El horizonte negro de Caputo: Guerra, campo y bancos en llamas

El horizonte negro de Caputo: Guerra, campo y bancos en llamas

En medio de una escalada bélica internacional que amenaza con desatar una tormenta inflacionaria global, el ministro de Hacienda enfrenta su peor pesadilla: una economía doméstica en terapia intensiva, un campo que le exige retenciones cero como condición para largar divisas y un sistema financiero que empieza a mostrar heridas profundas por la morosidad récord de las familias. En las últimas horas, y con un Riesgo País acechando los 600 puntos, Luis «Toto» Caputo se ha mostrado más errático que nunca, pidiendo a los ahorristas que saquen los dólares del colchón y rogando a los ruralistas una liquidación que, con el tipo de cambio actual, parece una quimera.

El estallido de un nuevo conflicto armado en Medio Oriente, liderado por Estados Unidos y con amenazas de expansión, no solo ha remecido los tableros geopolíticos. En la intimidad del gabinete nacional, ha dinamitado los ya frágiles cimientos de la hoja de ruta que Luis Caputo había diseñado para los próximos meses. “Hay un horizonte negro. Esta guerra nos llega justo cuando el paciente ya estaba en el piso”, confesó el jefe del Palacio de Hacienda a sus pares de gabinete, dejando al desnudo una preocupación mayúscula: la economía local, que ya se desmoronaba a un ritmo alarmante, ahora debe lidiar con un shock externo que recalienta los precios internacionales y presiona el valor de los combustibles en las pizarras argentinas. El sueño de reabrir los mercados de crédito se ha esfumado en un horizonte de incertidumbre y tasas impenetrables.

Ante este panorama desolador, la obsesión del ministro se ha centrado en una variable clásica de la supervivencia cambiaria: la liquidación de la cosecha gruesa. En las últimas jornadas, desempolvó su teléfono para establecer un diálogo urgente con los referentes del agro. El mensaje fue un ruego apenas velado: necesitan dólares en abril y mayo. Sin embargo, la respuesta del campo fue un sordo pero contundente «no» disfrazado de condición. Con un tipo de cambio reprimido que licúa cualquier expectativa de ganancia, los productores advirtieron que, de mantenerse las retenciones, la soja se irá directo a los silobolsa a esperar tiempos mejores. La soga se tensa aún más con un condimento extra: Caputo no encuentra la fórmula para que su jefe político, el presidente Javier Milei, modere su artillería pesada contra la burguesía nacional, un fuego amigo que añade más incertidumbre a una ecuación ya de por sí explosiva.

El estado de ánimo del ministro, conocido por su perfil técnico y mesurado, ha mutado hacia una preocupante agitación. Quienes compartieron audiencia con él esta semana en un evento de la Fundación Mediterránea lo describen como un hombre «enloquecido, sacado», incapaz de ocultar la presión de un contexto que ni siquiera en los peores momentos de la negociación con el Fondo Monetario logró perturbarlo de esta manera. En un reciente foro de inversiones en Mendoza, previo a la Vendimia, su alocución dejó perplejos a los asistentes. En un discurso zigzagueante, mezcló acusaciones al kirchnerismo, apelaciones a fuerzas externas y una súplica casi desesperada para que los pequeños ahorristas saquen los billetes verdes de abajo del colchón y los depositen en el sistema financiero formal. Una inconsistencia que muchos calificaron como propia de un «exaltado».

El adiós de un cowboy y la única bala de plata

En medio de este torbellino, la salida intempestiva de Alejandro Lew, secretario de Finanzas, dejó al descubierto las profundas grietas internas que corroen al equipo económico. Lew, un veterano con espaldas anchas curtidas en las trincheras de YPF y el mercado, llegó a Hacienda con la misión de planificar el regreso de la Argentina a los mercados voluntarios de deuda. Su perfil, desafiante para los tecnócratas libertarios que custodian el entorno de Caputo, chocó de lleno con la realidad. El ex JP Morgan presionaba para salir a tomar deuda cuanto antes, advirtiendo que la demora sería letal. Sin embargo, Caputo, con el Riesgo País coqueteando con los 600 puntos básicos, lo consideraba una lotería. Un enfrentamiento directo con Federico Furiase, otro de los hombres fuertes del ministerio, terminó por sellar su suerte.

Este episodio no hace más que reflejar la vulnerabilidad externa del país, un punto que esta misma semana fue señalado por gigantes financieros como Morgan, Citibank y Bank of America. Argentina, sumida en una recesión profunda, mira con desesperación a su única tabla de salvación: la relación con Donald Trump, quien se erige a la vez como garante y como riesgo latente del programa económico. En sus charlas más reservadas, Caputo se aferra a una esperanza casi mística: que la incursión bélica en Medio Oriente «sea como la de Venezuela», un conflicto acotado que no derive en una escalada mayor. Sin embargo, las señales que envía la administración Trump, con Cuba ya en la mira, no parecen ir en esa línea de moderación.

La presión del campo y la agonía industrial

El ruego de Caputo al campo no fue un acto fortuito, sino la constatación de un fracaso anunciado. Las calculadoras del ministerio ya proyectan un escenario desolador: con las retenciones vigentes y un dólar planchado, la venta de soja en el bimestre clave apenas arañaría los 2000 millones de dólares. La amenaza del campo es explícita: sin una suspensión temporal de los derechos de exportación, la cosecha se encapsula. Los números que manejan los lobbystas son elocuentes: una medida de ese estilo podría multiplicar por tres la liquidación, acercándola a los 7000 millones. La trampa para Caputo es perfecta: él sabe que es una herramienta necesaria en el contexto actual, pero el FMI, que esperaba una emisión de deuda por 4000 millones, ya le ha advertido que no es el momento de resignar ingresos fiscales. La presión se siente hasta en los grupos de WhatsApp, donde productores entusiasmados dan por hecho un anuncio en la próxima Expo Agro, una jugada que el ministro sabe que sería de un alto costo político si no va acompañada de un plan integral.

Mientras tanto, el frente fabril arde con una temperatura que Caputo intenta apagar con llamadas de emergencia. En las últimas 48 horas, se comunicó en dos ocasiones con el titular de la Unión Industrial Argentina (UIA), Martín Rappallini, con la esperanza de mantener a raya a una tropa cada vez más rebelde. El malestar interno es tan profundo que al menos media docena de sectores amenazan con exponer sus diferencias de fondo, dejando a Rappallini en una posición de liderazgo desgastada y casi simbólica. Los economistas de la entidad, mientras su titular pregona apoyo al modelo, ya no encuentran números que cierren en el horizonte. La desesperación lleva a algunos, como los empresarios santafesinos que viajaron a Vaca Muerta con el gobernador Pullaro, a buscar nuevas oportunidades, pero el diagnóstico general es de una crisis de nivel catastrófico.

En paralelo, desde el mostrador de la CAME surge una voz que resume con crudeza la paradoja del modelo oficial. «Yo quiero vender, no me importa si es importado o nacional. El problema es que no hay ventas», disparó un comerciante en un cónclave con industriales del interior. La administración Milei apuesta a la reactivación vía baja de impuestos, pero los empresarios claman que sin ingresos en los bolsillos de la gente, no hay estímulo fiscal que alcance. Un abismo de percepción separa a la teoría de la realidad.

El temblor silencioso de los bancos

Pero quizás el dato más inquietante para el ministro, y el que menos esperaba en un modelo financiero, es el que emerge del sistema bancario. En un reciente encuentro en tierras mendocinas, dos banqueros de primera línea le pintaron un cuadro sombrío. La combinación letal de tasas de interés elevadas y salarios que corren muy por detrás de la inflación está estrangulando a las familias argentinas. Las estadísticas de febrero son elocuentes: la morosidad total del sistema crediticio escaló al 11,1%, un salto abismal si se recuerda que cuando Milei asumió el poder apenas superaba los 3 puntos. El drama se profundiza en el universo de las fintech, donde la falta de pago trepa a casi el 25%, con algunas billeteras virtuales aplicando un costo financiero total cercano al 500% anual, atrapando a quienes no califican para un crédito bancario tradicional.

Los banqueros le confesaron a Caputo que, si bien los balances generales aún no están en rojo, la mora les está erosionando los márgenes de ganancia a una velocidad inusitada. Y lo que es peor, sus equipos técnicos no vislumbran un punto de inflexión, sino una profundización del problema. El ministro, que ha construido su carrera en el universo de las finanzas, observa con estupor cómo se encienden focos de incendio en sectores que suponía inmunes a la crisis real. El altar de velas que ha encendido para que el campo y los ahorristas le acerquen divisas no parece ser suficiente para iluminar un camino que, por momentos, se adentra en una espesa oscuridad.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *