Con 48 años y completamente dependiente tras un accidente que lo dejó sin movilidad, Carlos sostiene que su existencia se ha vuelto insoportable. Entre dolores permanentes y una lucha silenciosa contra el deseo de adelantar su final, este hombre plantea un debate postergado en la sociedad argentina: la libertad de decidir el propio fin.
Con una voz que oscila entre el temblor de la fragilidad humana y la firmeza de una convicción inquebrantable, Carlos —un ciudadano argentino de 48 años— expone sin rodeos su voluntad más íntima y desgarradora. “No deseo proseguir existiendo bajo estas circunstancias”, afirma con una claridad que admite pocos matices. Su relato, que este diario reproduce tras un prolongado diálogo, constituye un testimonio estremecedor sobre los límites del sufrimiento y la ausencia de herramientas legales para enfrentarlo.
Hace tres años, un siniestro vial lo transformó por completo. Aquel suceso, que describe como el instante en que “la existencia se dio vuelta”, le arrebató la posibilidad de ejecutar cualquier movimiento voluntario. Desde entonces, padece una cuadriplejía que lo ha sumergido en un estado de dependencia absoluta respecto de terceros para los actos más elementales: alimentarse, higienizarse, cambiar de postura. Pero lo que erosiona su espíritu con mayor saña es el tormento físico incesante. “Veinticuatro horas al día experimento dolores en el cuerpo”, revela, sin que exista tratamiento paliativo que logre mitigarlos por completo.
Antes de aquel punto de inflexión fatal, Carlos recuerda una infancia feliz en Buenos Aires, poblada de correrías callejeras, bicicletas y una red sólida de amistades. Evoca con nitidez sus años secundarios, el paso por la facultad, una trayectoria laboral ascendente en distintas compañías y, finalmente, el coraje de emprender su propio proyecto. Nada de aquello, lamenta, pervive en su presente.
La angustia que lo invade ha sido tal que, en más de una ocasión, intentó quitarse la vida sin conseguirlo. Esa pulsión autolítica—confiesa—no ha desaparecido, sino que se ha refinado hasta convertirse en una demanda política explícita. Ya no busca el acto clandestino y solitario; ahora exige un debate público sereno y profundo sobre la eutanasia en Argentina. “Reclamo que se nos otorgue la potestad para decidir entre continuar o no”, sentencia, y añade que su caso no debería ser un ejemplo aislado, sino el punto de partida de una discusión postergada por prejuicios religiosos, temores jurídicos y negligencia legislativa.
Su voz, aunque entrecortada por el esfuerzo físico que implica hablar, adquiere una solidez inesperada cuando define su postura: no se trata de un arrebato pasajero ni de un estado depresivo no tratado, subraya, sino de una resolución meditada durante tres largos años de inmovilidad y sufrimiento. “Tengo perfectamente claro que no quiero seguir viviendo en estas condiciones”, insiste, como si cada repetición fuera un martillazo contra la indiferencia social.
Carlos ha decidido hacer público su relato para empujar una transformación legal que considera una deuda pendiente de la sociedad argentina. Sabe que su pedido incomoda, porque interpela nociones arraigadas sobre el valor sagrado de la vida, la potestad médica y el rol del Estado. Pero advierte que el costo del silencio es su condena perpetua a una existencia que ya no elige. En sus palabras finales, hay una súplica que traspasa lo individual: “Que se apruebe nuestra libertad para decidir vivir o no”. Mientras tanto, su cuerpo sigue siendo una prisión que duele sin tregua, y su conciencia, un testigo que ya dictó sentencia.
