En una jornada signada por la tensión y extensos debates en Ginebra, la 79° Asamblea Mundial de la Salud hizo efectiva la ruptura del vínculo con la Organización Mundial de la Salud. La decisión, con efectos retroactivos al 17 de marzo, expone a la nación a un escenario de vulnerabilidad epidemiológica sin precedentes y profundiza el aislamiento en materia de cooperación internacional, en un claro espejismo de la política impulsada por Donald Trump.
La 79° Asamblea Mundial de la Salud selló este jueves con su formalidad institucional lo que ya era un secreto a voces en los pasillos diplomáticos: la República Argentina abandonó oficialmente la Organización Mundial de la Salud (OMS). El veredicto, lejos de pasar inadvertido, emergió tras más de seis horas de deliberaciones ásperas, recesos solicitados por distintas delegaciones y una seguidilla de cuartos intermedios que evidenciaron la fragilidad del consenso. El gobierno argentino, que había anticipado su retiro el pasado 17 de marzo, obtuvo ahora la validación del organismo con carácter retroactivo, pero a un costo político y sanitario que sus propios representantes no supieron dimensionar.
El escenario donde se consumó la ruptura no fue el de una transacción silenciosa ni mucho menos una formalidad burocrática. Por el contrario, la sede de la Asamblea en Ginebra fue testigo de un clima enrarecido, con naciones manifiestamente contrarias a la medida y un coro de críticas que creció a medida que avanzaba el reloj. Quien mejor retrató la temperatura del recinto fue María Fernanda Boriotti, máxima referente de la Federación Sindical de Profesionales de la Salud de la República Argentina (FeSProSa) y militante activa del Cabildo Abierto por la Salud. En diálogo con este medio, la dirigente sindical describió con crudeza lo ocurrido: hubo disconformidad profunda entre los estados miembros, extensos forcejeos dentro y fuera de las comisiones, solicitudes permanentes de cuartos intermedios y un desgaste que se prolongó por una jornada entera. “Pensaban que iba a pasar sin pena ni gloria, por debajo. Pero hubo mucho ruido entre los países: no podían acordar el texto y muchos estaban muy molestos con la salida de Argentina”, manifestó Boriotti, aún con la voz cansada por las horas de discusión.
La salida del organismo multilateral no constituye un mero trámite administrativo, sino que deja al territorio nacional en una situación de extrema fragilidad sanitaria. La propia dirigente sindical lo graficó con una claridad que no admite matices: “La salud es algo global y, cuando un país se retira, no quedamos protegidos de la misma manera”. La advertencia resuena con especial dramatismo en un contexto doméstico donde el sistema de salud pública navega a la deriva, desfinanciado por las políticas de ajuste del gobierno central, y donde las vacunas, los sistemas de alerta temprana y los protocolos compartidos dependían en gran medida del paraguas técnico de la OMS.
Lo que terminó de encender los ánimos en la asamblea fue un hecho concreto, casi anecdótico en apariencia pero de una potencia simbólica arrolladora. Boriotti reveló que el reciente brote de hantavirus detectado a bordo de un crucero de bandera neerlandesa que zarpó desde Ushuaia “aumentó el fastidio” entre las delegaciones presentes. El episodio funcionó como una demostración palpable de aquello que los críticos del retiro argentino venían advirtiendo: sin la cooperación internacional coordinada, sin el flujo de información y recursos que facilita la OMS, cada amenaza epidemiológica se convierte en un enigma imposible de resolver de manera aislada. La imagen de un crucero con decenas de pasajeros expuestos a un virus letal, navegando desde un puerto argentino sin la red de contención global, condensó el absurdo de la decisión adoptada.
El gobierno nacional, por su parte, intentó minimizar el alcance de la medida durante meses, alineándose de manera explícita con el unilateralismo sanitario que alguna vez impulsara el exmandatario estadounidense Donald Trump. El “seguidismo” a la estrategia trumpista, denunciado en voz baja por varios cancilleres latinoamericanos presentes en Ginebra, quedó en evidencia no solo por la decisión en sí misma, sino por las formas: un retiro abrupto, sin planes de contingencia claros, sin redes alternativas de cooperación, y con la soberbia de creer que la pandemia del futuro se podrá enfrentar con recursos domésticos ya de por sí diezmados. La historia reciente, sin embargo, ofrece lecciones amargas: ni los países más ricos pudieron sortear solos la crisis del COVID-19 sin el andamiaje de los organismos multilaterales.
Con la retroactividad establecida al 17 de marzo, Argentina queda ahora formalmente fuera del sistema de alertas globales, fuera del acceso preferencial a vacunas en desarrollo y fuera de los programas de cooperación técnica que la OMS despliega en regiones periféricas. Las voces que durante la asamblea se alzaron en contra del retiro no lograron torcer la decisión, pero dejaron un documento con observaciones severas que probablemente pese en futuros reclamos por asistencia sanitaria. Mientras tanto, en los hospitales públicos argentinos, la realidad sigue su curso: faltan insumos, los salarios de los profesionales se deterioran y la amenaza de una nueva variante viral o de un brote imprevisto ya no encuentra el pararrayos de la solidaridad internacional que, hasta ayer, brindaba la OMS.
La noticia, que ocupará en las próximas horas los titulares de la prensa mundial, no es solo un revés diplomático. Es, en los hechos, la exposición deliberada de una nación entera a los riesgos de un mundo hiperconectado donde las fronteras no detienen a los patógenos. Y mientras en Ginebra se apagaban los micrófonos y los diplomáticos argentinos recogían sus documentos entre murmullos de desaprobación, en el extremo sur del continente, el caso del crucero con hantavirus seguía su curso, como una profecía que ya empezaba a cumplirse.
