En una noche donde la presión asfixiante y el dominio territorial fueron las armas letales del conjunto de Núñez, el «Millonario» no solo se impuso con claridad ante el conjunto cordobés, sino que además encontró respuestas en piezas clave como Galván, Colidio y un sólido Beltrán bajo los tres palos. El ciclo post-Gallardo empieza a consolidarse con una identidad propia, a días de los desafíos estelares ante la Copa Sudamericana y el Superclásico.
El fútbol argentino vuelve a ser testigo de cómo una herida profunda puede transformarse en combustible. Cuando River Plate y Belgrano de Córdoba se cruzan, el relato nunca es trivial. Existe una memoria espesa, grabada a fuego en aquel junio de 2011 en el mismo escenario monumental, que añade una capa de dramatismo extra a cada jugada. Sin embargo, en esta noche del torneo Apertura, los fantasmas quedaron sepultados bajo una avalancha de fútbol vertical y convicción colectiva.
El equipo dirigido por Eduardo Coudet saltó al césped con una carga anímica desbordante. No era para menos: tres victorias en fila habían tejido un colchón de confianza inusual para un ciclo que comenzó entre incertidumbres, justo después de la despedida del inolvidable Marcelo Gallardo. Pero lo que se vio ante los piratas cordobeses no fue un simple triunfo. Fue la ratificación de un rumbo. Una declaración de intenciones que sugiere que el barco millonario, lejos de derivar a la deriva, empieza a navegar con un timón firme hacia aguas promisorias.
La estrategia planteada por el «Chacho» no admite medias tintas: asfixiar al adversario en su propio territorio, robarle el aire en cada salida y plantar la bandera del desarrollo del juego en las inmediaciones del arco rival. La consecuencia inmediata de ese libreto es una posesión esférica casi obsesiva y un dominio espacial que fuerza al oponente a vivir en estado de alerta permanente. Así, las situaciones de riesgo se suceden como oleajes. Antes de cumplirse el cuarto de hora, un letal Driussi apareció por el sector derecho para hacer estremecer el vertical del arco con un disparo que se estrelló en la base del poste. Poco después, fue Colidio quien puso a prueba los reflejos del guardameta Cardozo.
Y justamente ese delantero, Facundo Colidio, protagoniza uno de los capítulos más emotivos de la noche. La relación del exjugador de Boca con la hinchada de Núñez ha sido un territorio minado durante meses. El rechazo inicial, ese rumor desapacible que acompañaba sus primeras intervenciones del año, se ha ido disolviendo como la niebla. Esta vez, el público no solo lo toleró: lo aplaudió. Y el atacante respondió con una faena mayúscula, coronada con el segundo tanto de su cosecha personal, un cabezazo certero que selló su reconciliación definitiva con la camiseta.
Otro nombre propio que retumbó entre las gradas fue el del uruguayo Matías Viña. El lateral izquierdo desplegó un repertorio de desbordes inteligentes, llegando una y otra vez a la línea de fondo para enviar centros medidos con la precisa intención de encontrar a algún compañero bien posicionado en el área. Su asociación constante por el flanco izquierdo se convirtió en un martillo pilón para la defensa visitante.
El primero de la cosecha llegó a los treinta y cinco minutos por intermedio del joven Galván, una joya de la cantera que definió con sutileza de veterano. Tras capturar un rebote soltado por el arquero Cardozo a causa de un remate de Driussi, el pibe conectó con su pie derecho un disparo que ya nadie pudo detener. Cerca del epílogo, el mismo Galván volvería a festejar para redondear una noche inolvidable.
Del otro lado, Belgrano nunca encontró la fórmula para inquietar a Beltrán. El arquero local, lejos de temblar, se erigió como una muralla imperturbable. Y es que el rendimiento de este joven, que asumió la titánica misión de reemplazar nada menos que a Franco Armani, se ha convertido en otro factor fundamental del renacer millonario. El experimentado guardameta continúa recuperándose de sus afecciones físicas, pero su heredero ha conseguido lo impensado: que nadie lo extrañe. Beltrán transmite una seguridad que va más allá de las atajadas; su manejo con los pies y su capacidad para resolver bajo presión le otorgan a la última línea un sosiego contagioso.
Los hombres más peligrosos del Pirata, Vázquez y Zelarayán, transitaron el partido como sombras sin volumen de juego. Cada aproximación del conjunto visitante se desvanecía antes de rozar el área, como un espejismo en la llanura.
Coudet, mientras tanto, empieza a definir su jerarquía interna. Más allá de algún nombre ilustre, el nivel colectivo se vislumbra nítido en los resultados. Una de las decisiones más resonantes tiene que ver con Juan Fernando Quintero. El talentoso colombiano, dueño de una zurda exquisita, ya no pertenece al grupo de los habituales titulares. Esta noche ingresó a falta de un cuarto de hora para el final e intentó asociarse al circuito ofensivo, aunque sin lograr la incidencia que alguna vez lo volvió legendario.
Los festejos, entonces, se multiplicaron en el Monumental. Y no es un detalle menor: el calendario acecha con dos compromisos de máxima tensión. Se aproxima el debut en la Copa Sudamericana y, más cerca aún, el Superclásico ante Boca Juniors. Este River, reconvertido en una máquina de asfixia y confianza, parece haber elegido el mejor momento para encender sus motores.
