En un tedéum atravesado por la tensión interna del gobierno libertario y las ausencias significativas, el arzobispo porteño desplegó una homilía de quince minutos donde equiparó a los haters actuales con los escribas bíblicos, reclamó cuatro acuerdos fundamentales y evitó saludos esquivos mientras el presidente Milei modificaba su postura del año anterior.
En el corazón de la catedral porteña, la voz del arzobispo Jorge García Cuerva retumbó con la contundencia de un aldabonazo profético. Durante los quince minutos que se extendió su alocución en el tedéum patrio del 25 de mayo, el prelado no escatimó metáforas ni advertencias: “La sombra de una nube de desmembramiento social se asoma en el horizonte”, sentenció desde el púlpito, mientras la primera plana del poder político escuchaba en un silencio roto solo por el crujir de los bancos. Entre los presentes se hallaban Javier Milei y una parte de su gabinete, aunque la escenografía del poder evidenció fisuras que ningún protocolo logró disimular: la guerra declarada entre Santiago Caputo y Martín Menem, las acusaciones sobre el presunto enriquecimiento de Manuel Adorni, y la gélida distancia que esa misma mañana se había cristalizado entre Patricia Bullrich y Karina Milei, una frialdad tal que horas después le impediría a la senadora acceder al Cabildo. La vicepresidenta Victoria Villarruel, en un gesto elocuente, ni siquiera había recibido la invitación al acto ceremonial.
En un giro que no pasó inadvertido para los observadores políticos, el mandatario se esforzó por mostrar una cercanía que el año anterior había eludido: esta vez, Milei no esquivó el saludo al jefe de Gobierno porteño, Jorge Macri, y cultivó una imagen de afecto que contrastó con la aspereza de encuentros previos. Sin embargo, nada de eso mitigó el filo de las palabras episcopales.
Apoyándose en el pasaje del evangelio de Marcos donde Jesús sana a un paralítico ante la mirada escéptica de los escribas, García Cuerva construyó un relato paralelo sobre la Argentina contemporánea. “Cuatro hombres acercan a Jesús a alguien que no podía caminar, que no podía pararse por sus propias fuerzas”, recordó, para luego lamentar que en la actualidad “muchos hermanos experimentan estar paralizados en sus esperanzas, en sus oportunidades, en su dignidad”. Esa parálisis, explicó, no es otra cosa que el resultado de años de postergación: personas tiradas al borde del camino de la vida, sin fuerzas para sostenerse en sus derechos más vulnerados. El arzobispo, consciente del eco que cada frase tendría fuera del templo, introdujo su alocución con una advertencia que ya había ensayado antes: su mensaje pretendía ser un aporte a la luz de la Palabra, una invitación a la reflexión colectiva, aunque sabía que algunos fragmentos serían extraídos de su contexto para alimentar la misma fragmentación que él denunciaba.
El contexto hacía más punzantes cada afirmación. Las relaciones entre la Iglesia y el gobierno de Milei atraviesan un período de especial sensibilidad, marcado por las críticas obispales a las políticas sociales del oficialismo y por lo que la jerarquía católica percibe como una desatención sistemática a sus reclamos, pese a los diálogos mantenidos en las últimas semanas. A esa tensión de fondo se sumaba el clima de crisis interna que sacude al gabinete libertario, un cóctel explosivo que convertía cada palabra de García Cuerva en un mensaje cifrado pero inequívoco dirigido al poder de turno.
El prelado fue tajante al rechazar la lógica del “sálvese quien pueda”, a la que calificó como “expresión de un individualismo cruel que rompe los vínculos de fraternidad y descompone la Nación”. En sus labios, esa fórmula no era más que la confesión de un modelo donde cada uno piensa únicamente en su propio bienestar, reduciendo el tejido social a una mera suma de individuos superpuestos en un mismo territorio. Y acto seguido, disparó contra quienes están “apoltronados en su comodidad y en sus seguridades”: esos que viven de privilegios, alejados del común de la gente, que han perdido la sensibilidad ante el sufrimiento ajeno y critican a cualquiera que invite a obrar el bien. “No es cuestión de buscar rápidamente responsables”, aclaró, “sino de tomar conciencia de que tenemos la enorme responsabilidad de ayudar a curar tantas parálisis”.
En un ejercicio de traducción contemporánea del texto bíblico, García Cuerva identificó a aquellos escribas que observaban a Jesús como “odiadores de aquella época, sentados en la casa de Cafarnaúm”, y los equiparó sin ambages con “los haters de hoy, sentados frente a una computadora o cómodamente instalados delante de una pantalla para hacer terrorismo en las redes, descalificando, difamando”. La audiencia política, que incluía a varios exponentes del uso intensivo de esas plataformas, recibió el dardo con rostros impasibles pero con la certeza de que el arzobispo no señalaba fantasmas.
Pero quizás lo más notable de la homilía fue la propuesta constructiva que emergió entre tanta denuncia. García Cuerva rescató a los cuatro personajes que, según el relato evangélico, llevaron al paralítico hasta Jesús: no se dejaron vencer por el “no se puede” ni por el desaliento, tampoco por el “siempre se hizo así”. Dejaron de lado sus diferencias, pusieron en el centro de su misión al enfermo, se pusieron a su servicio y no se sirvieron de él. Y para que ninguna duda quedara flotando en el aire incienso de la catedral, el arzobispo tradujo en términos políticos: “En lenguaje laico: acordaron, consensuaron, se plantearon una tarea común pensando en los más frágiles”. Fue entonces cuando enumeró —sin enumerar, en el fluir del discurso— los cuatro actores esenciales para la Argentina actual: el promotor del bien común, entendido no como agregado de intereses sino como la capacidad de una nación de velar por todos sus hijos, especialmente los más necesitados; el artífice del diálogo, aquel que escucha a todos, respeta, habla con cordialidad y busca consensos en la diversidad —y aquí la cámara captó el rostro de Javier Milei en primera fila—; el constructor de la amistad social; y finalmente el abanderado de la esperanza, ese motor interno que anima cotidianamente a millones de argentinos a hacer enormes esfuerzos por un porvenir mejor.
García Cuerva fue explícito en señalar a quiénes no se debe descartar: “Nadie es desechable”, proclamó, “comenzando por los abuelos, los niños, los enfermos, las personas con discapacidad, los adolescentes y jóvenes atravesados por la droga, los trabajadores informales y precarizados”. Y remató con un imperativo ético que sonó como una requisitoria: “Basta de arengar la división y la polarización, porque nadie se salva solo, como decía Francisco”.
La homilía se cerró con una exclamación que pretendió ser un despertador colectivo: “Argentina, levántate, vos podés”. Levantarse, explicó, es un signo de resurrección, un llamado a revitalizar la urdimbre del tejido social, a ponerse de pie y caminar juntos venciendo la invalidez de la desesperanza, la intolerancia que fermenta nuevas formas de violencia y esa tristeza crónica que a veces se pega en el alma y hace creer que nunca se podrá salir adelante. Afuera, en las calles del centro porteño, la llovizna fina no alcanzaba a disipar la densidad de un mensaje que, más que una bendición patriótica, sonó como una advertencia sobre el abismo.
