Definición polémica: el sistema de consagración del fútbol argentino vuelve a encender el debate

Definición polémica: el sistema de consagración del fútbol argentino vuelve a encender el debate

Estudiantes y Platense fueron campeones el año pasado pese a terminar octavos en sus respectivas zonas. En los octavos de final del Apertura, River (segundo en su grupo) y San Lorenzo (séptimo) ofrecieron un espectáculo parejo que terminó inclinándose del lado del conjunto más rezagado en la tabla, en una nueva muestra de las rarezas que atraviesa el certamen.

El torneo doméstico argentino mantiene vigente una mecánica de consagración que, lejos de apaciguar las críticas, vuelve a encender la discusión entre especialistas y aficionados. La posibilidad de que aquellos conjuntos que acumulan una cosecha numérica inferior terminen alzándose con el trofeo final se ha convertido en una constante incómoda. El pasado calendario dejó un ejemplo elocuente: tanto Estudiantes como Platense alcanzaron la vuelta olímpica después de haber concluido en la octava colocación de sus respectivas zonas, una paradoja que aún resuena en la memoria futbolera.

La presente edición del certamen Apertura no hizo más que profundizar esa tendencia imprevisible. Los cruces correspondientes a los octavos de final volvieron a sembrar el asombro, y esta vez el escenario fue el Monumental, donde River Plate, que había finalizado segundo en su grupo, recibió a San Lorenzo, que había terminado séptimo. A lo largo de los noventa minutos reglamentarios, ninguna de las dos escuadras logró imponer diferencias sustanciales que reflejaran la distancia que los separaba en la tablilla inicial.

El nivel general exhibido por las formaciones argentinas oscila en un umbral de regularidad, sin que sea sencillo hallar pasajes de lucidez técnica sostenida. Las fricciones en el terreno de juego se vuelven entonces inevitables, y precisamente una de ellas torció el rumbo del encuentro en Núñez. Reali fue expulsado a los treinta minutos tras cometer una infracción de consideración sobre Galván, una acción que derivó en la tarjeta roja y condicionó de inmediato el desarrollo del pleito.

San Lorenzo, lejos de resquebrajarse ante esa circunstancia adversa, redobló esfuerzos y encontró pronto su recompensa. Apenas acechó por vez primera las inmediaciones del arco rival, concretó la ventaja. Barrios avanzó veloz por el sector izquierdo, envió un centro preciso hacia Auzmendi, y este, sin marcador que lo hostigara, conectó un cabezazo certero para establecer el uno a cero. La superioridad numérica que ostentaba River en el papel se desdibujaba en la cancha; el dueño de casa no lograba imponer su dominio.

El reloj corría sin pausa, y desde las gradas empezaron a elevarse reclamos dirigidos hacia los futbolistas locales. La exigencia no decayó tras el entretiempo, sino que se intensificó. El empuje colectivo derivó finalmente en la paridad alcanzada por Acuña, quien resultó la figura más destacada del conjunto de Núñez. El mediocampista definió con un remate cruzado, exquisito, después de una habilitación magistral de Quintero, que había ingresado minutos antes desde el banco de suplentes.

Ese gol inyectó un envión anímico innegable en River, que a partir de entonces insistió con ahínco en busca del desnivel. Sin embargo, sus aproximaciones fueron apenas insinuaciones, intentos que no cristalizaron en situaciones claras de peligro. La igualdad se fue consolidando en el marcador y terminó por trasladar la definición al tiempo suplementario, un territorio donde los pronósticos suelen volverse frágiles.

El desconcierto para la hinchada local llegó rápido, a los cuatro minutos del alargue. Un joven llamado López aprovechó una jugada detenida con astucia y empujó el balón al fondo de la red, desatando la algarabía en el reducido contingente visitante y el estupor en la mayoría de las tribunas. La bronca se desató entonces sin filtro entre los simpatizantes riverplatenses, y no tardaron en escucharse insultos cada vez más ostensibles. Por primera vez en ese escenario, el grito destemplado de “que se vayan todos” retumbó con inusitada fuerza.

Pero la noche guardaba aún una sacudida. Cuando el cronómetro agonizaba en el descuento del tiempo extra, Quintero emergió nuevamente para silenciar el estadio con un empate agónico que forzó el desenlace por la vía de los penales. La tragedia desde los doce pasos, no obstante, quedó del lado de River, que vio frustradas sus aspiraciones inmediatas. El conjunto de Marcelo Gallardo deberá ahora afrontar la siguiente instancia ante Gimnasia, mientras el sistema de definición del campeonato argentino sigue generando más preguntas que certezas, alimentando una controversia que parece no tener fin.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *