Con tres intervenciones precisas en el cierre del primer tiempo, el volante xeneize desnudó las falencias creativas de River, que reclamó un penal en la agonía. Boca celebró en el Monumental gracias a la jerarquía individual y un fondo inquebrantable.
En la vorágine de un Superclásico donde las emociones suelen opacar cualquier atisbo de razón táctica, hubo un puñado de instantes que bastaron para esculpir el destino del encuentro. Esa porción decisiva no ocurrió al azar, sino que llevó la firma inconfundible de Leandro Paredes. El volante de Boca y la Selección Argentina apareció de manera concreta y puntual durante los cinco minutos finales de la etapa inicial, un lapso brevísimo en el que terminó por definir el rumbo del partido y el marcador. No necesitó más. Primero, colocó dos esféricos en bandeja para que Miguel Merentiel dispusiera de situaciones claras de conquista. Pero la cereza del pastel llegó con un pase filtrado con tres dedos, una delicatessen futbolística, que derivó en la pena máxima que el propio Paredes transformó en gol con una ejecución inmejorable. La grandeza de los cracks se mide en su capacidad de presentarse justo cuando más se los requiere, ni antes ni después. Y esa noche, el mediocampista cumplió con esa premisa de manera impecable.
Sin embargo, el triunfo boquense no descansó únicamente en la lucidez individual de su figura estelar. El conjunto de la Ribera exhibió una entrega conmovedora. A pesar de los altibajos en el rendimiento personal de algunos intérpretes, el equipo jamás dejó de imprimirle al lance la temperatura emocional que las circunstancias exigían. Cuando llegó el momento de resguardar la ventaja mínima de 1 a 0, nadie renunció a la responsabilidad ni falló en los cometidos defensivos. La redonda circuló con menor fluidez que en otras ocasiones, pero esa carencia se compensó con creces a partir del esfuerzo y el compromiso colectivo. Esa actitud, que la hinchada xeneize considera innegociable, brilló con luz propia, mucho más en una contienda de esta magnitud.
Del otro lado del césped, la imagen que dejó River fue diametralmente opuesta. Al equipo de Marcelo Gallardo no se le cayó una idea a lo largo de los noventa minutos. Su avance se redujo a una sucesión de centros y pelotazos al área, impulsados únicamente por el empuje y el ímpetu, pero carentes por completo de claridad asociativa. La temprana salida de Sebastián Driussi por lesión le arrebató al mediocampo millonario su principal nexo con los atacantes. Si bien por la zona central Maximiliano Salas generó algunos sobresaltos, el libreto local fue un océano de turbulencias. River navegó sin brújula, sin ningún recurso que lograra desordenar la férrea retaguardia xeneize, que se mantuvo ordenada y segura durante casi todo el pleito.
La controversia, como no podía ser de otra manera, también encontró su espacio en la noche del barrio de Núñez. La jugada polémica llegó en el suspiro final, cuando desde el palco millonario reclamarán durante toda la semana un empujón de Lautaro Blanco sobre Lucas Martínez Quarta dentro del área. Había argumentos suficientes para sancionar la infracción y, quizás con otro árbitro en el campo o en el VAR, la tecnología habría convocado a una revisión. Sin embargo, desde las cabinas de Ezeiza, el encargado del videoarbitraje, Héctor Paletta, respaldó la decisión de Darío Herrera. El juez principal interpretó que el contacto del lateral de Boca no revestía la entidad suficiente para ser falta y que el defensor de River exageró la caída. El veredicto quedó sellado.
Más allá de la figura descollante de Paredes, Boca encontró otro pilar fundamental en la solidez defensiva de Lautaro Di Lollo. El joven zaguero se erigió como un muro, despejando pelotas aéreas y cubriendo con criterio las espaldas de sus compañeros Weigandt y Ayrton Costa. Su actuación resultó vital en los momentos de mayor zozobra, mostrándose cada vez más afianzado e indiscutible en el once titular. Junto a Costa conforma una dupla central fuerte y confiable, de esas que tanto gustan en la ribera.
La custodia de los arcos también tuvo su capítulo destacado, protagonizado por dos debutantes en la máxima exigencia del fútbol argentino. Santiago Beltrán, bajo los tres palos de River, y Leandro Brey, defendiendo la valla de Boca, jugaron su primer Superclásico y estuvieron a la altura de las circunstancias. Ninguno se sintió abrumado por la magnitud del escenario ni cometió errores garrafales. Beltrán incluso se lució al desviar con la punta de los dedos un potente derechazo de Merentiel, transmitiendo una vez más su habitual seguridad. Brey, por su parte, no tuvo que realizar intervenciones de alto vuelo, pero cumplió con eficacia en el descolgue de los centros que el rival envió a su área. Un aspecto a pulir: sus proyecciones con los pies, ya que en varias ocasiones envió el balón directamente fuera del terreno.
No todas fueron alegrías para los debutantes. El partido les quedó excesivamente grande a dos jóvenes valores. Juan Cruz Meza y Tomás Aranda también vivieron su primera experiencia en un Superclásico y el resultado no fue positivo. El volante correntino comenzó mostrándose como un buen complemento de Rodrigo Moreno, hilvanando pases con precisión, pero su protagonismo se fue diluyendo con el correr de los minutos. Tanto que Fernando Coudet decidió reemplazarlo por Benjamín Galoppo en el entretiempo. En tanto, Aranda sufrió para meterse en el desarrollo del juego; su andar fue intermitente por el centro del campo y no aportó ni el juego entre líneas ni la soltura que venía brindándole al equipo. Se le pidió que se volcara sobre el costado izquierdo, una misión que cumplió con disciplina hasta que ingresó Juan Belmonte en su lugar.
La lesión de Driussi fue otro golpe durísimo para las aspiraciones millonarias. Su retiro a los quince minutos del primer tiempo, con una molestia en el isquiotibial izquierdo, dejó a River sin la posibilidad de edificar juego por abajo y, sobre todo, sin su cuota habitual de gol. Desde su regreso al club, el atacante parece pasar más tiempo recuperándose de sus problemas musculares que pisando el césped con continuidad.
De esta manera, Fernando Coudet sufrió su primera derrota al frente del equipo millonario, cortando una racha favorable que venía sosteniendo. La falta de generación de juego es un mal crónico que volvió a evidenciarse a pesar de los triunfos previos ante Racing y Carabobo. El festival de pelotazos no fue otra cosa que una señal de impotencia, la constatación de que a nadie en el cuerpo técnico ni en el plantel se le ocurrió una alternativa para vulnerar al adversario.
Por último, todas las dudas que planeaban sobre la continuidad de Fernando Úbeda quedaron disipadas con el viento fresco del triunfo. Boca cumplió el primero de los grandes objetivos del semestre: ganar el Superclásico. Aquellos que antes consideraban darle de baja al entrenador ya no piensan de esa manera. Ahora, el desafío inmediato consiste en conquistar el torneo Apertura y avanzar a los octavos de final de la Copa Libertadores. Si el equipo logra jugar con más fútbol, pero conservando el carácter indomable que demostró en el Monumental, el horizonte se vislumbra prometedor.
