Alianza estratégica en las sombras: el gobierno argentino acerca los datos de sus ciudadanos al imperio de vigilancia global de Peter Thiel

Alianza estratégica en las sombras: el gobierno argentino acerca los datos de sus ciudadanos al imperio de vigilancia global de Peter Thiel

El mandatario Javier Milei recibió en la Casa Rosada al magnate ultraderechista y creador de Palantir, una firma especializada en el cruce masivo de información mediante inteligencia artificial. Mientras se conocen los planes para unificar las bases estatales locales, el mundo observa el sangriento historial de esta corporación: desde la selección automatizada de blancos en Gaza hasta el controvertible bombardeo a una escuela en Irán que podría constituir el primer infanticidio masivo cometido por un algoritmo.

El encuentro se produjo el jueves anterior en la sede del Poder Ejecutivo, cuando el primer mandatario argentino abrió las puertas del histórico despacho al excéntrico creador de Palantir Technologies, una corporación que ha convertido la vigilancia planetaria y el análisis de macrodatos en un negocio de miles de millones de dólares. Lo que hasta hace semanas se manejaba en términos de rumorología política, hoy trasciende como una negociación concreta: el gobierno nacional se encuentra avanzando en la posible contratación de esta firma para que despliegue en el país tareas de inteligencia análogas a las que ya ofrece al aparato estatal de los Estados Unidos. En aquel país, el también presidente Donald Trump entregó a la compañía el acceso prácticamente irrestricto a los gigantescos repositorios de información de la Agencia Central de Inteligencia y de la dependencia migratoria ICE, destinada a la expulsión de extranjeros en situación irregular. Un total de veintiséis megaarchivos con datos sensibles fueron puestos a disposición del software propietario de Palantir, que se dedicó a cruzarlos sin control externo.

Para dimensionar el alcance que podría tener esta tecnología en suelo argentino, resulta imperioso examinar el siniestro prontuario que acompaña a la firma en otros escenarios internacionales. El primer empleo masivo de inteligencia artificial con el propósito de seleccionar objetivos mortales sin intervención del factor humano en la historia reciente tuvo lugar durante la arrasadora ofensiva contra la Franja de Gaza. Allí se perfeccionó la letalidad de los algoritmos que, más tarde, llegarían potenciados al conflicto con Irán, aunque todavía sujetos a fallas de carácter probabilístico. Aún no ha podido comprobarse de manera fehaciente si el trágico episodio en el que una escuela iraní sufrió el asesinato de un centenar de niñas fue decidido por una inteligencia biológica o por una máquina. Sin embargo, dada la naturaleza que adoptan estas guerras aéreas contemporáneas, la hipótesis más sólida indica que se habría tratado de una resolución robótica emanada desde un algoritmo perteneciente al Destacamento 201 de las fuerzas armadas norteamericanas, una unidad integrada por cuatro altos ejecutivos de empresas tecnológicas que fueron formados apresuradamente como tenientes coroneles de la reserva castrense en apenas cuatro semanas.

Este novedoso perfil de militar part time, que dedica alrededor de ciento veinte horas anuales a distancia sin abandonar sus jugosos cargos ejecutivos en las grandes corporaciones digitales, empuña el mouse con propósitos bélicos mientras jamás expone su propia integridad física. Son la manifestación más pura de un emergente complejo militar-industrial-digital dotado de un poderío económico y político sin precedentes en la historia de la humanidad. Esta peligrosa confluencia desdibuja por completo los límites entre lo civil y lo castrense, al tiempo que disuelve las fronteras entre lo estatal y lo privado. La fusión comenzó a gestarse durante la primera administración de Donald Trump y se vio exponencialmente potenciada en su segunda gestión, impulsada por una problemática estructural del sector: los gigantes de la inteligencia artificial se encuentran invirtiendo cifras astronómicas sin vislumbrar un horizonte claro de recuperación financiera. Ante la ausencia de un modelo de negocios sostenible en el mercado civil, estas corporaciones se entregan sin remordimientos a los suculentos contratos que les ofrece el aparato de defensa estadounidense.

En una ceremonia realizada el trece de junio del año pasado en el cuartel Myer-Henderson, contiguo al Pentágono, un grupo selecto de ejecutivos de Silicon Valley juró como miembro del denominado Executive Innovation Corps, una organización oficialmente diseñada para fundir los saberes tecnológicos más avanzados con la innovación de uso militar. Los flamantes oficiales vistieron por primera vez en su existencia el uniforme camuflado, y alcanzaron el rango de teniente coronel, una jerarquía que normalmente exige hasta dos décadas de carrera. Durante el acto, dos de aquellos noveles olvidaron ejecutar el saludo reglamentario cuando fueron felicitados por el general Randy George. Este gesto, lejos de ser una anécdota menor, constituye un mensaje político deliberado. Nada de esto se habría requerido si el objetivo hubiera sido simplemente designar a esos individuos como meros asesores tecnológicos con perfil bajo o incluso secreto. Otorgarles un estatus castrense implica una ruptura simbólica profunda, porque ubica a las empresas tecnológicas compitiendo por un lugar que hasta hace muy poco tiempo tendían a rechazar, prefiriendo mostrarse como entidades inocuas antes que como piezas de una maquinaria destinada a matar de manera pública.

Lo que estamos presenciando es un giro ético de magnitudes colosales. Desde el año dos mil veintitrés, aproximadamente una treintena de firmas tecnológicas han flexibilizado o abandonado por completo sus compromisos de seguridad ética. La propia OpenAI revirtió su histórica prohibición de colaborar con fines militares. El caso más paradigmático es el de Google: en dos mil dieciocho, miles de sus empleados se movilizaron en protesta contra el uso de sus algoritmos en el Proyecto Maven del Departamento de Defensa estadounidense, destinado a procesar imágenes que determinaban ataques con drones. La presión interna forzó a Google a cancelar el contrato y a autoimponerse una veda para futuros desarrollos con intenciones bélicas. Pero el vacío dejado por aquella decisión fue ocupado inmediatamente por Palantir, que no tardó en ocupar aquel nicho sangriento.

El director ejecutivo de Palantir Technologies es Peter Thiel, una figura que durante su juventud en Sudáfrica apoyó abiertamente el régimen del apartheid y que se define a sí mismo como libertario. Su compañía se especializa en el análisis de macrodatos mediante inteligencia artificial y se ha convertido en el principal contratista del Departamento de Defensa de los Estados Unidos. La maquinaria de Palantir ya ha patrullado las redes sociales en la ciudad de Mineápolis para ejecutar redadas masivas contra inmigrantes. Y todas las miradas se dirigen hacia Thiel cuando se analiza el bombardeo a la escuela primaria iraní en Minab, un ataque doble que, según una investigación del periódico The Guardian, podría haber sido el resultado de una falla en el sistema Maven operado con la inteligencia artificial de Palantir, un sistema que toma decisiones instantáneas en el campo de batalla. De confirmarse esta hipótesis, aquel crimen pasaría a la historia de la tecnología como el primer infanticidio en masa cometido por un algoritmo, una entidad que jamás podría comparecer ante un juzgado a rendir cuentas.

Queda entonces meridiano que la glamorosa y aparentemente benévola Silicon Valley, que prometía soluciones universales y desarrollo global, se ha convertido en una pieza central de la maquinaria de guerra mundial. Quién iba a decir que el inocente Facebook, creado para conectar estudiantes dentro de un campus universitario, terminaría trabajando para la infraestructura de muerte más poderosa del planeta. Estamos siendo testigos del inicio de la fusión orgánica entre la élite tecnológica y el aparato militar. La idea que circula en los círculos de poder estadounidenses es la de generar un momento Oppenheimer, una instancia en la que la inteligencia artificial se incorpore a todas las tecnologías de guerra del mismo modo que aquel físico académico fue reclutado para desarrollar de urgencia la bomba atómica. El objetivo último es alcanzar la Inteligencia Artificial General, una entidad que supere a la capacidad humana, y convertir a los Estados Unidos en una potencia total y absoluta, de carácter virtualmente indestructible. Aunque ese extremo pertenezca todavía al terreno de la ciencia ficción, resulta evidente que los estrategas militares están vislumbrando una tecnología destructiva quizás tan poderosa como la nuclear, y no están dispuestos a permitir que China les saque ventaja.

Las declaraciones de Alex Karp, director ejecutivo de Palantir, no dejan lugar a dudas sobre la filosofía que impera en esa corporación. Cuando un entrevistador le preguntó acerca de la ilegalidad de la vigilancia mundial que ejerce su empresa y de su utilización para ultimar personas, Karp respondió con gélida franqueza: «Solo hay dos culturas que van a ganar… vamos a ser nosotros o China… si no somos quienes controlamos la violencia, no dictaremos el estado de derecho». Nada de todo esto constituye teoría especulativa ni apuesta futurista. Los contratos militares de estas empresas son ya monumentales. Meta colabora con la firma Anduril aportando cascos de realidad virtual aumentada con visión de trescientos sesenta grados para el combate, dispositivos que sirven para coordinar el lanzamiento de enjambres de drones. Palantir provee el software Gotham, utilizado por el Departamento de Guerra estadounidense para la selección de blancos. Los acuerdos de Thiel con los militares ascienden a diez mil millones de dólares. OpenAI posee contratos con el Pentágono por doscientos millones y acaba de absorber los que antes pertenecían a Anthropic, una empresa que se enfrentó a Donald Trump porque el uso militar de su inteligencia artificial denominada Claude violaba las barreras éticas que la firma se había impuesto, ya que se opone a la vigilancia de ciudadanos. Trump no dudó en calificar a Anthropic como «una empresa radical de izquierda y progresista».

El Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica de Irán ya ha anunciado que, a partir de ahora, las principales organizaciones que participen en operaciones terroristas serán consideradas objetivos legítimos. La mención apuntaba directamente a este tipo de compañías, bajo el entendimiento de que la guerra del siglo veintiuno se libra fundamentalmente en el terreno de los datos y los algoritmos, en un campo de batalla paralelo y virtual donde todo se decide a distancia mediante software que analiza imágenes satelitales. Posteriormente, el hardware pasa a la acción en escenarios difusos y fragmentados. Irán ya ha atacado centros de operaciones de Amazon y Oracle ubicados en plenas ciudades de Emiratos Árabes Unidos y Bahréin.

Estos director ejecutivo mercenarios, que programan robots asesinos en masa, se comportan como tecnólogos tanáticos con una libertaria carencia de empatía. Trabajan un día ataviados con bermudas y al siguiente con uniforme castrense, habiendo derribado prácticamente todas las barreras éticas que alguna vez pudieron contenerlos. En este contexto siniestro emergen personajes cívicomilitares como Sankar, Bosworth, Weil y McGrew, apenas la superficie visible de una maquinaria mucho más profunda. Son cínicos e inteligentes tecnobros formados en las mejores universidades, capaces de mostrarse absolutamente indiferentes ante el asesinato de un centenar de niñas provocado por un algoritmo programado con sus propias manos, siempre que al final del camino aguarde un contrato jugoso.

En lo que respecta a la Argentina, el primer acercamiento entre Peter Thiel y Javier Milei se produjo en el año dos mil veinticuatro, cuando el empresario llegó al país para conocer lo que él mismo definió como el primer experimento libertario de la historia. En aquella ocasión, Thiel ofreció sus servicios para perfeccionar el modelo. La continuidad del asunto quedó inicialmente en manos de la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, quien recibió con entusiasmo la propuesta, aunque luego fuera descartada por la secretaria general de la Presidencia, Karina Milei. Sin embargo, ahora todo parece avanzar sobre rieles más firmes, con el objetivo declarado de unificar todas las bases de datos del Estado argentino, un propósito que se encuentra contemplado en el artículo decimoquinto del decreto de la Secretaría de Inteligencia del Estado numerado 941/25. Dicha normativa incluye la creación de la denominada Comunidad de Inteligencia Nacional, cuyo cometido es cruzar información que abarca desde los registros de la Agencia de Recaudación de la provincia de Buenos Aires hasta el Registro Nacional de las Personas y otros organismos oficiales. Además de su reunión con el mandatario, Thiel parece estar echando raíces en el país sudamericano: adquirió en tiempo récord una mansión de mil seiscientos metros cuadrados en el exclusivo barrio Parque de Buenos Aires, por la cual desembolsó doce millones de dólares, una de las operaciones inmobiliarias más cuantiosas de los últimos años en el segmento de viviendas de lujo. Como complemento, realizó un viaje vacacional en familia a la ciudad de Bariloche, hospedándose en el emblemático hotel Llao Llao.

Mientras tanto, la sociedad argentina permanece mayoritariamente ajena a la trascendencia de estos movimientos. La cesión de datos íntimos y sensibles de millones de ciudadanos a una corporación extranjera con un historial tan sangriento y una filosofía tan explícitamente belicista no parece generar aún el necesario debate público. Pero los hechos están allí, consumándose en silencio, mientras los algoritmos se preparan para cruzar la información de los argentinos sin control judicial ni ético. La historia ha demostrado, una y otra vez, que cuando el poder se concentra sin rendición de cuentas, las consecuencias suelen ser devastadoras. Y en esta ocasión, el arma no es un fusil o un misil, sino un sistema inteligente capaz de decidir quién vive, quién muere y quién es vigilado, todo ello desde la frialdad insensible de una linea de código.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *