Mientras la comunidad incel difunde un «reto» que normaliza la violencia contra la mujer como respuesta a un «no», especialistas en seguridad digital y organizaciones feministas alertan sobre ataques reales inspirados en estos discursos de odio, que ya dejaron víctimas graves en Argentina y Brasil.
En el universo de las redes sociales, donde las tendencias nacen y mueren a velocidad vertiginosa, ha emergido una moda que encendió todas las alarmas. Se trata de un fenómeno viral propagado a través de TikTok que invita a los varones a «entrenar» físicamente para golpear a una mujer en el hipotético —y para muchos, frustrante— escenario de un rechazo amoroso. La premisa es tan escalofriante como explícita: practicar un golpe de boxeo, conocido como «gancho ascendente», por si la chica que le gusta a uno le dice que no a una propuesta de noviazgo o matrimonio.
Lo que comenzó como una corriente subterránea en 2024 ya acumula decenas de videoclips donde jóvenes simulan movimientos agresivos, muchos de ellos disfrazados con un velo de ironía o humor negro. Sin embargo, los especialistas en bienestar digital y las entidades de defensa de los derechos de las mujeres advierten que esa supuesta sátira ha demostrado ser el caldo de cultivo perfecto para promover agresiones verdaderas. Detrás de esta tendencia se esconde un ideario mucho más profundo y peligroso: el de la denominada «comunidad red pill», un movimiento mayoritariamente masculino que se apropia de la metáfora de la película Matrix para proclamar que han «despertado» ante una supuesta verdad oculta sobre la sociedad, el feminismo y los vínculos afectivos.
Estos contenidos suelen estar etiquetados con el popular hashtag #RedPill, una bandera que ondean con fervor los denominados incels o célibes involuntarios. Se trata de hombres heterosexuales que, sumidos en una profunda sensación de soledad y fracaso relacional, desarrollan un rencor extremo hacia las mujeres, a quienes responsabilizan de todas sus incapacidades en el terreno sexoafectivo. Amparados por el avance global de discursos ultraderechistas, estos mensajes han logrado colonizar espacios de la vida pública con una virulencia creciente.
Un usuario de TikTok que se presenta bajo el nombre «La Filosofía Red Pill» y que acumula 18 mil seguidores sintetiza esa doctrina en sus propias palabras: “En una época en la que se condena la masculinidad y en la que tratar con las mujeres es un desafío cada vez mayor, los hombres necesitaban un conjunto de conocimientos muy específico y políticamente incorrecto que los ayude a sobrevivir y a adaptarse al desregulado mercado sexual”. Y agrega, sin ambages: “Innumerables hombres alrededor del mundo han pasado de estar resignados a conformarse con muy poco y a reprimir su masculinidad a dominar el juego de la vida en todos los aspectos, asumiendo su lado más dominante sin tapujos ni disculpas”.
El fenómeno no es meramente virtual. En la Argentina, los casos de violencia extrema vinculados a esta radicalización digital sobran. Uno de los más emblemáticos es el femicidio de Sophia Civarelli, ocurrido en la ciudad de Rosario, a manos de su pareja, Valentín Alcida. Este agresor, reconocido seguidor del presidente Javier Milei y del exmandatario estadounidense Donald Trump —dos referentes de la extrema derecha global—, solía postear y replicar en la red social X mensajes cargados de misoginia, racismo, xenofobia y antifeminismo. Tras cometer el crimen, Alcida intentó ocultar el cadáver, pero horas después se quitó la vida ante la presión de una condena social y penal que se le venía encima.
La comunicadora social Ana Soledad Gil, especializada en violencia mediática e investigadora del CONICET, reflexionó en diálogo con este diario sobre la naturaleza de estas prácticas. “Son conductas machistas históricas que van tomando distintas formas a medida que pasa el tiempo”, señaló. Y agregó una preocupación central: el vaciamiento de las políticas públicas destinadas a combatir las violencias de género ha acelerado la aparición de estos discursos en los entornos cotidianos de los jóvenes. “Las distintas modalidades de violencia contra las mujeres se están dando de manera cotidiana, y no tenemos política pública ni financiamiento que apunte a erradicarlas o a concientizar respecto de ellos”, advirtió.
Mientras tanto, al otro lado de la frontera, Brasil ofrece un ejemplo todavía más explícito de la conexión entre el adoctrinamiento digital red pill y los ataques carnales. El caso de Alana Rosa, una joven de 20 años apuñalada 50 veces en febrero pasado en São Gonçalo, región metropolitana de Río de Janeiro, conmocionó al país y reavivó el debate sobre la difusión de la misoginia en internet. Su agresor, Luis Felipe Sampaio, coincidía con la víctima en un gimnasio. Tras múltiples insinuaciones y acercamientos que fueron sistemáticamente rechazados, el hombre siguió a Rosa hasta su vivienda y la atacó con un cuchillo. La madre de Alana, Jaderluce Anisio de Oliveira, relató a la agencia AFP que encontró a su hija agonizante en un charco de sangre. Milagrosamente, la joven sobrevivió luego de varias cirugías. Según declaraciones de la madre a la prensa, el victimario “seguía el contenido específico de la red pill” en las redes sociales.
La justicia brasileña imputó a Sampaio por tentativa de femicidio. En la primera audiencia judicial, realizada el pasado 17 de abril, estuvieron presentes tanto la víctima como el agresor, y se comenzaron a analizar los elementos del expediente. Pero más allá de este caso puntual, las estadísticas son escalofriantes: solo en 2025 se registraron 1568 femicidios en el país vecino, la cifra más alta desde que este homicidio calificado fue tipificado como delito hace una década. Y no se trata de números fríos. La agencia AFP reportó que en enero de este año una joven fue violada por cinco adolescentes en Río de Janeiro; uno de los sospechosos se entregó a la policía vistiendo una remera con la leyenda “No me arrepiento de nada”, una frase emblemática asociada a la comunidad red pill. Dos meses después, un policía militar fue detenido por dispararle a su esposa, quien le había solicitado el divorcio. En mensajes de texto difundidos por medios locales, el agresor se autodefinía como un “macho alfa” y exigía que su pareja se comportara como una “hembra beta obediente y sumisa”.
A pesar de las recientes iniciativas progresistas impulsadas por el presidente Lula Da Silva, la oleada de violencia machista no cesa. Y el fenómeno de la pastilla roja, lejos de ser una broma de mal gusto, se consolida como una auténtica usina de odio que, desde la comodidad del celular, entrena a sus adeptos para responder con un puñetazo o una puñalada a la única palabra que muchos varones no soportan escuchar: no.
