Docentes, estudiantes secundarios y universitarios, autoridades académicas, familias y gremios obreros compartieron el mismo diagnóstico bajo el sol del microcentro: el ajuste libertario ahoga a la casa de estudios y sus hospitales. “Milei, estás reprobado”, corearon mientras el gobierno miraba desde las redes.
Fue el ingenio popular, desbordante y callejero, el que le puso el sello distintivo a una jornada que quedará grabada en la memoria reciente de la educación argentina. La cuarta marcha federal universitaria, convocada con una adhesión masiva que sorprendió incluso a los organizadores, transformó las arterias de Buenos Aires en un torrente humano donde las consignas políticas, los cantitos estudiantiles y las banderas intervenidas convivían con una exigencia central: el cumplimiento irrestricto de la ley de financiamiento educativo. “La universidad pública está más pelada que Adorni antes de ser funcionario”, ironizaba un cartel casero, mientras otro recordaba, con precisión militante, que “la ciencia no es cara, lo caro es la ignorancia”. No faltaron las pullas directas al poder: “Milei, estás reprobado, no sabés cumplir la ley”, ni los guiños punzantes al núcleo duro del gobierno: “Karina, vení a Exactas que te descomponemos el 3 por ciento”.
El mediodía encontró a los jóvenes de los colegios secundarios de la Ciudad —no únicamente aquellos dependientes de la universidad, directamente castigados por la tijera libertaria, sino también los provenientes de cada escuela pública del conurbano— reuniéndose en sus establecimientos antes de converger en la Plaza Houssay. Allí, puntualmente a las dos de la tarde, se sumaron los docentes de la Asociación de Docentes de la UBA (Aduba) y las columnas de las facultades linderas, como Medicina y Exactas. La Coordinadora de Estudiantes de Base (CEB) demostró una organización envidiable: los más jóvenes, lejos de ser comparsas, fueron el motor más vibrante de la protesta, saltando y entonando canciones durante todo el recorrido, custodiados por un operativo de seguridad aceitado que involucró a maestros, padres y los propios alumnos.
Francisca, una vocera del CEB, calculó que cerca de cuatro mil estudiantes pertenecientes a una veintena de colegios marchaban agrupados en esa columna que trepaba por la avenida Callao. Su diagnóstico fue lapidario: “El desfinanciamiento se nota en todos los recursos que faltan, pero sobre todo en el malestar de nuestros docentes, que tienen que conseguir más trabajos, descansan menos o, en muchos casos, terminan renunciando. Estamos acá por ellos”. La misma sintonía encontró Facundo Tesler, de la Unión de Centros de Estudiantes Preuniversitarios (Uncep), al resumir el malestar general: “El gobierno se caga en nuestros docentes, en el futuro de la Patria y en la salud de millones de argentinos, porque los hospitales universitarios ya no dan más”. A su lado, flameaba por primera vez en este conflicto una bandera que anunciaba a un nuevo actor: las Familias Autoconvocadas.
Más adelante, una extensa enseña negra cruzaba casi de punta a punta la Avenida de Mayo con un mensaje que no daba lugar a dudas: “Defendamos la UBA”. Quienes la sostenían eran las máximas autoridades de la casa de altos estudios y sus facultades, los responsables de los hospitales universitarios, junto con representantes gremiales y de los centros de estudiantes. La imagen de unidad era tan elocuente como el reclamo. Emiliano Yacobitti, vicerrector de la UBA, lamentó ante los periodistas la actitud del Ejecutivo: “Las universidades nacionales necesitamos dialogar con el gobierno, y no solo para discutir asuntos presupuestarios. Eso es lo que venimos pidiendo una y otra vez, y lo único que recibimos son provocaciones”. Yacobitti aludía al nuevo recorte anunciado la víspera de la marcha, un ajuste adicional que golpeó con crudeza las partidas de infraestructura e investigación. “La verdad que *Página/12* tituló muy bien: ‘Milei convocó a la marcha’ —señaló el vicerrector, con el diario en la mano—. Es una provocación más, no solo a las universidades sino a toda la sociedad. Las auditorías que supuestamente faltan están publicadas en la página de la Auditoría General de la Nación. Acá lo que realmente falta es cumplir la ley.”
Entre las filas, el guardapolvo blanco de Marcelo Mela, director del Hospital de Clínicas, no pasaba inadvertido. Cuando se le pidió que sintetizara en una sola palabra el clima que se respira dentro de ese emblemático centro de salud, el profesional no dudó: “Tristeza”. Y amplió: “Al hospital llega gente muy necesitada. La verdad, habernos formado para ayudar a esta gente y no poder hacerlo te genera una enorme tristeza. Es el ambiente que está instalado en todo el hospital”. A su costado, asentían Norberto Lafos, director del Lanari —el instituto de investigaciones médicas de la UBA— y Roxana del Águila, directora del Instituto Roffo, un referente en oncología. Los tres graficaron con crudeza la situación: “El reclamo no es solo por nuestros salarios, que también es un punto importante. Es que ya no alcanza para los gastos operativos, para el funcionamiento del día a día en nuestros hospitales. No tenemos dinero para comprar lo más básico. Y no es una manera de decir: faltan gasas, faltan agujas, se reprograman o se suspenden cirugías por falta de insumos”.
Mientras los acordes de Lali y su crítica “Fanático” sonaban al ritmo de trompetas y batucadas, la gente seguía llegando desde todos los puntos de concentración. Cuando se acercaba la hora de la lectura del documento oficial, ya era imposible transitar por las veredas. Sobre la avenida Corrientes, las columnas también avanzaban con sus banderas, volviendo peatonal incluso las calles que por ordenanza no lo son. Turistas azorados tomaban fotografías y preguntaban qué sucedía. Entre los manifestantes, muchos mostraban sus teléfonos con los frenéticos reposteos que el presidente Javier Milei había publicado en las últimas horas, denunciando supuestas conspiraciones detrás de tamaña movilización ciudadana. “Alguien que le diga a este muchacho que largue las redes sociales y abra la ventana de la Casa Rosada”, pidió un manifestante. “La realidad es esta, y alguna vez la va a tener que escuchar.” El grito, por ahora, sigue en la calle.
