Bajo un cielo plomizo, la elite económica y política se reúne con un interrogante común: ¿cómo transformar la estabilidad en despegue?

Bajo un cielo plomizo, la elite económica y política se reúne con un interrogante común: ¿cómo transformar la estabilidad en despegue?

En la cena anual del Cippec, funcionarios, empresarios y gobernadores compartieron un diagnóstico teñido de cautela. El lema “Crecer o crecer” funcionó como un espejo de las contradicciones actuales: mientras el oficialismo celebra el orden macro, en los pasillos predominó la preocupación por el bolsillo de la gente y las tensiones internas que no logran disiparse.

La tarde lluviosa del lunes transformó al Centro de Convenciones porteño en un crisol de impermeables, apretones de manos veloces y credenciales solicitadas sobre el filo del horario. El habitual murmullo previo a la cena anual del Centro de Implementación de Políticas para la Equidad y el Crecimiento (Cippec) convocó a un arco heterogéneo donde confluyeron funcionarios, dirigentes políticos, hombres de negocios y especialistas en economía, todos cobijados bajo la misma consigna de rigor analítico y pragmatismo que caracteriza a la institución.

La nómina de asistentes dibujó un mapa casi completo del poder actual. Entre las butacas del auditorio se contaron las presencias de las ministras Sandra Pettovello (Capital Humano) y Alejandra Monteoliva (Seguridad Nacional), así como la del titular de Desregulación y Transformación del Estado, Federico Sturzenegger. Los gobernadores Ignacio Torres (Chubut) y Rogelio Frigerio (Entre Ríos) dialogaron con el presidente del Banco Central, Santiago Bausili, su lugarteniente Vladimir Werning y el secretario coordinador de Energía y Minería, Daniel González. La lista de legisladores nacionales resultó igualmente nutrida, con figuras como Sebastián Pareja, Luis Petri, Cristian Ritondo, Patricia Bullrich, Carolina Losada, Flavia Royón y Gerardo Zamora, en tanto que el embajador de Estados Unidos, Peter Lamelas, sobresalió entre la representación diplomática.

El lema elegido para la ocasión, “Crecer o crecer”, operó más como un disparador que como un punto de convergencia. Entre los concurrentes, las acepciones sobre qué implica realmente expandirse —y, fundamentalmente, el sendero para lograrlo— resultaron tan variables como el clima impredecible de un abril porteño. Antes de ocupar las mesas principales, los pasillos se convirtieron en termómetro de la velada: se sucedieron saludos inusuales entre adversarios políticos, hombres de negocios que vigilaban con atención las variables macro y economistas que cuchicheaban diagnósticos encontrados.

Una sensación dominó todos los intercambios: la prudencia extrema a la hora de exponerse. Pocos se arriesgaron a dejar definiciones con sus nombres y grabadores de por medio; la mayoría prefirió el terreno fértil del off the record. “El ambiente está demasiado crispado como para lanzar declaraciones”, se disculpó una alta ejecutiva. “La Argentina tiene todas las condiciones para ‘crecer o crecer’, pero también enfrenta restricciones que nadie puede soslayar”, deslizó otro asistente mientras avanzaba en la fila de ingreso y sacudía el agua de su traje gris. Esa frase sintetizó el clima reinante: un optimismo contenido, una cautela a flor de piel y la percepción de que el consenso sobre la dirección sigue siendo esquivo.

Entre los representantes del mundo corporativo se reconocieron figuras de peso: Jorge Brito (Banco Macro), Alejandro Bulgheroni (PAE), Bettina Bulgheroni (Cicyp), Fabián Kon (Galicia), Martín Rappallini (UIA), Federico Braun (La Anónima), Alberto Grimoldi (Grimoldi), Martín Cabrales (Cabrales), Mariana Schoua (AmCham), Anna Cohen (Cohen), Patricio Supervielle y Gustavo Manriquez (Supervielle), Guillermo Tempesta Leeds y Alejandro Butti (Santander), Germán Greco (Motorola), Julia Bearzi (Endeavor), Facundo Prado (Grupo Lapachos), Gabriel Renaudo (Visa), Santiago Mignone (IDEA), Alejandro Lastra (AEA), David Uriburu y Javier Martínez Álvarez (Techint).

La principal inquietud que atravesó todas las conversaciones fue idéntica: de qué modo la estabilidad macroeconómica, tan celebrada por los sectores productivos, puede traducirse en mejoras tangibles para el ciudadano común. “El costo de la vida cotidiana sigue siendo una losa. La angustia de la gente es cómo llegar a fin de mes en un momento donde los salarios no rinden”, resumió otro de los presentes. Y añadió, en sintonía con el tono general, que “si bien existe consenso en que el rumbo es correcto —porque nadie desea regresar a una inflación desbocada—, el verdadero desafío actual es que esa estabilidad derive en un repunte de la actividad económica real”. En ese punto, los diálogos adquirieron un tenor doméstico: el recorte de gastos, la dinámica del empleo, la evolución de los ingresos y un consumo que no termina de reactivarse aparecieron una y otra vez como las variables que definirán si el crecimiento finalmente se siente en la calle.

Paralelamente, la inflación dejó de ser el eje excluyente de preocupación, aunque jamás desapareció del radar. El escepticismo predominó frente a la posibilidad de ver índices cercanos a cero en los próximos meses, a pesar de que desde el Gobierno se había insinuado esa meta en más de una ocasión. “Se habló de que se avecinan los mejores dieciocho meses de la Argentina. Eso es lo que hay que decir para sostener las expectativas”, apuntó una voz con una mirada más realista sobre la velocidad del proceso desinflacionario.

El ruido político también se coló en la velada. Las tensiones internas dentro del oficialismo aparecieron en más de un diálogo, especialmente por el impacto que pueden generar en la percepción de los inversores extranjeros. “En un país que necesita capital, todo lo que sucede puertas adentro se mira con lupa”, comentó uno de los presentes. Las posturas no fueron homogéneas: algunos minimizaron el asunto y señalaron que el Presidente dispone de márgenes acotados para ordenar esas diferencias en el corto plazo. Otros, en cambio, plantearon que, si el programa económico se consolida y la dirección se sostiene, el estruendo tiende a diluirse. “Cuando la macro se ordena y hay un rumbo claro, el resto se va acomodando”, resumieron. En esa tensión —entre el orden macro, las expectativas y la urgencia cotidiana— se movieron buena parte de los intercambios previos a la cena.

Una vez ocupadas las mesas y con el salón en silencio, los comensales disfrutaron de un menú que comenzó con finger foods durante la recepción, siguió con una entrada de causa peruana de langostinos, un plato principal de vacío braseado con puré de papas al carbón y chimichurri de tomates, y cerró con un domo de chocolate, whisky y avellanas. Entre bocado y bocado, el director ejecutivo del Cippec, Luciano Laspina, pronunció el discurso central. Allí planteó la necesidad de trascender la coyuntura y avanzar en una agenda de largo plazo. Reconoció los avances del Gobierno en el ordenamiento macroeconómico y la desregulación, pero advirtió que aún esperan reformas estructurales postergadas: la previsional, la impositiva y la fiscal. “El Gobierno nacional logró modificaciones importantes —como la desintermediación de los planes sociales, la simplificación de trámites y la reforma laboral—, mientras que otras aguardan su momento”, subrayó. Y remarcó que se trata de “reformas fundamentales para el país; de ellas dependen la solvencia fiscal de largo plazo, la competitividad de nuestras empresas y un desarrollo armónico en todo el territorio nacional”.

El eje central de su alocución apuntó al futuro. Laspina sostuvo que la Argentina necesita construir una hoja de ruta para la próxima década, en un contexto global que se redefine a gran velocidad y modifica las reglas del empleo, la producción y el comercio. Advirtió sobre transformaciones de fondo como el impacto de la inteligencia artificial, el envejecimiento poblacional y el corrimiento del mapa productivo hacia el interior del país. También destacó la oportunidad que abre una mayor integración internacional, con nuevos acuerdos comerciales que podrían reconfigurar la inserción argentina en el mundo. Ese escenario, según su mirada, exigirá una adaptación profunda tanto del sector privado como del Estado, con políticas públicas que acompañen y un entramado empresarial capaz de competir.

El mensaje final del director ejecutivo apuntó directamente a la política: alcanzar acuerdos básicos y duraderos entre el oficialismo y la oposición, con ejes como el respeto a los contratos, el equilibrio fiscal y el fin del financiamiento monetario. Un planteo que dialogó de manera íntima con el clima que se respiró durante toda la noche: la urgencia de sostener la estabilidad, pero también de edificar condiciones para que el crecimiento deje de ser una consigna vacía y empiece, por fin, a tomar forma concreta.

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