Un informe de inteligencia remitido por Jerusalén a Washington desata una nueva crisis diplomática. Mientras el presidente estadounidense asegura haber dejado órdenes explícitas para una represalia militar sin precedentes en caso de atentado, la desconfianza entre los aliados y el escepticismo interno en la CIA ponen en entredicho la veracidad de la amenaza, en un momento de máxima fragilidad para la tregua con Teherán.
En un giro que tensa aún más la cuerda geopolítica en Oriente Próximo, los servicios de inteligencia israelíes han hecho llegar a la administración estadounidense una advertencia escalofriante: la República Islámica de Irán estaría trazando meticulosamente un plan para segar la vida del actual presidente de los Estados Unidos, Donald Trump. La revelación, publicada inicialmente por The Wall Street Journal y posteriormente corroborada por CNN, citando a funcionarios anónimos que eluden proporcionar detalles operativos concretos, ha encendido todas las alarmas en el Despacho Oval. Según una de las fuentes consultadas por la cadena estadounidense, la notificación fue transmitida a las autoridades federales durante la presente semana, sumergiendo a la cúpula del poder en un clima de hermetismo y evaluación de riesgos.
Lejos de restar importancia al informe, el propio Trump reaccionó con una contundencia que estremeció los pasillos del Pentágono. En declaraciones recogidas por el New York Post, el mandatario manifestó que lidiar con esta clase de amenazas se ha convertido en una constante de su mandato, afirmando categóricamente: «Si semejante eventualidad llegara a consumarse, he estipulado directrices precisas: reducir su territorio a escombros con una potencia devastadora jamás vista en la historia». El jefe de Estado no escatimó en subrayar que la nación persa le ha tenido en su punto de mira durante años, una hostilidad que se remonta al menos a 2020, cuando la eliminación del general Qasem Soleimani, líder de la Fuerza Quds, desató una sed de venganza en los pasillos del poder teheraní.
La filtración de Jerusalén se produce en un contexto extraordinariamente volátil, coincidiendo con la precaria tregua mantenida entre Teherán y Washington. Ambas potencias han protagonizado durante los últimos días una escalada de agresiones recíprocas que han puesto a prueba la vigencia del memorando de entendimiento firmado en busca de una distensión. Los bombardeos en el Golfo Pérsico y las proximidades del estratégico estrecho de Ormuz habían menguado en intensidad gracias a la mediación catarí, cuyos emisarios, en estrecha coordinación con la Casa Blanca, viajaron a la capital iraní con la misión de rescatar el acuerdo, evitar una reanudación de las hostilidades y despejar el camino hacia una hipotética mesa de diálogo bilateral. Sin embargo, la paciencia del inquilino de la Casa Blanca parece haber llegado a su fin. A través de su plataforma Truth Social, Trump comunicó que la petición iraní de proseguir con los diálogos ha sido aceptada, pero dejando claro, sin ambages, que el alto el fuego ha quedado formalmente extinguido, lo que en la práctica le otorga carta blanca para desencadenar nuevas ofensivas militares contra la república islámica.
A pesar de la bravata verbal, los analistas sugieren que una reanudación total y sistemática de las agresiones norteamericanas contra Irán resulta poco probable en el corto plazo, dado que semejante deriva no favorece los intereses estratégicos del presidente, especialmente con la proximidad de las elecciones de medio mandato acechando en el horizonte político interno. No obstante, la frustración en la Administración no hace más que incrementarse, avivada por las recientes demostraciones de poderío iraní en el estrecho de Ormuz, donde el domingo pasado se lanzaron proyectiles contra tres buques mercantes, un acto de beligerancia que Teherán ha justificado como parte de su legítima defensa pero que Washington interpreta como una provocación en toda regla.
El dossier de inteligencia presentado por Israel, sin embargo, no ha sido recibido con la misma fe por todas las agencias estadounidenses. Fuentes internas consultadas por los medios citados confiesan que existe un notable escepticismo en la CIA y la inteligencia militar acerca de la autenticidad de la información, sembrando la duda sobre si la advertencia responde a un intento deliberado de Jerusalén por torpedear cualquier atisbo de acercamiento diplomático. El temor que ahora se extiende por Washington es que el gobierno de Benjamín Netanyahu, notoriamente opuesto al pacto firmado entre Estados Unidos e Irán, esté maniobrando para presionar y coaccionar las decisiones de Trump, impulsándolo a reanudar los bombardeos masivos con el fin de descarrilar las conversaciones y mantener a Teherán aislado. Esta interpretación de los hechos cobra fuerza a la luz de las agrias discrepancias surgidas en las últimas semanas entre ambos aliados, que evidencian una peligrosa fractura en la estrategia común respecto al programa nuclear persa.
Se especula que las crecientes tensiones con el primer ministro Netanyahu podrían haber motivado la decisión de la Casa Blanca de no involucrar a Israel en los recientes ataques aéreos en la región, ante el pavor de que la participación directa del ejército hebreo pudiera desatar un conflicto de consecuencias impredecibles. La desconfianza es tal que la advertencia sobre el supuesto complot iraní habría influido hasta en los protocolos de seguridad presidenciales. Según trascendió, la información proporcionada por los servicios israelíes obligó a Trump a modificar su ruta de regreso tras asistir a la cumbre de la OTAN en Ankara, viéndose forzado a utilizar el antiguo Air Force One, provisto de la totalidad de los sistemas antimisiles de los que carece la nueva aeronave presidencial —un lujoso obsequio del emir de Catar— para trasladarse al Reino Unido, donde finalmente pudo abordar el moderno avión y retornar a suelo estadounidense. Esta maniobra evidencia el nivel de paranoia y alerta máxima que se vive en el círculo más íntimo del poder. Mientras tanto, Teherán ha salido al paso de los rumores sobre una posible nueva ronda de diálogos la próxima semana, calificándolos de «absolutamente falsos», en un claro desafío a la narrativa de la administración Trump y elevando aún más el tono de una confrontación que amenaza con desbordarse.
