante: las ratas no volvieron a aparecer. Es cierto que las felinas están castradas, pero en estos tiempos, quién no lo está de alguna manera.

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