En un mensaje que superó la hora de duración, el gobernador bonaerense advirtió que “ningún distrito emerge indemne si la Nación colapsa” y planteó un duro contrapunto con las políticas de la Casa Rosada, en una jornada que dejó al descubierto las tensiones latentes en el entramado peronista.
En un escenario marcadamente más institucional y sereno que el bullicioso recinto del Congreso de la Nación, el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof, desplegó ayer un discurso de tono desafiante y marcado contenido federal durante la apertura del período de sesiones ordinarias en la Legislatura bonaerense. Durante ochenta y seis minutos, el mandatario utilizó el atril para confrontar de manera directa y sin ambages con las políticas impulsadas por el presidente Javier Milei, delineando lo que definió como la necesidad imperiosa de “rectificar el sendero” emprendido desde el Ejecutivo nacional.
Lejos de la pirotecnia verbal y los cruces que caracterizaron la víspera en el ámbito parlamentario nacional, la ceremonia en La Plata transcurrió con una compostura que realzó la crudeza del mensaje de Kicillof. El gobernador, que por primera vez encaró este ritual de pie, erigió su alocución en torno a la idea de la interdependencia territorial y la responsabilidad indelegable del Estado central. “Resulta ilusorio concebir que un territorio pueda prosperar en soledad mientras la República se desmorona”, sentenció, para luego agregar con énfasis: “No existe comunidad ni gestión provincial con la capacidad de suplir la ausencia de un Estado nacional que decide desertar de sus funciones primordiales”. En ese tramo de su exposición, Kicillof remarcó la fragilidad del tejido social y económico si se persiste en un rumbo que, a su juicio, conduce al aislamiento y la desintegración.
Sin embargo, el mensaje dirigido al presidente Milei y a su programa de ajuste no logró ocultar las grietas que atraviesan el propio arco oficialista. La jornada legislativa también funcionó como un termómetro de la interna que sacude al peronismo bonaerense, cuyas temperaturas se evidenciaron en las horas previas y en los pasillos de la Cámara. Tanto sectores identificados con La Cámpora como espacios que responden al Frente Renovador dejaron entrever su malestar y sus diferencias, matizando la pretendida unidad de la exposición de Kicillof. Las críticas sordas y los gestos de distanciamiento por parte de estas vertientes políticas añadieron una capa de complejidad a un acto que, si bien buscaba proyectar fortaleza hacia afuera, evidenció los desafíos internos que enfrenta el gobernador para consolidar un frente cohesionado de cara a los próximos desafíos electorales.
En este contexto, el mandatario bonaerense se esforzó por posicionar su gestión como un dique de contención frente a lo que describió como el vendaval de las políticas libertarias. Su llamado a la reflexión sobre el rol de las provincias y la necesidad de un cambio de timón a nivel país buscó interpelar no solo a los legisladores presentes, sino a un espectro más amplio de la sociedad, en un intento por capitalizar el descontento sectorial y proyectarse como una alternativa de poder con arraigo territorial. La bajada de línea fue clara: mientras el gobierno nacional avanza hacia un modelo que, según su relato, desguaza el Estado y abandona a las regiones, la provincia de Buenos Aires se erige como el bastión de una resistencia que clama por un pacto social y económico de signo opuesto.
La velada dejó, en definitiva, la imagen de un Kicillof decidido a asumir el rol de contrapeso político de Milei desde el principal distrito del país, aunque con la sombra alargada de las disputas internas amenazando con empañar su ofensiva opositora. La Legislatura fue testigo de un discurso que intentó conciliar la crítica feroz al modelo libertario con la necesidad de suturar las heridas de un peronismo que, lejos de haber resuelto sus contradicciones, las expuso una vez más en la primera plana de la agenda pública.
