De la lona a la épica: el milagro mendocino que silenció a un Vélez imparable

De la lona a la épica: el milagro mendocino que silenció a un Vélez imparable

En apenas once minutos iniciales, el Lobo recibió dos estocadas mortales y quedó tambaleando ante un Fortín que jugaba con una soltura deslumbrante. Sin embargo, lo que parecía una goleada anunciada se transformó en una remontada inolvidable, sellada con un autogol insólito en tiempo de descuento, que consagró la noche del debutante Darío Franco y dejó a los hinchas de Gimnasia con una hazaña para atesorar por siempre.

El fútbol argentino, esa fábrica permanente de imposibles, volvió a regalar una de esas tardes donde la lógica se desmorona ante el empuje de un corazón colectivo. Porque lo que ocurrió este viernes en el estadio mendocino fue, en esencia, la consagración de la fe contra la evidencia. Gimnasia y Esgrima de Mendoza, un equipo que llegaba con apenas doce unidades en su haber, se enfrentaba a un Vélez Sarsfield que acumulaba veintidós puntos y que, durante los primeros compases del partido, jugaba como si tuviera el manual del éxito pegado a los pies. Pero el fútbol, ese arte caprichoso, dictaminó otra cosa: un 3 a 2 final que supo a redención, a bautismo de fuego para un entrenador novato y a cachetazo sonoro para un visitante que ya se veía celebrando una goleada tranquila.

Todo comenzó como una pesadilla para los locales. Apenas transcurridos cinco minutos, Florián Monzón inauguró el marcador con una definición que parecía sellar un libreto conocido: el poderoso de turno aplastando al modesto. La sinfonía del Fortín se hizo más intensa a los once, cuando Manuel Lanzini, tras una asistencia magistral del centrodelantero, convirtió el segundo con la autoridad de quien sabe que está bailando al ritmo que quiere. Tacos elegantes, enganches desfachatados, pases de primera intención y paredes que desarmaban cualquier intento defensivo: aquello era un recital con todas las letras. Los meteorólogos del lugar, esos que leen los signos en las tribunas, ya pronosticaban una tormenta de goles en contra del Lobo. Sin embargo, el destino quiso que Monzón, instantes después, desperdiciara el tercero, y que un zurdazo de Pellegrini, segundos antes del minuto veinte, se estrellara cerca del palo. Esos dos gestos, casi imperceptibles, fueron la chispa que el ascendido mendocino tomó como un guiño divino.

A partir de ese instante, la energía cambió de bando. Facundo Lencioni, ese apellido que ya es sinónimo de heroísmo en los días de ascenso, comenzó a crecerse y a llevar a su equipo hacia terreno contrario, buscando calmar la ebullición de un público que empezaba a impacientarse. Y cuando el reloj marcaba los minutos finales de la primera etapa, una jugada de pelota detenida cambió el rumbo: un zurdazo desde el sector de tiros libres encontró la testa de Ezequiel Muñoz, el marcador central con pasado en Boca Juniors, quien conectó un cabezazo perfecto para establecer el 1 a 2. No era una remontada, pero sí una declaración de principios: el Lobo no estaba muerto.

La segunda parte fue un tratado de audacia táctica. Darío Franco, el técnico debutante cuya impronta recuerda a aquel estilo bielsista que supo llevar a Instituto de Córdoba hasta la promoción contra San Lorenzo en 2012, reacomodó las piezas sobre el tablero con una precisión quirúrgica. Su movimiento maestro fue el ingreso de Ignacio Sabatini. Con este nuevo jugador desplegándose por el sector derecho, Elías Gómez, que hasta ese momento se había divertido como un delantero más e incluso había asistido en el primer gol de Vélez, pasó a correr siempre detrás del atacante mendocino. La balanza se había inclinado. Gimnasia crecía en confianza y empujaba con convicción, mientras el Fortín comenzaba a mostrar grietas.

Faltaban nueve minutos para el cierre reglamentario cuando Lencioni volvió a ejecutar un centro perfecto desde una pelota quieta. Agustín Modica, con un cabezazo implacable, decretó el merecido empate. El estadio entero tembló, pero la emoción no tardaría en tornarse furia visitante: el Mellizo Barros Schelotto, visiblemente irritado, se agarró con una botella arrojada desde las gradas y fue expulsado minutos más tarde, dejando a su equipo sin brújula en los instantes decisivos. Ya en el tiempo añadido, cuando todos esperaban que el partido terminara con un reparto de puntos, Sabatini volvió a escaparse por la derecha, desbordó a Gómez una vez más y mandó un centro que buscaba la llegada de Modica. Pero el balón, caprichoso, encontró la canilla de Emanuel Mammana. El rebote, lento y casi burlón, se coló despacito en el arco. La pelota entró con la suavidad de un secreto, y el silencio de los visitantes se transformó en alarido local.

¿Y el guardameta? Álvaro Montero, el colombiano de Vélez, había quedado mal parado en esa jugada. En un intento desesperado por cortar el centro, falló el manotazo y, en lugar de seguir la acción, simuló una falta inexistente con gestos teatrales. Si hubiera continuado, probablemente habría alcanzado a desviar el esférico antes de que Mammana lo empujara hacia su propia portería. Pero el arquero, que ya venía cruzado durante la última media hora con esa costumbre de fingir infracciones y reclamar faltas imaginarias, pagó caro su error. El autogol fue la guinda de una noche mágica para los mendocinos, y el certificado de una derrota que a Vélez le dolerá por mucho tiempo. Porque aquello que comenzó como un baile se transformó en una lección de persistencia, y Gimnasia de Mendoza se quedó con un triunfo que sus hinchas, sin duda, nunca borrarán de la memoria. Cosas del fútbol. Cosas, sobre todo, del fútbol argentino.

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