Mientras los estrategas militares bautizan sus genocidios con nombres bíblicos y líricos para disfrazar la barbarie, la humanidad asiste perpleja a un espectáculo de violencia estetizada. En ese escenario de podredumbre moral, la figura de Lionel Messi emerge como un contrapunto inesperado al cruzar la línea del césped para abrazar la memoria y la justicia.
En determinados instantes, la existencia se manifiesta angosta y prolongada, asemejándose a un féretro. En esta contemporaneidad que nos ha tocado habitar, incluso las manifestaciones más repulsivas de la crueldad han adquirido un barniz de sofisticación. Los artífices de las masacres, lejos de ser meros brutos, cultivan una extraña fascinación por la lírica. Mientras una fracción de ellos diagrama la ocupación de territorios, otra se consagra a la búsqueda de denominaciones atractivas para sus despliegues castrenses. Esta labor, que demanda cierto refinamiento y olfato literario, suele condenar a sus autores al más injusto de los olvidos.
Se conocen con precisión los nombres de los físicos que concibieron el artefacto nuclear, pero resulta un enigma la identidad de quien bautizó los ingenios que arrasaron Hiroshima y Nagasaki. La primera bomba fue presentada ante el mundo como «Pequeño Niño»; su hermana gemela respondía al apelativo de «Hombre Gordo». Décadas más tarde, en el conflicto del Golfo, los estrategas acuñaron la épica «Operación Tormenta del Desierto». Tras el derrumbe de las Torres Gemelas, surgió la «Operación Justicia Infinita», una empresa cuyo final no se divisa, cuyas consecuencias aún padecen aquellos recluidos en los confines de Guantánamo. La invasión de Irak en 2003 fue presentada bajo el prometedor título de «Nuevo Amanecer», un amanecer que jamás llegó para una nación sumida en el caos.
Las fuerzas israelíes, por su parte, recurren a alusiones poéticas y escrituras sagradas con una complejidad quizás superior a la de sus aliados estadounidenses. La iniciativa de aniquilamiento sistemático en Gaza responde al nombre de «Carros de Gedeón». Al indagar en la trayectoria de este personaje bíblico, uno se topa con pasajes del Éxodo y el libro de Josué que provocan estupor. La violencia que allí se describe resulta tan obscena que cuesta creer que haya sido concebida como texto sagrado. Jehová advierte a Moisés sobre el terror que sembrará a su paso, y a su muerte, Josué prosigue la cruzada: la espada no perdona a hombres, mujeres, niños, ancianos ni bestias, y las ciudades son reducidas a cenizas. Con ligeros ajustes, esas declaraciones podrían ser suscritas hoy por cualquier integrante del gabinete de Netanyahu.
En contraste, la última dictadura cívico-militar argentina careció de esa inventiva para maquillar el terror. Ni siquiera un cerebro de la geopolítica como Kissinger aportó una metáfora brillante. Denominar «Proceso de Reorganización Nacional» al régimen que implantó el terror resulta pobre, insuficiente para dimensionar el odio atroz que emanaba de esas mentes testiculares, refugiadas en cerebros hechos de jirones. Fue un período donde se extinguió cualquier resto de compasión y la condición humana dejó de generar empatía.
En este contexto de violencia estetizada y horror con nombre poético, resulta revelador el gesto de un deportista. En varias ocasiones, Lionel Messi manifestó su repudio a aquella dictadura. Corría el año 2008 cuando el astro, hastiado de firmar autógrafos, invirtió los términos y solicitó la rúbrica del juez Baltasar Garzón. El magistrado confirmó la anécdota con naturalidad: hubo un intercambio de firmas entre ambos. La admiración del futbolista por el jurista español se fundaba en las pesquisas que este desarrollaba sobre los crímenes de la dictadura argentina, en particular los vuelos de la muerte. Investigaciones que, por cierto, condujeron a condenas ejemplares como la de Adolfo Scilingo, sentenciado a más de mil años de prisión.
Cuando una figura del balompié decide incursionar en la esfera de lo «real», su acción trasciende lo individual para erigirse en una lección ética que contribuye a atenuar la soberbia del género humano. Es una manera de restituir a la vida cotidiana algo de lo que el deporte le ha proporcionado. Messi dio un paso más allá al prestar su imagen a las Abuelas de Plaza de Mayo en su incansable búsqueda de los nietos sustraídos. Una fotografía lo inmortalizó junto a Estela de Carlotto, sosteniendo una pancarta que instaba a resolver la identidad en el presente.
Después de siglos de doble moral occidental, de proyectos civilizatorios que encubrían el saqueo, de golpes de Estado aberrantes y de conflictos bélicos que se autodenominan «humanitarios», la humanidad tropieza con una realidad de crudeza abisal. Una realidad monstruosa, asociada a un tiempo de podredumbre clasista, excluyente y cínico. Un esquema irracional que se nutre de todas las formas de dominación, opresión y explotación concebibles. La osadía de nuestra especie únicamente encuentra parangón en su propia ferocidad, y ni siquiera la miseria moral que nos acompaña logra atenuar esa evidencia.
Frente a este panorama desolador, emerge una certeza: la auténtica solidaridad hacia el prójimo no puede estar sujeta a condiciones. Y es precisamente en ese carácter incondicional donde reside su naturaleza más pura. Una solidaridad que, en su esencia más íntima, solo puede manifestarse como un acto poético, como un gesto de humanidad en medio de la tormenta.
