A dos días de la elección presidencial, el barrio El Paraíso, uno de los cinturones populares del sur de Bogotá, refleja la fractura nacional: mientras unos apuestan por profundizar las reformas del progresismo, otros ven en el abogado ostentoso Abelardo de la Espriella la mano dura que terminará con la inseguridad y los subsidios a “los flojos”.
Desde el corazón de Bogotá, específicamente desde la empinada geografía de Ciudad Bolívar, se divisa un termómetro electoral tan real como el frío que a ratos cala los huesos. Allí, en El Paraíso, uno de los trescientos asentamientos populares que conforman esta localidad periférica al sur de la capital, el acceso se realiza mediante un teleférico que desafía las laderas. Este rincón urbano, edificado durante décadas bajo la sombra de la informalidad y la autoconstrucción —lo que en el lenguaje coloquial colombiano se denomina “invadir”—, se prepara para emitir un sufragio que, a juzgar por los testimonios de sus moradores, navega entre dos polos antagónicos. En la antesala de la contienda presidencial, un sector de la comunidad no titubea al manifestar su respaldo a Iván Cepeda, el abanderado de la izquierda que encabeza los sondeos de opinión. Sin embargo, a su costado crece con vigor la figura del ultraderechista Abelardo de la Espriella, apodado “El Tigre”, a quien muchos consideran un soplo de renovación tras cuatro años de gestión progresista.
Las arterias de El Paraíso son todas cuestas. En ellas, los puestos de venta callejera de comidas, indumentaria y fármacos se mezclan con viviendas que ostentan fachadas pintadas de tonos vivos y otras que todavía muestran el ladrillo a la intemperie. En una cuadra resuena una cumbia; en la siguiente, una balada melódica de La Oreja de Van Gogh. Es en este mosaico sonoro donde Nicole Dayana, una vendedora ambulante que estudia ingeniería industrial, expresa sin ambages su decisión: sufragará por Cepeda. Lo hará por vez primera en su vida —el voto en Colombia es voluntario y se ejerce a partir de los dieciocho años— y sostiene su elección con argumentos concretos. “Cepeda se coloca del lado de los empobrecidos. Como puede ver, yo soy una de ellos. En la actualidad tengo la posibilidad de percibir un sueldo; después de mi labor acá, trabajo ocho horas para una empresa. Antes no era así: laborábamos dieciséis horas diarias, existía explotación laboral”, relata. La joven alude directamente a lo que acontecía previo al mandato de Gustavo Petro, cuya administración logró aprobar el año pasado una reforma laboral, una modificación previsional y un incremento del salario mínimo del veintitrés por ciento, fijándolo en 533 dólares, equivalentes a dos millones de pesos colombianos. Agrega un motivo adicional que sella su preferencia: “No voto por el fracking, esa técnica de explotación de los subsuelos”.
El senador Iván Cepeda, cuya fórmula vicepresidencial la completa Aida Quilcué, una reconocida lideresa indígena, personifica la continuidad del Pacto Histórico de Petro y la profundización de las reformas sociales dirigidas a “Los Nadies”, esa categoría popularizada por la actual vicepresidenta Francia Márquez para nombrar a los sectores populares tradicionalmente ignorados por las élites. En la jornada previa a la cita electoral, Cepeda difundió un mensaje plagado de confianza: “Encabezaré un gobierno presente en los territorios, un gobierno que escuche y dialogue, que edifique soluciones junto a las comunidades y que abandone para siempre la indiferencia del centralismo distante”.
Las mediciones de opinión ubican al filósofo de formación Cepeda como el aspirante con mayor intención de sufragio, seguido por De la Espriella, quien se lanza bajo el ala del incipiente movimiento ultraderechista Defensores de la Patria. En la tercera posición figura la senadora uribista Paloma Valencia, del partido conservador Centro Democrático. Más rezagados en las preferencias se hallan candidatos del espectro centrista como Sergio Fajardo y Claudia López. Cepeda aspira a un triunfo en la primera vuelta, aunque los sondeos advierten que esa empresa resulta compleja y que lo más probable es un balotaje el veintiuno de junio. Como hiciera Petro cuatro años atrás, su campaña se ha volcado a la ocupación de plazas públicas y al contacto piel con piel. Su plataforma gira en torno a la defensa del entorno natural, la educación y la sanidad públicas, y establece como prioridad cardinal la reducción de la desigualdad.
En las antípodas se despliega la estrategia de De la Espriella, quien ha explotado hasta el límite la maquinaria digital. En sus redes sociales escenifica una vida suntuaria y ostenta con orgullo su Rolls Royce Phantom. Su compañero de fórmula, José Manuel Restrepo, declaró a Caracol Radio que están comprometidos a autorizar “nuevos contratos de exploración de gas y petróleo, así como la práctica del fracking en el país, con el objetivo de enviar señales menos ideologizadas, menos fundamentalistas y más pragmáticas para atraer capitales internacionales”. En una esquina de El Paraíso, Carlos Aponte conversa con dos conocidos y no disimula su entusiasmo: “Voy a votar por el tigre Abelardo de la Espriella. La inseguridad está desbocada. Ya tengo mi sufragio muy decidido. No acepto la inseguridad ni que la izquierda conceda demasiados beneficios a la gente indolente, muy ociosa, a la que se le regalan subsidios. El Tigre propone puño firme, mano dura, poner a la fuerza pública a funcionar, combatir la delincuencia con plomo y prisión. Este es uno de los barrios más peligrosos de Bogotá”.
De la Espriella se presenta como un advenedizo, un abogado que no oculta su faceta ostentosa: viaja en avión privado, sobrevuela sus actos de campaña con drones y emplea el saludo militar como emblema político. Su esposa declaró que si pierden la elección presidencial no hay contratiempo, pues regresarán a su residencia en Italia o Estados Unidos. El candidato ha defendido en los estrados a acusados de paramilitarismo, de fraudes piramidales y al venezolano Alex Saab, exministro de Industria. Se identifica abiertamente con la política de seguridad del salvadoreño Nayib Bukele y con la motosierra del argentino Javier Milei. En las últimas horas, De la Espriella participó en una videollamada con Daniel Noboa, presidente de Ecuador, quien difundió en su cuenta de X que habían alcanzado un acuerdo para “impulsar una lucha real y conjunta contra el narcoterrorismo” y que pactaron la entrega de delincuentes ecuatorianos que se hallan en suelo colombiano.
Kelly Pellata, de veinticinco años, trabaja de manera independiente y confiesa: “A mí me gustan las propuestas de Abelardo de la Espriella”. Preguntada por alguna concreta, responde con honestidad: “No las tengo muy claras, pero mi familia vota por él. Queremos una transformación”. En el barrio también pululan los indecisos. Amada Puerta, oriunda de Santa Marta, afirma: “Soy costeña, pero vivo aquí desde hace ocho años. Estoy dudando entre Cepeda y De la Espriella; no tengo muy claro lo que dice uno y otro. Hoy me informaré. A ver si sirven al pueblo: una es la que sufre, padece las circunstancias, las cosas”. Interrogada acerca de cómo han transcurrido estos cuatro años, Amada responde: “Petro ha tenido cosas beneficiosas; nos ha elevado el salario para los pobres como yo, que trabajo en limpieza de oficinas. Las horas no estaban bien; ahora tenemos mejor calidad de vida”.
El discípulo de Petro, Cepeda, rehúye las estridencias —una rareza en tiempos de campañas vociferantes y dominio de las redes— y se erige como un guardián de los derechos humanos. Durante más de una década ha sido senador y se ha convertido en una de las voces más autorizadas en nombre de las víctimas de los crímenes cometidos por uniformados y paramilitares. Su propia biografía lo delimita: Manuel Cepeda, su padre, era senador de la Unión Patriótica cuando fue asesinado en agosto de 1994. Karen Prieto, de veinticinco años, se inclina sin vacilaciones: “Anteriormente voté por Petro y me ha parecido un buen presidente. Siento que Iván va de su mano. Nos ha ayudado mucho a los de bajo estrato con lo del salario mínimo, que subió bastante. Yo trabajo en un local de hamburguesas. Mi jefe, pienso yo, que vota por Paloma”.
Entre los consultados en El Paraíso, nadie menciona que sufragará por Paloma Valencia, la heredera política de Álvaro Uribe. La senadora del Centro Democrático fue perdiendo fuerza a medida que De la Espriella ascendía en los sondeos impulsado por su maquinaria de videos creados con inteligencia artificial. Valencia no pudo disimular sus diferencias de valores en el debate público con su compañero de fórmula, Juan Daniel Oviedo, un hombre de centro y abiertamente homosexual. Este sábado, Paloma Valencia se encomendó al Divino Niño en la Basílica del Veinte de Julio. Jorge Díaz, barrendero de veintisiete años, resume el sentir de quienes apuestan por la continuidad: “Votaré por Cepeda para mantener las condiciones laborales. Nos ha subido el salario mínimo; el pago de horas nocturnas nos favorece a los trabajadores”. Y reanuda su camino cuesta abajo con su escoba, mientras comienza a caer una llovizna que aparece de repente cuando todavía brilla el sol —esa atmósfera tan característica de Bogotá— y que, en estas laderas, parece también mojar las certezas y las dudas de un barrio que decide.
