El embajador norteamericano Peter Lamelas agradeció en público al mandatario argentino por considerar “persona no grata” al jefe de la legación persa, un gesto que profundiza el quiebre diplomático con la República Islámica y acerca aún más al gobierno libertador a la estrategia de Occidente en Medio Oriente.
En un movimiento de alto voltaje geopolítico, la administración de Javier Milei recibió el explícito respaldo de los Estados Unidos tras haber ordenado la salida del principal funcionario diplomático de Irán acreditado en el país sudamericano. El embajador estadounidense en Buenos Aires, Peter Lamelas, no ocultó su satisfacción y salió a respaldar con entusiasmo la determinación adoptada por la Cancillería argentina, que declaró “no grato” a Mohsen Soltani Tehrani, quien hasta entonces se desempeñaba como encargado de negocios de la delegación iraní desde 2021.
El gesto de Lamelas, que utilizó las redes sociales para plasmar su reconocimiento con un explícito “Gracias, Presidente Milei, por su apoyo”, constituye una validación de primer orden para la nueva orientación internacional del gobierno libertador. En las últimas semanas, la administración argentina no solo había endurecido su retórica contra el régimen de los ayatolás, sino que también comenzó a plegarse sin ambages a la postura compartida por Israel y los Estados Unidos en el conflicto que ensangrienta a Medio Oriente.
La remoción del diplomático iraní no fue un acto aislado, sino que se inscribe en una creciente tensión bilateral entre Buenos Aires y Teherán, dos capitales que arrastran una historia compleja marcada por los atentados a la mutual judía AMIA y la embajada de Israel en los años noventa. La decisión de expulsar a Soltani Tehrani fue interpretada por analistas internacionales como un endurecimiento real y concreto en las relaciones bilaterales, y no como una mera declaración simbólica.
El contexto regional e internacional agrega una capa adicional de sensibilidad. Mientras las bombas siguen cayendo en Gaza y las tensiones se extienden hacia el Líbano y el mar Rojo, el alineamiento automático de la Casa Rosada con la estrategia occidental adquiere contornos cada vez más nítidos. La expulsión del representante iraní, que se venía desempeñando en Buenos Aires desde hace tres años, fue recibida con alivio en los pasillos del Departamento de Estado, donde se considera que Argentina asume así un rol activo en el tablero global.
Lejos de buscar equilibrios o neutralidades, el gobierno de Milei parece dispuesto a pagar el costo diplomático que implica confrontar abiertamente con Teherán. La medida, además, fue celebrada en voz alta por la colectividad judía local y por sectores de la oposición más cercanos a la defensa de los derechos humanos y la memoria de las víctimas del terrorismo internacional. Sin embargo, también despertó resquemores en otros países de la región, como Brasil o Bolivia, que mantienen vínculos comerciales y diplomáticos con la República Islámica.
Mientras tanto, el ahora exencargado de negocios iraní deberá abandonar el territorio argentino en los próximos días, en un episodio que quedará registrado como uno de los primeros gestos contundentes de la política exterior mileísta. Y en Washington, la gratitud hacia el jefe de Estado sudamericano no tardó en traducirse en palabras públicas, un respaldo que, en el tablero de las alianzas globales, vale tanto como una carta de presentación internacional.
