El discurso que ignoró al país: Milei concentró su furia contra el peronismo y el kirchnerismo en la Asamblea Legislativa

El discurso que ignoró al país: Milei concentró su furia contra el peronismo y el kirchnerismo en la Asamblea Legislativa

El Presidente dedicó la totalidad de su intervención ante el Congreso a embestir contra sus adversarios políticos, en un mensaje estrictamente guionizado que evadió por completo la crítica situación económica y social que atraviesa la Argentina

A una semana de la apertura de sesiones ordinarias en el Parlamento, la pregunta sobre las motivaciones que llevaron al jefe de Estado a transformar su alocución en un monólogo de agravios dirigido contra el justicialismo y sus vertientes kirchneristas sigue mereciendo una reflexión pausada. En tiempos donde la política transita a una velocidad vertiginosa, casi enloquecida, aquel acontecimiento podría parecer parte de un pasado remoto. Sin embargo, escarbar en sus causas quizás permita adelantarse a las meras impresiones superficiales y comprender algo más profundo sobre la naturaleza de este gobierno.

Incluso los sectores del antiperonismo más tradicional e intransigente manifestaron su estupor ante la virulencia desplegada en esa puesta en escena presidencial. Vale subrayar una vez más que cada réplica, cada gesto, cada plano general o primer plano difundido por las cámaras oficiales respondió a una meticulosa planificación. No existió asomo de espontaneidad en las respuestas del mandatario a las provocaciones de la bancada opositora.

La única autenticidad que atravesaron esas intervenciones consistió en la imposibilidad manifiesta del Presidente para articular un enunciado coherente sin incurrir en equivocaciones. Su dificultad para leer en público resulta evidente, más allá de cualquier excusa relacionada con la velocidad visual o la comprensión textual. Sencillamente, no logra leer de manera fluida. Punto.

Conviene recordar que en las aperturas legislativas de administraciones anteriores, tanto peronistas como de la alianza Cambiemos, también existía un libreto previo que organizaba los discursos, la disposición de las tomas televisivas y los enfoques predeterminados sobre los palcos, las galerías y los escaños afectos al oficialismo. Pero lo presenciado el domingo pasado constituyó una categoría diferente, signada por la agresividad característica de este individuo. No interpretaba un papel. Exhibía al Milei genuino, aquel que se formó en los estudios de televisión como panelista de programas de debate.

Algunas voces libertarias intentaron trazar un paralelismo con Sarmiento y sus polémicas intervenciones en el recinto parlamentario. La comparación, sin embargo, provocó el repudio incluso de cierta derecha ilustrada, esa minoría cada vez más reducida que aún conserva algunos principios. Con sobrada razón, porque equiparar al autor de Facundo con el actual ocupante de la Casa Rosada resulta un despropósito de tal magnitud que ninguna calificación parece suficiente para abarcarlo.

Más allá de las cuestiones formales —y considerando que en determinadas coyunturas las formas constituyen el fondo mismo del asunto— emergen dos elementos centrales que merecen atención: la selección del adversario y la dimensión pretendidamente moral que los Milei atribuyen al conflicto. En esa disputa incluyen a unos pocos empresarios emblemáticos, sugiriendo que la contienda carece de límites mientras el país se transforma progresivamente en un enorme taller productivo al servicio de intereses foráneos.

Son aspectos complementarios que, antes de cualquier otra ponderación, ponen de relieve aquello que resultó omitido tanto en el mensaje presidencial como en el sector dominante que respalda a los hermanos Milei.

El mandatario —cuesta aplicar ese término al actual inquilino de la Casa Rosada con la carga de respeto institucional que implica— optó por enfrentarse a una fuerza política desarticulada, fragmentada. Y fundamentalmente eligió apelar a la superioridad intrínseca que, según el manual anarcocapitalista, poseería su espacio en términos de honestidad individual y pureza ideológica frente a los populismos, la corrupción, lo que denomina «la jefa de la banda», el «fascista» originario —así se refirió por primera vez directamente a Perón—, los «kukas» y demás epítetos.

¿Qué omitió, entonces, en su extensa intervención? Silenció por completo los datos macroeconómicos y microeconómicos que dibujan un panorama desolador, cualquiera sea la óptica desde la que se observe. Reservas internacionales en terreno negativo. Caída en la totalidad de los indicadores de producción, especialmente en el sector fabril. Destrucción cotidiana de puestos de trabajo, con la única contrapartida del crecimiento del monotributo y modalidades precarias de contratación. Cierre de empresas tradicionales y fuga de grupos económicos de larga trayectoria. Inexistencia de inversiones extranjeras directas de magnitud.

Las excepciones a este diagnóstico provienen de quienes aún conceden verosimilitud a las cifras y promesas que Milei profiere sin sustento alguno, improvisando diagnósticos que son refutados incluso desde fracciones del establishment que nadie podría acusar de simpatizar con ideas colectivistas.

Encuestadoras, medios de comunicación de diversa credibilidad, voceros industriales que todavía se expresan en voz baja o resguardados en el anonimato, pequeñas y medianas empresas, periodistas y analistas que adhieren al rumbo económico coinciden en señalar que el Presidente se dirigió a una nación que solo existe en su imaginación.

En lugar de abordar esa realidad, prefirió interpelar a un fantasma del pasado que, según parece, continúa rindiendo frutos electorales en términos de rechazo popular. La síntesis «kirchnerismo», junto con la valoración negativa que subsiste de la gestión de Alberto Fernández, sigue operando como eficaz espantapájaros.

A ello se suma y contribuye la ausencia de una oposición que resulte confiable para la ciudadanía. Los redactores de los discursos oficiales inventaron ahora el concepto de «batalla moral» que, paradojalmente, coincidió con una semana posterior plagada de situaciones que contradicen cualquier pretensión de superioridad ética. O, para ser menos enfáticos, repleta de contrastes con la presunta superioridad ontológica que esgrimen figuras como Bertie Benegas Lynch, Lilia Lemoine, el Caputo Toto que otrora estatizara deuda privada —para el Milei de hace pocos años—, Patricia Bullrich —aquella que denunciaban por colocar explosivos en jardines de infantes—, Sabrina Ajmechet, el coloso Sturzenegger, cuyo paso por la función pública acumula mayormente fracasos, y prácticamente la totalidad de diputados y senadores libertarios, incapaces de expresarse en las Cámaras sin apoyarse en la lectura mecanizada.

Estos paladines de la moral funcionan como una suerte de autotune parlamentario generalizado, aunque en numerosas ocasiones ni siquiera el corrector informático logra disimular la desafinación de sus voces estridentes.

Tan superiores se consideran, ellos y los funcionarios, que debieron resignarse a que fuera el presidente de la Asociación del Fútbol Argentino, Claudio Tapia, quien gestionara la repatriación del gendarme Nahuel Gallo.

El Poder Ejecutivo se enteró por los medios de comunicación, y resulta inverosímil que el canciller continúe en su cargo después de semejante episodio. Una situación digna de aquellas crónicas que muchos lectores añoramos: la célebre «Llamada Internacional» que Osvaldo Soriano publicaba en las contratapas de Página/12. El notable escritor, en pleno auge del menemismo, intentaba convencer a un editor europeo para enviarle algunas líneas sobre los acontecimientos lisérgicos de la política argentina. El interlocutor, desde el Viejo Continente, se resistía a creer que tales sucesos pudieran ser ciertos, hasta que el Gordo finalmente lo persuadía de publicar alguna noticia disparatada pero rigurosamente verídica.

Lo de la AFA facilitando el regreso del gendarme, mientras el Gobierno se enteraba por la prensa —aunque ciertos rumores mencionan la intervención de El Mago del Kremlin en las gestiones—, hubiera constituido un remate inolvidable para aquellas contratapas sorianas.

A propósito: ¿qué necesita ocultar el Gobierno acerca de la misión de Gallo en territorio venezolano, como para mantenerlo virtualmente incomunicado en el edificio Centinela, sede de Gendarmería, impidiéndole hablar con libertad?

Si esto pudiera considerarse meramente anecdótico, no lo es en absoluto la designación de Juan Bautista Mahiques al frente del Ministerio de Justicia de la Nación. La familia judicial que opera en Comodoro Py celebra el nombramiento. La Hermana consolida su poder y, según versiones, absorbería también el control de los servicios de inteligencia que hasta ahora permanecían bajo la órbita de Santiago Caputo.

La trama que entrelaza a empresarios, funcionarios, servicios orgánicos e inorgánicos, magistrados corruptos, periodistas subsidiados, rencillas personales dentro de las propias filas, amenazas con carpetas sensibles, acuerdos legislativos de dudosa moralidad y demás etcéteras no constituye una novedad ni tendrá final. Es inherente a los sistemas demoliberales, y en aquellos que no lo son también abundan particularidades similares, salvo para las miradas binarias que romantizan cualquier opción contraria al statu quo invocando el antiimperialismo —yanquis malos, rusos buenos, China estratégica versus Occidente decadente, opresión aceptable si sirve para incomodar a Washington—.

El sionazismo articulado entre Israel y Estados Unidos invita a que esas visiones binarias se acentúen, lo cual resulta comprensible aunque no justificable, porque el supremacismo racista de un criminal de guerra como Netanyahu y de un sheriff senil como Trump despierta los instintos más primarios.

El asunto, cabe arriesgar, es que en nuestro país parecería estar imponiéndose el discurso de la unilateralidad. Alineamiento incondicional con Washington, hasta el punto de ofrecer oficialmente nuestros recursos naturales. Esta opción o la permanencia en la decadencia. La superioridad moral como bandera, porque hasta ahora habríamos fracasado con las recetas de los otros. Y la invitación a confiar en que dentro de varias décadas seremos potencia mundial, porque el pasado no retornará jamás. El discurso ofrece un porvenir. Probablemente nadie lo crea, pero lo promete.

La alocución de Milei fue y es exactamente eso: indignante, fanatizada, vergonzosa incluso para cualquier sensibilidad liberal que se precie de requerir un estadista con mayúsculas.

A partir de ahora, corresponde que hable, planifique y convenza el contrincante. Un contrincante. Ese que todavía no termina de configurarse. Pero lo hará porque, en la dinámica política, los vacíos nunca resultan eternos, por más que en ciertos momentos parezca lo contrario.

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