El ministro de Defensa paquistaní, Khawaja Asif, anunció anoche el quiebre definitivo de las relaciones bilaterales mientras fuertes explosiones sacudían Kabul y ambos países intercambian ataques en la conflictiva línea limítrofe
La tensión latente entre Pakistán y Afganistán estalló en las últimas horas en un conflicto de proporciones mayúsculas cuando el titular de la cartera de Defensa paquistaní, Khawaja Asif, proclamó el inicio de hostilidades abiertas contra el gobierno talibán afgano. El anuncio formal, difundido a través de su cuenta en la red social X, llegó pasadas las horas vespertinas del jueves y significó la ruptura definitiva de todo canal diplomático entre las dos naciones vecinas.
«La paciencia tiene un límite y hemos llegado a ese punto. A partir de ahora nos encontramos en una confrontación declarada entre nosotros y ustedes», expresó Asif en su mensaje, que rubricó una nueva era de hostilidad manifiesta en la región. El contexto que rodea esta declaración no podría ser más explosivo: la madrugada previa, los cielos de Kabul se vieron surcados por aeronaves militares mientras múltiples detonaciones estremecían distintos puntos de la capital afgana.
Los estruendos comenzaron cerca de la 1:50, hora local, y se prolongaron en distintas zonas urbanas. Un habitante de la ciudad, que accedió a compartir su testimonio bajo resguardo de su identidad por temor a represalias, relató que percibieron al menos ocho explosiones, algunas tan próximas que llegaron a mover los cimientos de las viviendas. Hasta pasadas las 2:30 se escucharon descargas de armas automáticas en el corazón de la urbe.
«Las primeras detonaciones parecían distantes, pero las últimas resultaron sumamente cercanas; la casa tembló y tras cada estallido se escuchaba el rugir de los aviones de combate sobrevolando la zona», detalló el testigo.
Esta ofensiva aérea se enmarca en una respuesta militar de mayor envergadura ejecutada por las fuerzas afganas contra posiciones castrenses paquistaníes asentadas en la franja fronteriza que comparten ambas naciones. La acción castrense, según informó el Ministerio de Defensa afgano, se desplegó en cinco provincias orientales y habría logrado la toma de diecisiete puestos militares pertenecientes a Pakistán, además de causar la baja de cuarenta efectivos del país vecino.
Zabihullah Mujahid, quien oficia como portavoz del gobierno afgano, explicó en declaraciones públicas que estas maniobras bélicas surgieron como contestación a las continuas insubordinaciones y actitudes hostiles provenientes del ejército paquistaní. «Hemos lanzado operaciones ofensivas de gran calibre contra las bases e instalaciones castrenses de Pakistán situadas a lo largo de la Línea Durand», afirmó el vocero, quien agregó que las tropas afganas lograron capturar con vida a varios soldados enemigos.
La mencionada Línea Durand, trazada hace más de un siglo por el Imperio Británico, constituye una división territorial de aproximadamente dos mil seiscientos kilómetros que separa ambos países. Este límite, sin embargo, nunca recibió el reconocimiento formal por parte de los sucesivos gobiernos afganos, transformándose en un foco de disputas permanente en materia de jurisdicción, resguardo fronterizo y dominio efectivo del territorio.
Desde Islamabad, las versiones oficiales desestimaron categóricamente el relato afgano acerca de la magnitud y consecuencias de las acciones bélicas. Mosharraf Ali Zaidi, portavoz del primer ministro Shehbaz Sharif, salió al cruce de las informaciones difundidas por el vecino país. «Hasta el momento, no tenemos registro de soldados paquistaníes que hayan sido apresados ni caídos en combate», aseveró el funcionario, quien calificó las afirmaciones sobre daños sufridos por Pakistán como «meras fantasías impulsadas por representantes de la India presentes en Afganistán».
De acuerdo a la narrativa oficial paquistaní, las fuerzas propias respondieron a las agresiones recibidas y ocasionaron «un número significativo de bajas en el bando afgano, además de la destrucción de puestos militares y equipamiento bélico». El Ministerio de Información paquistaní, mediante otra publicación en la plataforma X, acusó a Afganistán de haber iniciado «fuego injustificado» en la provincia de Khyber Pakhtunkhwa.
El texto oficial remarcó que la contestación de las tropas paquistaníes resultó «inmediata y eficaz», y enfatizó la determinación del gobierno de «adoptar todas las medidas necesarias para salvaguardar la integridad territorial y la protección de los ciudadanos».
Esta escalada representa un salto cualitativo en las tensiones que vienen acumulándose durante los últimos meses. En octubre pasado, la región ya había sido escenario de choques armados que dejaron un saldo de decenas de víctimas fatales, distribuidas entre militares, población civil y presuntos combatientes irregulares.
Precisamente el domingo anterior a los últimos acontecimientos, Pakistán había ejecutado incursiones aéreas en la zona limítrofe, informando entonces la eliminación de al menos setenta insurgentes. Las autoridades afganas rechazaron esa cifra y denunciaron que entre los fallecidos por aquellos bombardeos se encontraban numerosos civiles, incluyendo mujeres y niños. Un comunicado difundido por el Ministerio de Defensa afgano detalló que aquellos ataques perjudicaron áreas residenciales, un establecimiento religioso educativo y diversas viviendas familiares, calificando las acciones como «vulneración del espacio aéreo y la soberanía nacional».
Poco antes de la ofensiva lanzada por Afganistán, Tahir Andrabi, portavoz de la cancillería paquistaní, había justificado en rueda de prensa los bombardeos previos ejecutados por su nación. El funcionario explicó que se trató de «operaciones de precisión dirigidas contra centros de adiestramiento del Talibán paquistaní ubicados en territorio fronterizo afgano», y las enmarcó como respuesta a atentados recientes ocurridos dentro de Pakistán. Andrabi reconoció que la violencia insurgente «ha experimentado un aumento durante el último año», aunque aclaró que «no existe animosidad hacia el pueblo de Afganistán».
El deterioro del escenario de seguridad interna en Pakistán resulta innegable. Las autoridades radicadas en Islamabad responsabilizan directamente al movimiento conocido como Talibán paquistaní o TTP, junto a facciones separatistas de la región de Baluchistán, por la creciente ola de atentados que sacuden su territorio. La acusación central sostiene que el TTP encuentra refugio y opera desde bases situadas en Afganistán, señalamiento que tanto el gobierno afgano como la propia organización armada niegan enfáticamente. El TTP, aunque mantiene vínculos con el Talibán gobernante en Kabul, conserva autonomía operativa.
Los intentos de pacificación, incluyendo una tregua negociada con intervención de Qatar, no lograron detener los enfrentamientos en la porosa frontera. Las conversaciones de diálogo celebradas en noviembre transcurrieron sin alcanzar acuerdos sustanciales, dejando un escenario de mutuas acusaciones donde cada gobierno señala al otro como responsable de la creciente violencia y de infringir los entendimientos previos.
