A quince años del duelo que marcó el descenso millonario, el “Pirata” disputará su primera definición en la máxima categoría frente al mismo rival. Zielinski, testigo y protagonista de aquel tiempo, vuelve a cruzarse con un River que busca transformar una herida abierta en trofeo.
En aquel lejano 26 de junio de 2011, el suelo del estadio Mario Kempes tembló con un empate 1 a 1 que, sin embargo, supo a derrota eterna para una multitud de corazón sangrante. River Plate acababa de sellar uno de los dos episodios más trascendentales de su centenaria existencia —el otro, sin discusión, fue la consagración en la Copa Libertadores—, aunque esta vez el desenlace fue el descenso a la segunda categoría. La paridad en el marcador no alcanzaba: la caída en la ida, disputada en tierras cordobesas, había dejado una losa demasiado pesada.
Quince rotaciones del calendario más tarde, el mismo escenario, el mismo rival y un contexto invertido por la épica. Belgrano de Córdoba se juega este domingo 24 uno de los dos partidos más relevantes de su rica historia —el otro fue, justamente, aquel memorable cruce de 2011— al enfrentar en la final de la Copa de la Liga al poderoso River. Nunca antes el conjunto pirata había llegado a una definición en la elite del fútbol argentino. La paradoja es ineludible: la víctima de antaño ahora se erige como verdugo potencial.
Todo el morbo que despierta esta encrucijada se destilará durante los días previos al choque. Pero existe una curiosidad que agrega una capa adicional de dramatismo: el “Ruso” Ricardo Zielinski, aquel estratega que comandaba al Belgrano del 2011, regresa después de un periplo de idas y vueltas para sentarse otra vez en el banquillo celeste justo cuando el destino lo cruza con el mismo gigante al que ayudó a derribar hace quince años.
Las cifras históricas dibujan una hegemonía evidente. Antes de aquel duelo fatal para River, ambos equipos se habían medido en 25 oportunidades, con 18 victorias millonarias, cinco empates y apenas dos reveses. Desde entonces hasta hoy, se enfrentaron en doce ocasiones adicionales: siete triunfos para el conjunto de Núñez, cuatro para el pirata y una única igualdad. La estadística sonríe al grande, aunque el pasado reciente siembra dudas.
River aparece por encima en los números fríos, pero también —aunque con menor distancia— en la consideración de lo que suele llamarse la cátedra del fútbol. Los individualidades del equipo dirigido por Martín Demichelis poseen más jerarquía, mayor capacidad de fuego ofensivo, una vocación ofensiva más pronunciada y una presión para recuperar el esférico que intimida. Sobre todo, el conjunto millonario arriba engrandecido tras el claro triunfo ante Rosario Central, un encuentro que ni siquiera demandó la disputa de un alargue. Sin embargo, ese festejo dejó heridas profundas: las lesiones de Sebastián Driussi, Gonzalo Montiel y Aníbal Moreno castigan la formación, mientras que Marcos Acuña transita al límite de sus capacidades físicas.
Del otro lado, Belgrano llega exhausto luego de un desgastante suplementario frente a Argentinos Juniors. La victoria tuvo sabor a hazaña, pero el precio fue alto: Lisandro López quedó fuera por lesión, y las presencias de Zelarayán y Passerini están en capilla, bajo la lupa del cuerpo médico. La infernal seguidilla de compromisos comienza a pasar factura en todos los planteles, y el pirata no es la excepción.
El desempeño celeste en las semifinales dejó luces y sombras. Fue ampliamente superado durante los primeros cuarenta y cinco minutos, y recién encontró respiro cuando su máxima estrella, el “Chino” Zelarayán, recibió el acompañamiento del “Mudo” Vázquez y el ingreso de “Uvita” Fernández. A pesar de esa mejoría, el conjunto de Zielinski no logró redondear una actuación completa ni convincente.
Pero hay un dato que ningún análisis táctico puede ignorar, y que emparenta a ambos finalistas con una misma dosis de épica y resistencia. En los octavos de final, River estuvo noqueado frente a San Lorenzo, rescató un gol agónico sobre la hora y levantó dos puntos de partido para terminar imponiéndose desde los doce pasos. Algo asombrosamente similar le ocurrió a Belgrano en la semifinal jugada en La Paternal: igualó el marcador en el último suspiro, cuando todos lo daban por eliminado, y en la tanda de penales levantó un match point que parecía definitivo. Ambos llegan con el corazón entrenado en el sufrimiento.
La supuesta ventaja de jugar la final en Córdoba es, cuando menos, relativa. Las 57 mil localidades se distribuirán en porciones idénticas: 28.500 para cada parcialidad. En rigor, a River quizás le hubiera convenido enfrentar a Argentinos Juniors, pues es probable que ese rival no hubiera cubierto la totalidad del espacio asignado, y se sabe que en la provincia mediterránea abundan los hinchas millonarios dispuestos a ocupar cualquier butaca vacía.
Por último, nunca resulta grato para el universo riverplatense que le recuerden el descenso. Y esta final, inevitablemente, lo hará. Pero el deporte, caprichoso y justiciero a la vez, ofrece al menos una oportunidad que ningún relato puede desdeñar: la de tomarse revancha en el mismo escenario, frente al mismo adversario, con una copa en juego y quince años de silencio para romper.