En medio del desgaste oficialista, la líder del PRO capitaliza su perfil duro, alimenta especulaciones electorales y se sacude en un tablero donde Lilia Lemoine impone los códigos de lealtad. El escándalo en torno a Adorni, los roces con el alcalde porteño y una interna que no cesa.
En el vértigo de la política argentina, donde cada gesto se multiplica como una profecía, emerge una figura que parece desafiar la gravedad del desencanto oficial. Mientras la imagen presidencial acusa un retroceso sostenido en los sondeos, la exministra de Seguridad Patricia Bullrich no solo se mantiene a flote sino que, en varias mediciones, logra escalar al mismo peldaño que el jefe de Estado o incluso superarlo. Eeste fenómeno, lejos de ser casual, enciende todas las alarmas en la Casa Rosada y, en particular, en el reducido círculo íntimo que comandan los hermanos Milei. No se trata únicamente de números fríos; lo que late en el trasfondo es una reconfiguración de poder que anticipa movimientos en el tablero electoral.
Para comprender las grietas que se abren en el oficialismo, resulta ineludible prestar oídos a una voz que suele ser el termómetro más fiel de los límites y estigmas que impone el dúo presidencial: la diputada nacional Lilia Lemoine. Ella, con su estilo frontal y sin concesiones, se ha erigido en una suerte de centinela retórica que delimita quiénes están adentro y quiénes afuera de la órbita de confianza máxima. Cuando defiende con uñas y dientes a José Luis Espert o al portavoz Manuel Adorni, cuando arremete contra Marcela Pagano o la vicepresidenta Victoria Villarruel, Lemoine no hace otra cosa que trazar el mapa de afectos y desafectos que rigen en el palacio gubernamental. Y en ese mapa, Patricia Bullrich ocupa un lugar cada vez más visible, pero también más vigilado.
La propia Lemoine se encargó de poner un foco incómodo sobre la dirigente del PRO. En una reciente entrevista en el ciclo Blender, la legisladora nacional planteó una reflexión que sonó tanto a advertencia como a recordatorio de las reglas no escritas: “Siento que la fogonean mucho”, dijo al ser consultada sobre el creciente protagonismo de Bullrich. Días antes, en su cuenta de la plataforma X, ya había aclarado que cuando hablaba despectivamente de “las viudas de Macri” no apuntaba contra la senadora nacional, sino contra quienes, según su mirada, operaban en las sombras para erosionar al jefe de Gabinete y al mismísimo Presidente. La puntada, sin embargo, dejó en el aire una inquietud persistente: ¿era necesario que Lemoine subrayara con tanta énfasis la lealtad de Bullrich hacia el mandatario? ¿O se trataba, en verdad, de un mensaje cifrado destinado a acotar los pasos de una aliada que empieza a proyectar sombra propia?
La tensión de fondo no es nueva, pero sí se ha intensificado en las últimas semanas. Por un lado, Bullrich ha optado por un perfil bajo pero estratégico: evita confrontaciones directas con el oficialismo, defiende el rumbo económico y se muestra como una figura de orden y seguridad, aquello que supo capitalizar durante su gestión. Por otro lado, el escándalo que salpicó al vocero Manuel Adorni —con pedidos públicos de presentación de declaraciones juradas— puso a prueba los límites de esa alianza incómoda. Aunque la propia Bullrich no fue la primera en reclamar transparencia al portavoz, fuentes cercanas admiten que en su entorno creció la incomodidad ante la exposición de ciertos manejos comunicacionales que rozan el doble estándar. El hecho de que, finalmente, la exministra no haya suscripto el pedido formal de exhibición de bienes de Adorni resulta tan elocuente como una elipsis: no quiso romper, pero tampoco avaló en silencio.
Paralelamente, el vínculo con el jefe de Gobierno porteño, Jorge Macri, registra un progresivo distanciamiento. Los cruces por la herencia en seguridad, los recursos de la Ciudad y la pulseada por la conducción del PRO son capítulos de una misma novela interna. Mientras el alcalde ensaya un perfil más dialoguista con la administración nacional, Bullrich se inclina por un rol de contralor firme y, cuando hace falta, de oposición interna. En las reuniones de la mesa chica del partido amarillo, la ex candidata presidencial ya no disimula su aspiración de ser la referente excluyente del espacio de centroderecha, por encima de cualquier otro liderazgo metropolitano.
El desafío que se abre para los hermanos Milei es, entonces, mayúsculo. No pueden prescindir del respaldo político y la estructura territorial que Bullrich aporta, pero tampoco toleran que nadie —ni siquiera una aliada de peso— opaque el liderazgo único que ellos encarnan. La hipótesis que circula en los pasillos legislativos es que la exministra estaría tejiendo una red de apoyos pensando en un escenario poselectoral, ya sea para ocupar un lugar central en una eventual reconfiguración del gabinete o, más audazmente, para capitalizar su propio proyecto presidencial si el oficialismo continúa su declive en las encuestas.
En ese horizonte incierto, la frase de Lilia Lemoine —“no se va a presentar nuevamente para la elección nacional”— intenta clausurar cualquier especulación. Pero la experiencia indica que en política, las negativas rotundas suelen ser el prólogo de los movimientos más audaces. Por ahora, Patricia Bullrich camina sobre una delgada línea: demuestra lealtad, pero no resigna autonomía. Sonríe a la cámara, pero afila el cuchillo en la trastienda. Y mientras la figura presidencial se desgasta, ella se mantiene firme en el podio de las preferencias, esperando que el tablero se sacuda para definir su próxima jugada. Todo, bajo la supervisión incesante de los hermanos que detentan el poder real.