El espejismo del Presidente: Milei culpa al aborto por la caída de la natalidad mientras los datos señalan un desplome histórico desde 1870

El espejismo del Presidente: Milei culpa al aborto por la caída de la natalidad mientras los datos señalan un desplome histórico desde 1870

Durante una extensa maratón mediática de cinco horas, el mandatario descalificó con violencia inusitada a la periodista Débora Plager, a quien vinculó con un supuesto genocidio, y responsabilizó a la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo por el descenso en los nacimientos. Sin embargo, los registros oficiales del INDEC y la cartera sanitaria nacional desarman la hipótesis presidencial: el fenómeno es global, pluricausal y se remonta a más de ciento cincuenta años atrás, mucho antes de la sanción de la norma.

La noche del jueves se convirtió en un escenario de vértigo discursivo. El presidente Javier Milei desplegó un monólogo fragmentado que se prolongó por espacio de cinco horas, dividido equitativamente entre dos plataformas digitales. Primero, durante dos horas y media en la transmisión Carajo, acompañado por Daniel Parisini —conocido en el ecosistema virtual como el Gordo Dan—, y luego otras dos horas y media en el canal Neura. En el transcurso de esa intervención colosal, el jefe del Estado ofreció una interpretación que pretendía explicar el retroceso de la natalidad argentina como una consecuencia directa de la sanción de la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo, aprobada en 2020. Pero sus afirmaciones chocan de frente con la evidencia empírica: los guarismos oficiales revelan que la mengua de los nacimientos no solo constituye una tendencia planetaria, sino que en la Argentina se verifica de manera sostenida desde 1870.

Tanto el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC) como el Ministerio de Salud de la Nación coinciden en señalar que, si bien se registró un quiebre abrupto en la curva durante 2014 —esto es, media década antes de que el aborto legal viera la luz—, el decrecimiento de la natalidad responde a un proceso demográfico de larguísimo aliento. Las causas que lo motorizan son esencialmente culturales y sociales, y se inscriben en transformaciones profundas que exceden cualquier norma particular.

Sin embargo, lejos de circunscribirse a ese debate, Milei orientó buena parte de su alocución a ensañarse con la figura de la periodista Débora Plager. Los calificativos que le endilgaron fueron de una crudeza inhabitual: la tildó de “cómplice de genocidio”, de “asesina” y de “sorete”, por haber defendido en su momento la ley de despenalización del aborto. El Presidente terminó responsabilizándola personalmente por la baja en los nacimientos y por los problemas de financiamiento del sistema jubilatorio argentino —dificultades que, paradójicamente, su propia administración profundiza mediante iniciativas como la reforma laboral.

“¿Alguien puede informarle a Plager que es cómplice de asesinato?”, disparó el mandatario, para luego mencionar un episodio ocurrido en la Clínica Santa María de Villa Ballester, donde se realizaban abortos en el marco de la ley. “Cuando aparecieron los ocho niños muertos en el hospital… Niños de siete a ocho meses. Ella se enoja con el jurista que defendía eso —en alusión al fiscal Santiago Bridoux—. ¿Ella cuenta que fue al Congreso a defender la ley del aborto?”, se preguntó retóricamente.

La virulencia del ataque no se detuvo allí. Milei extendió la acusación a todo el colectivo de los “pañuelitos verdes”, a quienes señaló como “cómplices de todos los muertos que hay por abortos” y como “asesinos en el vientre de la madre”. “Yo me pregunto cuál es su formación en temas de biología y bioética para ir a exponer siendo solo una periodista”, añadió, mientras vestía la camiseta de Allen & Compañy, un fondo buitre que busca quedarse con los recursos de Vaca Muerta. Luego remató: “¿Tenemos idea de la desproporción mayúscula del ego de esa mujer hablando de algo que no tiene ni la más puta idea? Fue a hablar de algo de lo que no sabe”.

Conviene recordar, en este punto, que la interrupción voluntaria del embarazo no fue un capricho ni una imposición desde los escritorios. Fue una discusión profundamente democrática, que implicó años de debates públicos, participación social masiva, acumulación de evidencia científica, estadísticas sanitarias, testimonios desgarradores y la adhesión de figuras de la cultura y de gran parte del arco político argentino. Tras décadas de lucha del movimiento de mujeres local, la sociedad llevó adelante el debate sobre el tema con una intensidad especial entre 2018 y 2020, hasta convertir ese largo recorrido en ley. El consenso que tuvo como corolario la sanción de la ley no surgió de una conspiración ideológica antinatalista, como suelen sostener voces de la ultraderecha mundial, sino de una transformación social construida con argumentos, estadísticas, experiencias concretas y una realidad que resultaba imposible de seguir negando: las mujeres abortaban igual, solo que las pertenecientes a los sectores populares tenían muchas más probabilidades de morir en la clandestinidad.

A pesar de esta complejidad, la noche del jueves Milei introdujo la caída de la tasa de natalidad como uno de los ejes centrales de su exposición, entre descalificaciones, teorías sin sustento y una larga serie de autoelogios. Su objetivo era claro: culpar al aborto legal de un fenómeno demográfico de naturaleza multicausal. Pero los datos oficiales lo contradicen de manera terminante. La natalidad en la Argentina viene cayendo desde hace más de un siglo: de 6,8 hijos por mujer en 1870 se pasó a 1,4 en 2022. Las cifras del Ministerio de Salud de la Nación muestran que el descenso más pronunciado comenzó en 2014, seis años antes de la sanción de la ley de aborto.

Las causas de esta tendencia —que no es exclusivamente nacional, sino global— son múltiples. Entre ellas se destacan el mayor acceso a métodos anticonceptivos y a la educación sexual integral para toda la población, así como la disminución del embarazo adolescente no intencional, un logro que se alcanzó gracias a políticas públicas que la actual administración ha desmantelado, como el Plan ENIA. A esto se suma la postergación de la maternidad en el marco de cambios culturales que implican mayores grados de autonomía en los proyectos de vida de las mujeres. El propio INDEC ha señalado: “En la Argentina, la disminución de la fecundidad se da en mujeres de todas las edades, pero principalmente entre las mujeres de hasta 20 años”. Y agrega un dato esclarecedor: se espera un leve repunte de la fecundidad hacia mediados de la década de 2030, ya que las mujeres que postergaron su maternidad podrían tener hijos al llegar a una mayor edad. El organismo estatal encargado de medir la realidad estadística del país no está diciendo que Argentina se va a despoblar; sostiene, por el contrario, que una mayoría de mujeres continúa teniendo hijos, solo que más tarde.

Pero esa evidencia no parece conmover al Presidente. Durante la entrevista, gritó, visiblemente desencajado, análisis de este tenor: “Vos necesitás una tasa de reproducción de dos, porque la mitad de la población son hombres y la otra mitad son mujeres. Si no tenés una tasa de dos —hijos por mujer—, tu población se empieza a caer. Ese número en Argentina se cayó brutalmente. En temas de aborto, la sociedad argentina hizo un desastre”. Al hacer responsables de la baja de la natalidad y de una supuesta crisis previsional a las defensoras del derecho al aborto, Milei les agrega una carga moral negativa a aquellos planes de vida que se apartan de la conformación de la llamada familia tipo. El gesto se vuelve todavía más desopilante si se recuerda que esos mismos planes son los que él mismo ha elegido para sí, al igual que su hermana Karina Milei o su principal referente en la llamada “batalla cultural”, Agustín Laje.

En esa misma sintonía se inscribe la intervención del subsecretario de Políticas Universitarias, Alejandro Álvarez, quien declaró esa misma noche, en referencia a los sindicatos docentes: “Ahora se quejan de que se cierran jardines, pero defendieron el aborto”. Milei celebró la frase en vivo. El argumento de Álvarez pertenece al repertorio clásico de los discursos antiderechos: presentar el acceso al aborto como una muestra de desprecio por la infancia. En este caso, se utilizó para desacreditar cualquier reclamo educativo o social. Pero defender la interrupción voluntaria del embarazo como un derecho —entre otros derechos civiles, sociales y económicos, como la educación pública, la salud y la ciudadanía plena— nunca implicó desentenderse de la niñez. Es, justamente, al revés.

El ensañamiento, que adquiere formas especialmente cruentas cuando el blanco son mujeres con voz pública, tampoco surge de la nada. En esta ocasión el blanco fue Plager, pero se trata de un fenómeno global de reacción frente a los avances de los feminismos en las últimas décadas. Una suerte de revancha impulsada por sectores que perciben esos cambios como una amenaza a sus posiciones de privilegio. En la Argentina, Milei se ha convertido en el referente que mejor ha logrado canalizar ese resentimiento —masivo entre varones de todas las edades, pero especialmente virulento entre los jóvenes— mediante un discurso que amalgama disparates fácilmente refutables con datos públicos, referencias sexuales degradantes y una práctica sistemática de humillación permanente. La noche del jueves no fue una excepción: fue, acaso, la síntesis más acabada de ese estilo.

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