LA HERENCIA DE SANGRE: MOJTABA JAMENEI ASUME EL PODER EN IRÁN CON PROMESAS DE VENGANZA Y CIERRE DEL ESTRECHO DE ORMUZ

LA HERENCIA DE SANGRE: MOJTABA JAMENEI ASUME EL PODER EN IRÁN CON PROMESAS DE VENGANZA Y CIERRE DEL ESTRECHO DE ORMUZ

En su alocución inaugural como Guía Supremo de la República Islámica, el sucesor de Alí Jamenei lanzó un ultimátum a Occidente y sus vecinos regionales. Sus declaraciones provocaron un shock en los mercados energéticos, disparando el precio del petróleo a niveles no vistos en más de dos años, mientras la comunidad internacional se prepara para una escalada bélica de consecuencias impredecibles.

La tensión en el tablero geopolítico de Medio Oriente alcanzó un nuevo y peligroso punto de ebullición este jueves. Mojtaba Jamenei, ungido recientemente como la máxima autoridad religiosa y política de Irán tras el fallecimiento de su padre, rompió su silencio inicial con un mensaje transmitido a través de los canales oficiales, marcando una postura de inquebrantable firmeza. En un contexto de bombardeos constantes y operaciones militares que sacuden la región, el nuevo líder emitió una advertencia directa que resonó en las bolsas de valores de todo el planeta: la vital ruta marítima del estrecho de Ormuz debe permanecer clausurada.

La intervención, difundida mientras una imagen de la enseña nacional acompañaba las palabras de una locutora estatal, no solo ratificó la interrupción del tránsito en ese estratégico cuello de botella por donde fluye aproximadamente una quinta parte del crudo mundial, sino que también prometió represalias contundentes. «La sangre de nuestros mártires no quedará impune», sentenció el ayatolá, haciendo alusión directa a los recientes ataques que han diezmado a la cúpula dirigente y a la población civil, incluyendo un trágico incidente en una institución educativa del sur del país que segó la vida de 168 personas.

El impacto en la economía global fue inmediato y devastador. El barril de Brent, el indicador de referencia para los mercados europeos, experimentó una escalada cercana al diez por ciento, cerrando la jornada por encima de la barrera psicológica de los 100 dólares, un hito que no se registraba desde el verano de 2022. De manera similar, el West Texas Intermediate estadounidense trepó con fuerza, reflejando el pánico de los inversores ante la posibilidad de un conflicto prolongado que estrangule el suministro energético.

En un fragmento particularmente beligerante de su proclama, Mojtaba Jamenei, cuya salud y paradero exacto son motivo de especulación tras resultar herido en los bombardeos iniciales, dirigió su ira contra las fuerzas estadounidenses desplegadas en la zona. Instó a las naciones limítrofes a tomar una decisión drástica: «Deben clausurar esas instalaciones militares a la mayor brevedad», advirtió, argumentando que la presencia de Washington ha sido históricamente un factor de desestabilización y que los proyectiles lanzados contra esos países no buscan dañar su soberanía, sino exclusivamente a las tropas invasoras. A pesar de la retórica incendiaria, el nuevo líder iraní tendió una mano a sus quince vecinos, abogando por vínculos de «calidez y cooperación constructiva».

La respuesta desde Israel no se hizo esperar. El primer ministro Benjamín Netanyahu, en su primera comparecencia ante la prensa desde el inicio de la ofensiva conjunta con EE.UU., se mofó de la figura del nuevo líder supremo, calificándolo despectivamente como una marioneta en manos de los guardianes de la revolución. «Hemos descabezado al viejo régimen, y el nuevo reemplazo ni siquiera se atreve a mostrarse en público», declaró, reafirmando su compromiso de continuar con la campaña militar hasta «aplastar» lo que queda de la teocracia persa. Netanyahu aseguró que los avances superan las expectativas y que, independientemente del desenlace, Irán emergerá de este conflicto como una entidad irreconocible y debilitada.

Mientras los líderes intercambiaban amenazas, el terreno de batalla no cesaba su actividad. La noche dejó una estela de fuego y destrucción: desde Líbano, Hezbolá lanzó una andanada de cerca de doscientos cohetes contra territorio israelí. Como represalia, un bombardeo israelí en una concurrida zona costera de Beirut, refugio de numerosos desplazados, provocó una masacre con una docena de víctimas fatales, marcando uno de los episodios más letales en la capital libanesa desde el inicio de las hostilidades. La aviación israelí también confirmó nuevos y «extensos» ataques sobre Teherán al caer la noche.

En este clima de caos, un incidente añadió más leña al fuego: un avión cisterna KC-135 de las fuerzas aéreas estadounidenses se estrelló en el oeste de Irak. Mientras el Pentágono se apresuró a descartar un derribo por fuego enemigo, atribuyéndolo a un accidente, Teherán difundió una versión completamente opuesta a través de la agencia Tasnim. Fuentes iraníes aseguraron que la aeronave fue alcanzada por un misil disparado por facciones iraquíes durante una operación de reabastecimiento en pleno vuelo, resultando en la muerte de sus seis tripulantes. Una versión que, de confirmarse, supondría un salto cualitativo en la implicación de actores no estatales en el conflicto.

La jornada concluyó con un panorama desolador: más de 1.300 civiles fallecidos del lado iraní según su embajador ante la ONU, y un éxodo masivo que supera los 3 millones de desplazados internos. Las explosiones no solo sacudieron Irak e Irán, sino que se sintieron en los Emiratos Árabes Unidos, con detonaciones en el corazón de Dubái, y en instalaciones energéticas de Bahréin, Omán y Arabia Saudita. El mundo entero contuvo el aliento mientras el nuevo líder en Teherán, desde las sombras, prometía «incendiar» la región si sus centros de producción eran tocados, dejando claro que la guerra por el control de Medio Orién está lejos de su fin.

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