Gustavo Converti, un cocinero con décadas de oficio, sobrevivió a las crisis de Menem y Macri, pero no resistió la tormenta económica del actual gobierno. Su testimonio refleja una oleada de cierres que arrasa con el comercio minorista y la restauración en todo el territorio nacional, víctimas de un derrumbe del consumo y de facturas de servicios imposibles de afrontar.
A los 58 años, Gustavo Converti creyó haberlo visto todo. Cuchillo en mano desde los quince, atravesó hiperinflaciones, default y recesiones. Sin embargo, ninguna de aquellas batallas lo dejó tan despojado como la actual. Hoy, el chef que alguna vez atendió su propio restaurante vive al filo del desahucio en una pensión, después de tener que bajar para siempre la persiana de su negocio. “Me quedé en la calle”, resume con la voz quebrada, en una frase que se ha vuelto un lamento colectivo para miles de pequeños emprendedores.
El drama de Converti no es un hecho aislado. Según reveló en diálogo con El Destape 1070, logró mantenerse a flote durante las gestiones de Carlos Menem y Mauricio Macri, pero el escenario actual, bajo la conducción de Javier Milei, resultó letal. “Con este gobierno, los precios de los alimentos se dispararon a tal punto que ya no pude sostener el local. Y lo peor es que intentan inculcarte que el fracaso es personal, que cometiste errores. Pero casos como el mío existen por cientos de miles. Esta es la verdad cruda del país”, sostuvo el gastronómico, que decidió cerrar sus puertas antes de ahogarse en una espiral de deudas.
Los números que describió Converti coinciden con los informes sectoriales más crudos. El hombre detalló que el costo de la electricidad en su comercio llegó a superar el alquiler mensual, un síntoma de los tarifazos que, en algunos rubros, significaron incrementos superiores al quinientos por ciento en servicios esenciales. “Me endeudaba, me endeudaba y me volvía a endeudar. El consumo cayó tanto durante el último año que la única salida honorable fue cerrar”, explicó. Antes de quedarse absolutamente vacío, destinó toda su liquidez restante a saldar los sueldos de sus empleados, un gesto que retrata su ética de trabajo.
El contexto macroeconómico no hace más que validar su angustia. Las estadísticas recientes indican que el sector gastronómico perdió más de una quinta parte de su clientela en el transcurso de los últimos doce meses, mientras que el turismo receptivo —vital para muchos restaurantes— se contrajo un veinticinco por ciento. Los locales vacíos se multiplican a lo largo y ancho del país, desde los polos gastronómicos porteños hasta las ciudades del interior, donde la caída de la demanda y el alza imparable de insumos básicos forman un cóctel letal.
Converti, que levantó su emprendimiento con el sudor de su frente durante décadas, terminó su relato con una reflexión que resuena como una crítica a la meritocracia elevada a dogma. “Ese cuento de que el esfuerzo siempre triunfa no funcionó acá. En gobiernos de derecha extrema es donde yo he perdido todo”, sentenció el cocinero, que ahora mira hacia el futuro sin red de contención. Su historia no es la de un fracaso individual, sino el espejo de una crisis que, silenciosa pero inexorable, sigue expulsando a los soñadores de la clase trabajadora argentina.
