En poco más de dos años de gestión libertaria, la destrucción de empresas formales y la caída del empleo registrado impulsaron un crecimiento explosivo del cuentapropismo, mayoritariamente informal. Mientras los polos industriales tradicionales sangran puestos de trabajo, el «rebusque» diario se convierte en la única tabla de salvación para miles de familias que enfrentan tarifas dolarizadas y deudas crecientes.
El acto de quedarse sin un empleo formal o presenciar la clausura definitiva de un taller o fábrica no constituye un punto final, sino más bien el umbral de una nueva y angustiante realidad. Es el instante en que se activa el mecanismo de supervivencia urbana: asimilar el impacto económico y, acto seguido, ingeniárselas para sortear las estrecheces de un universo laboral que ofrece menos oportunidades. En este nuevo escenario, los bolsillos deben afrontar el costo exorbitante de bienes y servicios básicos, mientras se arrastra, en la mayoría de los casos, el lastre de una deuda acumulada con tarjetas de crédito o prestamistas informales.
El tejido laboral de la Argentina evidencia un desgaste que viene de larga data. La propia administración anterior, encabezada por Alberto Fernández, dejó al descubierto la paradoja del “trabajador pobre”. No obstante, en los últimos dos años y medio de gobierno libertario, se ha profundizado un veloz proceso de liquidación del entramado productivo y de contracción del empleo registrado, fenómeno que tiene como contrapartida la proliferación de ocupaciones informales o semiinformales.
Un relevamiento efectuado por este medio sobre la base de los microdatos de la Encuesta Permanente de Hogares (EPH) que elabora el Indec revela una metamorfosis contundente. Entre el tercer trimestre de 2023 y el mismo período de 2025, la masa de trabajadores autónomos o “por cuenta propia” experimentó un incremento del 16% a nivel nacional. Esta categoría, que amalgama tanto a quienes logran acceder al monotributo como a quienes operan por completo al margen de la regulación estatal, se ha convertido en el refugio forzoso de quienes fueron expulsados del sistema formal.
Al cotejar estas cifras con las estadísticas oficiales del Ministerio de Capital Humano, que registran un alza de apenas el 6,7% en la nómina de monotributistas durante el mismo lapso, se infiere que el verdadero motor del auge cuentapropista reside en la economía subterránea. La informalidad, con su secuela de desprotección e ingresos volátiles, es la que está absorbiendo la mano de obra expulsada por la recesión y los cierres fabriles.
La geografía del país actúa como un espejo de esta mutación. Las regiones otrora vibrantes por su actividad secundaria son hoy las que registran los mayores picos de autoempleo precario. En el Gran La Plata y su periferia, la cantidad de personas que se lanzaron al rebusque se disparó un 37% entre 2023 y 2025. La misma tendencia, con un incremento del 35%, se observa en el cordón industrial del Gran Rosario, mientras que en el núcleo siderúrgico de San Nicolás-Villa Constitución el alza también trepó al 37%.
Los centros turísticos e industriales de la costa atlántica no son ajenos al fenómeno: Mar del Plata-Batán vio crecer este segmento un 21%, en tanto que Bahía Blanca lo hizo un 17%. En los populosos partidos del conurbano bonaerense, la suba fue del 14%, guarismo similar al registrado en el Gran Santa Fe. La Capital nacional de la industria metalmecánica, el Gran Córdoba, experimentó un avance del 12% en su ejército de trabajadores por cuenta propia. De los 31 aglomerados urbanos relevados, apenas cuatro – Santiago del Estero-La Banda, Gran Resistencia, Río Gallegos y Río Cuarto – mostraron una contracción en esta modalidad laboral.
Este aluvión de cuentapropistas es la consecuencia directa del derrumbe del empleo formal. Un informe del Instituto Argentina Grande, elaborado con datos del Sistema Integrado Previsional Argentino (SIPA), grafica con crudeza la sangría empresarial en el sector manufacturero. Entre noviembre de 2023 y el mismo mes de 2025, la nómina de firmas formales dedicadas a la industria se redujo un 4,3%.
El martillazo no golpeó a todas las provincias por igual. En términos relativos, los distritos más castigados fueron aquellos con economías regionales dependientes de regímenes de promoción industrial. La Rioja encabeza la lamentable lista con una caída del 13,9% de sus empresas fabriles, seguida por Chaco (-12%), Catamarca (-10,8%) y Tierra del Fuego (-10,1%). En la provincia de Buenos Aires, el descenso fue del 3,8%; en Santa Fe, del 4,7%; y en Córdoba, la baja alcanzó el 7,8%, un dato llamativo para una de las provincias más pujantes del país. El único punto luminoso en este oscuro panorama es Neuquén, donde el auge de la explotación hidrocarburífera en Vaca Muerta sostiene un crecimiento en la cantidad de empresas radicadas.
“Nos genera una profunda inquietud la política de desmantelamiento del entramado fabril. No es un dato menor una destrucción del 4,3% de las empresas en apenas dos años. Subyace la idea errónea de que la industria es un estorbo y no una solución para el desarrollo. Pretender reemplazar eso con una economía financiera, desvinculada de la performance real del país, carece de todo sentido”, advierte Hernán Herrera, en referencia al diagnóstico oficial que prioriza la macroeconomía de la especulación por sobre la producción.
Este nuevo paradigma profundiza la heterogeneidad estructural del mercado de trabajo. Para los sectores de ingresos medios y medios bajos, el menú de opciones tras un despido es un catálogo de changas: desde reparaciones domiciliarias y mantenimiento hasta la compra-venta de artículos usados en ferias o a través de redes sociales. El reparto a través de plataformas digitales y los servicios de cuidado de personas completan el abanico de alternativas que permiten el sustento diario, aunque sin ningún tipo de cobertura social.
El Observatorio de la Deuda Social de la UCA, dirigido por Agustín Salvia, ofrece una mirada estructural sobre este proceso. Según sus análisis, el modelo económico vigente apuesta a un perfil agro-minero-exportador con alta generación de divisas pero con una capacidad ínfima para absorber mano de obra. “Sin políticas industriales, tecnológicas o de crédito inclusivo, este patrón tiende a consolidar las desigualdades territoriales. Se favorece a los sectores más competitivos, mientras que amplias capas sociales son empujadas hacia la informalidad, el autoempleo de subsistencia y la dependencia de la asistencia del Estado”, sostiene el estudio.
El corolario de este proceso de precarización y pérdida de certezas se refleja en la salud emocional de la población. Los registros anuales de malestar psicológico que publica la UCA, un indicador sensible a las fluctuaciones de la economía familiar, marcan una curva ascendente y preocupante. Si en 2010 un 18,4% de los adultos urbanos manifestaba padecer síntomas de este malestar, el año pasado el porcentaje trepó hasta el 27,1% de los consultados. El rebusque, más que una opción, se ha convertido en una realidad cotidiana que deja huellas profundas en el bolsillo y en la mente de millones de argentinos.
