Las violentas ráfagas de viento y el oleaje descomunal causaron estragos en Quequén, Mar del Plata y Monte Hermoso, mientras dos deportistas fueron rescatados en condiciones extremas tras ignorar las advertencias oficiales
El litoral atlántico de la provincia de Buenos Aires amaneció este domingo con un paisaje desolador tras el embate de un fenómeno meteorológico de singular ferocidad. Durante todo el fin de semana, las comunidades costeras sufrieron las consecuencias de un temporal que combinó vientos huracanados, marejadas extraordinarias y precipitaciones persistentes, dejando una huella de destrucción material que recién comienza a dimensionarse. Las localidades de Quequén, Mar del Plata y Monte Hermoso figuraron entre las más perjudicadas por este episodio climático adverso, que puso a prueba la capacidad de respuesta de los sistemas de emergencia y evidenció, una vez más, la imprudencia de quienes deciden subestimar los peligros del mar.
Antes de que la furia de la naturaleza se desatara con toda su potencia, el Servicio Meteorológico Nacional (SMN) había activado alertas de nivel amarillo y naranja para la zona costera. Los modelos predictivos anticiparon con precisión lo que sobrevendría: una columna de aire cálido y cargado de humedad colisionaría frontalmente con una masa de aire frío, generando las condiciones propicias para el desarrollo de un ciclón de características particulares, conocido técnicamente como ciclogénesis. Las ráfagas de viento alcanzaron velocidades cercanas a los cien kilómetros por hora, mientras que las olas, en distintos puntos del litoral bonaerense, treparon hasta alturas de entre siete y ocho metros, convirtiendo el paisaje marítimo en una trampa mortal para cualquier embarcación o persona que osara adentrarse en sus dominios.
Dos individuos desafiaron las restricciones vigentes para la navegación y la práctica de actividades acuáticas, poniendo en grave riesgo no solo sus propias vidas sino también las de quienes debieron acudir en su auxilio. En la populosa ciudad de Mar del Plata, dos hombres de 53 y 47 años hicieron caso omiso de los repetidos llamados a la precaución y se lanzaron al agua para practicar parawing, un deporte que aprovecha la fuerza eólica para deslizarse sobre la superficie marina. La intensidad del oleaje y la violencia de las ráfagas impidieron que pudieran retornar por sus propios medios a la orilla, dejándolos a merced de un escenario cada vez más hostil. Fue un trabajador de un club náutico quien, al divisar la situación crítica, dio aviso al Centro de Gestión de Tráfico Marítimo de la ciudad, activando así un operativo de rescate que movilizó a la Prefectura Naval.
Los agentes del cuerpo de seguridad desplegaron una embarcación semirrígida y coordinaron acciones con patrulleros terrestres, además de mantener comunicación permanente con el guardacostas apostado en el Río Luján. En un primer intento lograron extraer del agua a los dos deportistas, quienes afortunadamente resultaron ilesos y no requirieron asistencia médica posterior. Sin embargo, el heroísmo de los rescatistas tuvo un costo elevado en términos de exposición al peligro: las condiciones meteorológicas tan adversas dificultaron extremadamente la maniobra de retorno a la base, poniendo en serio riesgo tanto a la tripulación como a la integridad de la propia embarcación. La Unidad Fiscal de la ciudad intervino de inmediato y solicitó que se tomara declaración a los dos individuos, además de impulsar un proceso judicial por haber incurrido en desobediencia a las prohibiciones de navegación. Lamentablemente, estos dos adultos no constituyeron un caso aislado de temeridad: también se registraron surfistas internándose en el mar a pesar de que las olas superaban los tres metros de altura.
Los destrozos materiales adquirieron proporciones realmente alarmantes en distintos puntos de la geografía costera. En Mar del Plata, uno de los sectores del emblemático Torreón del Monje fue testigo de una escena dantesca: una hamburguesería y un gimnasio contiguo sufrieron una inundación de gran magnitud. Las olas impactaban con furia contra los ventanales y se filtraban al interior de manera rítmica e inexorable. Los vidrios del establecimiento deportivo terminaron estallando por la presión combinada del agua y la potencia del viento. El local gastronómico, por su parte, tomó la decisión de cerrar sus puertas de manera anticipada, y sus empleados intentaron frenar el avance de la destrucción tapiando los accesos con maderas. “Por fortuna todo se hizo a tiempo para resguardar la integridad física del personal y de los clientes, pero es una lástima que se rompió muchísimo y todavía el temporal no ha pasado”, relataba uno de los propietarios desde el mismo local en la noche del sábado.
Monte Hermoso se llevó la peor parte en términos de infraestructura costera. El mar avanzó con tal violencia que destruyó más de dos mil metros lineales de su rambla, y fragmentos de esta construcción aparecieron dispersos en calles internas de la ciudad, llegando a desplazarse hasta ciento cincuenta metros de su ubicación original. La ironía amarga es que algunos tramos habían sido objeto de reconstrucción en fecha reciente. El jefe del cuerpo de bomberos, Heber Hurst, señaló que aproximadamente el noventa por ciento de las estructuras correspondientes a los servicios de playa sufrieron daños, y en varios casos las consecuencias edilicias resultaron graves. Durante todo el temporal, los equipos de Defensa Civil, bomberos y cooperativas eléctricas trabajaron sin descanso para brindar asistencia a la comunidad y sostener los servicios esenciales, según informó el intendente Hernán Arranz. Una vez que el episodio climático cedió, las cuadrillas comenzaron la titánica tarea de retirar los tramos de rambla esparcidos y las estructuras dañadas, con el objetivo de restablecer condiciones mínimas de seguridad y circulación. En los balnearios, las labores de limpieza y recolección de escombros continúan realizándose. El jefe comunal lanzó una advertencia que no deja lugar a dudas sobre la magnitud de la catástrofe: “Todavía no podemos cuantificar los costos porque nos hallamos en plena etapa de evaluación de los perjuicios, pero la reconstrucción demandará cifras millonarias”.
Quequén, por su parte, amaneció este domingo envuelta en una bruma marina que ocultaba un fenómeno tan fascinante como inusual. Debajo de las sombrillas de los balnearios, sobre las calzadas y los médanos, se extendían grandes capas de espuma blanca que se desplazaban impulsadas por el viento, asemejándose a copos de nieve en un paisaje que jamás los recibe. Los residentes más longevos aseguraron no haber presenciado nada igual en décadas. Esta espuma, que se origina a partir de la mezcla de sales, materia orgánica y microorganismos marinos, alcanzó una escala insólita debido a los cuatro días consecutivos de vientos extremos y al comportamiento atípico del mar, que removió con inusitada energía los componentes necesarios para su formación.
Silvio Traverso, subdelegado de la localidad balnearia Marisol —perteneciente al partido de Coronel Dorrego y situada en las cercanías de Claromecó— manifestó que su inquietud principal se centraba en el río Quequén Salado. La combinación de la marea elevada con las precipitaciones registradas aguas arriba provocó un aumento considerable del caudal, que terminó anegando gran parte de la localidad. Una ordenanza municipal establece que las viviendas próximas al río deben edificarse sobre cimentaciones profundas. “Todas las casas construidas sobre pilotes que han tenido entre treinta y cuarenta centímetros de agua son aquellas levantadas en un nivel más alto, por lo tanto el sistema funcionó adecuadamente”, explicó el funcionario. Afortunadamente, la localidad no sufrió la caída de árboles ni tuvo evacuados, salvo una pareja de adultos mayores trasladados por prevención. No obstante, el agua salada penetró hasta la Plaza del Sol, situada a quinientos metros de la línea costera. El subdelegado advirtió que, al no contar con una costa tan edificada como otras ciudades balnearias, sufrieron una menor erosión, aunque sus paradores también recibieron el impacto destructivo del temporal.
