El ministro que absolvió a Thatcher: polémica afirmación sobre el hundimiento del Belgrano reabre las heridas de Malvinas

El ministro que absolvió a Thatcher: polémica afirmación sobre el hundimiento del Belgrano reabre las heridas de Malvinas

En un nuevo aniversario de la guerra del Atlántico Sur, el titular de la cartera de Defensa sostuvo que la destrucción del crucero argentino fue un “acto de combate” y no un crimen contra la humanidad. La declaración, que exime a la fallecida premier británica de responsabilidad por más de tres centenares de muertes, ignora el contexto diplomático y militar que convirtió aquel 2 de mayo de 1982 en una fecha imborrable para la historia nacional.

Entre las brumas que cada abril amontonan los recuerdos de la gesta malvinense, una voz oficial ha vuelto a encender la controversia. El ministro de Defensa argentino, en una declaración que pareció saldar cuentas con el pasado desde una óptica inesperada, calificó el hundimiento del ARA General Belgrano como un “acto” militar, despojando a la acción de cualquier connotación criminal. En el mismo gesto, el funcionario extendió una suerte de indulto póstumo a Margaret Thatcher, al afirmar que la veterana nave, sobreviviente de la Segunda Guerra Mundial, se hallaba en pleno estado de beligerancia. Ante semejante postura, resulta imperativo reconstruir con la rigurosidad que faltó en el discurso oficial aquello que realmente aconteció el 2 de mayo de 1982, cuando la primera ministra conservadora quedó liberada de la acusación de haber ordenado más de trescientas ejecuciones extrajudiciales.

El sábado 1º de mayo, los cazas Sea Harrier británicos abrieron las hostilidades sobre Puerto Argentino, desatando una contienda que se prolongaría durante cuarenta y cinco jornadas. En la madrugada del día siguiente, el presidente peruano Fernando Belaúnde Terry sostuvo una comunicación telefónica con el dictador Leopoldo Galtieri. En esa conversación, el mandatario andino transmitió una novedosa propuesta de paz negociada con el enviado estadounidense Alexander Haig. El comandante en jefe argentino introdujo algunas correcciones al borrador y manifestó su conformidad. Horas más tarde, Belaúnde Terry convocó a la prensa para anunciar que el cese de las confrontaciones era inminente.

Sin embargo, esa misma tarde, el Reino Unido sepultó cualquier posibilidad de diálogo. Thatcher asesinó la paz al ordenar al submarino Conqueror que lanzara sus torpedos contra el crucero General Belgrano, una unidad que navegaba fuera del perímetro de exclusión establecido por Londres. La gobernante conservadora necesitaba alimentar el fuego bélico para sostener un gobierno tambaleante por la aguda crisis económica y social de 1981. Para ella, la vía pacífica nunca fue una opción real.

El ataque británico no solo envió a las profundidades del océano a trescientos veintitrés marinos —casi la mitad del total de víctimas fatales del conflicto, que ascendió a seiscientos cuarenta y nueve—, sino que también hundió el plan de paz peruano. Esa propuesta, elaborada sobre cinco ejes centrales, planteaba el retiro recíproco y simultáneo de las fuerzas en combate, el establecimiento de una administración temporal de las islas a cargo de representantes ajenos a las partes en disputa, el reconocimiento explícito de posiciones antagónicas sobre la soberanía, la consideración de los intereses de los pobladores kelpers en la resolución definitiva y la conformación de un grupo de contacto integrado por Brasil, la República Federal de Alemania y Estados Unidos para canalizar las negociaciones.

El Belgrano no representaba en ese momento una amenaza concreta para la flota británica. Se encontraba a más de trescientas millas de distancia y navegaba de regreso hacia el continente sudamericano. Su hundimiento obedeció a razones estrictamente políticas, no a las necesidades del tablero militar. Por eso, numerosos juristas y veteranos de guerra lo consideran un crimen de lesa humanidad.

El 1º de mayo, los mandos argentinos habían ordenado al crucero dirigirse hacia el Este. La Armada, tras detectar el avance de la escuadra inglesa dividida en dos columnas, proyectó un ataque sobre el contingente menor. Mientras el portaaviones 25 de Mayo —rodeado por las fragatas Santísima TrinidadHércules y varias corbetas misilísticas— acechaba por el noreste ante un eventual desembarco enemigo, el otro brazo de la tenaza lo conformaban el Belgrano junto a las corbetas Bouchard y Guerrico, unidades que carecían de sistemas de detección antisubmarina. El plan contemplaba que, al amanecer del 2 de mayo, ocho aeronaves argentinas atacaran con ocho bombas cada una.

Pero el clima conspiró contra esa ofensiva. La noche ofreció una luna brillante y un “mar de aceite”, sin oleaje en el Atlántico Sur. Cerca del alba, el viento era casi nulo. El despegue con carga completa de combustible y explosivos requería corrientes de al menos quince nudos, además de la velocidad propia del portaaviones. A la hora fijada, la calma natural obligó a que los aviones solo pudieran despegar con dos bombas. Las condiciones ideales recién se dieron hacia el mediodía, pero la autorización para atacar nunca llegó. Mientras tanto, el grupo de buques liderado por el Belgrano en el sur avanzaba sin cobertura aérea, y desde hacía casi una semana los submarinos británicos Spartan y Splendid los mantenían en su punto de mira.

Cerca de las dieciséis horas, a bordo del 25 de Mayo recibieron la noticia del torpedeo al crucero. El hundimiento se produjo en las coordenadas 54 grados 25 minutos de latitud sur y 61 grados 32 minutos de longitud oeste, treinta y seis millas náuticas por fuera del radio de exclusión marítima que Londres había fijado el 28 de abril, ratificando lo dispuesto el día 12 del mismo mes. Ese cerco imaginario abarcaba doscientas millas a partir de los 51 grados 40 minutos de latitud sur y 59 grados 30 minutos de longitud oeste.

Aquella tarde fatal perecieron en el Belgrano tres oficiales, un suboficial mayor, un suboficial primero, treinta y seis suboficiales segundos, cuarenta y cinco cabos principales, veintiocho cabos primeros, setenta y siete cabos segundos, veintiocho marineros, ciento dos conscriptos y dos civiles. El portaaviones 25 de Mayo, convertido en un fantasma del Atlántico, no volvió a entrar en combate: entró a puerto después del ataque y jamás reasomó en el teatro de operaciones.

El 24 de mayo de 1982, la escritora Diana Gould confrontó a Thatcher en un debate televisivo que quedaría para el registro histórico. Gould preguntó a la premier por qué había ordenado el hundimiento si la nave argentina se hallaba fuera de la zona de exclusión y, de hecho, se alejaba de las Malvinas. Thatcher respondió que el Belgrano representaba un peligro para sus buques y sus tropas. La escritora contraatacó señalando que el rumbo era de 280 grados, alejándose del archipiélago, y que la premier había dispuesto el ataque catorce horas después de recibida la propuesta de paz peruana, tiempo suficiente para anular la orden letal. Thatcher entonces esgrimió una falsedad histórica: que el plan de paz nunca había llegado a Londres hasta después del torpedeo.

En aquel 1982, Argentina enfrentó a la potencia británica con marinos avezados en perseguir civiles en tierra firme, barcos construidos en la década del cuarenta y apenas tres unidades modernas (Santísima TrinidadHércules y Granville). A la flota se sumaban, desde su longevidad, el propio Belgrano —bautizado originalmente como Phoenix, único buque que escapó indemne del ataque japonés a Pearl Harbor en 1941— y el portaaviones 25 de Mayo, nacido como Karel Doorman de la armada neerlandesa y antes Venerable de la Marina Real británica. Un teniente general reconvertido en ministro de Defensa ha disparado contra la verdad histórica con los mismos torpedos que el Conqueror empleó para acabar con el viejo crucero. Quizás cumple así un encargo invisible del presidente argentino de turno, aquel que aún conserva en su despacho una fotografía de Margaret Thatcher.

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